Las huellas de Los condenados de la tierra (1961) de Franz Fanon
Pública La descolonización fue uno de los grandes fenómenos históricos del s. XX. Después de la 2ª guerra mundial, los pueblos del llamado Tercer Mundo tomaron conciencia de su lucha por la liberación con su anhelo de romper con la dependencia respecto a sus metrópolis. Los movimientos en busca de la independencia se multiplicaron en tierras africanas y asiáticas. Al mismo tiempo, los países latinoamericanos comenzaron a rebelarse contra el neocolonialismo estadounidense basado en la explotación económica y en la difusión del sistema capitalista.
Los países europeos, después de su hundimiento económico tras la 2ª guerra mundial, no pudieron hacer frente a las rebeliones que surgieron en sus colonias. Sus maltrechas economías no podían afrontar los gastos desmesurados que ocasionarían la incursión en otro conflicto bélico. A la ruina económica se unía las presiones internas dirigidas por un gran número de intelectuales y de la población civil los cuales todavía tenían reciente las catástrofes provocadas por un conflicto bélico que había puesto el poder en manos de los EE.UU. La Europa Occidental dejaba, definitivamente, de ser el centro de la Historia en favor de los estadounidenses y de los soviéticos que constituyeron bloques antagónicos. La llamada Guerra fría se llevó a cabo en diferentes territorios del planeta, aunque nunca se dio un enfrentamiento directo entre ambos contendientes que defendían posturas económico-políticas antagónicas. Sus desencuentros se llevaron a cabo en territorios que luchaban por alcanzar una independencia respecto a los antiguos imperios europeos. La descolonización se recrudeció durante los años 60 con figuras como la del Che Guevara (1928-1967) cuyos ideales estaban marcados por un fuerte contenido revolucionario. El Tercer Mundo comenzaba a reclamar sus derechos y a denunciar las situaciones de explotación que habían vivido durante siglos. Intelectuales, escritores y artistas tomaron partido en la vida política, comprometiéndose con ideas izquierdistas a la denuncia de las injusticias del Primer Mundo frente al Tercer Mundo. Los años 60 fueron la última época en la que se creyó que la Revolución comunista era factible.
Ya en los años 50 del s. XX se había vivido la polémica entre el intelectual de partido y aquél que no rehuía el compromiso, pero que ante todo quería conservar su total independencia. En la cultura francesa, dicha diatriba cobró forma en las discusiones entre Jean-Paul Sartre (1905-1980) y Albert Camus (1913-1960). Al mismo tiempo, de nuevo, surgió la controversia sobre si el artista debía sacrificar su obra a fines políticos o si el arte debía desentenderse de cuestiones políticas.
Prefacio de Sartre (Los condenados de la tierra – Frantz Fanon)
Los intelectuales europeos a la hora de analizar el momento histórico de la cultura occidental siempre sacan a relucir la decadencia de unos valores que debían ser renovados. El ejemplo más claro de dicha actitud es Friedrich Nietzsche (1844-1900) que hablará de la necesidad de sustituir una moral decadente por la creación de unos nuevos valores a través de la voluntad de poder. Occidente comenzaba a hundirse y únicamente renacería de sus cenizas si conseguía desechar definitivamente su mentalidad cristiana. Dios ha muerto y el europeo siente vértigo al ver que todos los pilares que sujetaban a su civilización empiezan a quebrarse con la posibilidad de fenecer aplastado por sus escombros.
Incluso a pesar de la filosofía de martillo practicada por Nietzsche, el propio filósofo alemán esconde tras su diagnóstico una actitud constructivista que permita en un futuro dotar de un nuevo vigor al espíritu occidental. No ocurre lo mismo con Franz Fanon (1925-1961) –intelectual africano- cuyo diagnóstico negativo sobre la cultura occidental no recoge la posibilidad de otorgarle un nuevo vigor. Su actitud es denunciadora ante la opresión que han padecido las colonias europeas que han sido explotadas desde diversos ámbitos, únicamente, teniéndose en cuenta los intereses de la metrópolis. Su mirada es la del otro, la del individuo, la de la población que ha padecido durante siglos la opresión de los imperios europeos los cuales han empleado un discurso de fraternidad que no se correspondía a su forma de actuar. Frente a la universalidad y la fraternidad se ocultaba la explotación del hombre por el hombre. Un acercamiento a Los condenados de la tierra (1961) nos otorga la posibilidad de escapar de nuestro egocentrismo, ya que la voz que toma la palabra no es europea, sino un eléctrico rugido contra la colonización. En ella hallaremos una parte de cómo somos que, tal vez, seamos incapaces de percibir desde nuestro interior. La Historia ya no será dominada únicamente por la palabra occidental, sino que en ella tendrá cabida todos aquellos pueblos que se encontraban en la periferia sin la posibilidad de legarnos sus opiniones. Europa ha dejado de ser el centro de poder sobre el cual giraba todo el planeta para convertirse en un territorio periférico cuyo papel tanto en la economía como en la política ha quedado subordinado respecto a otras potencias emergentes. Los ideales revolucionarios que surgieron en la propia Europa ha acabado por relegarla a un segundo orden.
La mirada de Fanon es la mirada del Otro, de ese Tercer Mundo que no se resigna ya a seguir los pasos de los países europeos. En su discurso es capaz de hacernos ver las falacias que escondían el liberalismo, la distancia existente entre su discurso de universalidad y sus actos de opresión frente a los indígenas de sus colonias. En nombre del progreso y de la cultura se ha pretendido aniquilar las creencias de pueblos y civilizaciones milenarias. La cultura, únicamente, ha contribuido a la aniquilación de otras formas de entender la vida que no encajaban con la visión europea. El autor ha levantado la máscara de Occidente tras la cual ha aparecido un rostro cuyas facciones atroces intentamos negar a toda costa. Los términos se han invertido: la cultura ha resultado ser barbarie. Los siglos de opresión a los pueblos indígenas únicamente han cosechado violencia que se vuelve contra los europeos. De nuevo, la civilización occidental ha vuelto a denunciar con el dedo la violencia de los Otros sin pararse a pensar que toda ella ha surgido de la hostilidad y el rechazo de los europeos hacia los indígenas de sus colonias. El Tercer Mundo se defiende a través del lenguaje de las armas una vez que ha decidido rebelarse contra el mundo occidental.
Según Fanon, el proceso de descolonización es imparable y tras la independencia que alcanzarán las antiguas colonias se debatirá el choque ideológico entre los EE.UU. y la URSS. Fanon apuesta por el socialismo revolucionario ya que sino serán derrotados por un capitalismo alimentado por los antiguos colonos. Si ello ocurre, el colonialismo no llegará a su fin sino que alcanzará un nuevo rostro. El colono continuará dominando los organismos de poder, aunque ya no será bajo el estricto mandato de las metrópolis. Las naciones occidentales, tal vez, no se dediquen a explotar las materias primas de los países tercermundistas; pero sí que se convertirá en un territorio abonado para su economía. Del colonialismo directo se pasará a uno mucho más sutil ya que los colonos contarán con la complicidad de los países ricos para mantener el poder. Dicha política es la dominante en Latinoamérica donde EE.UU. apoya a todos aquellos gobiernos que no se niegan a sus intereses. De este modo, los nuevos países se convertirán en subsidiarios de la economía capitalista que continuará explotándolos a través de un colonialismo económico. De ahí que sea fundamental –para Fanon- la ruptura total con las antiguas colonias. Los indígenas deben ser los verdaderos dueños de su futuro.
Según Fanon, la victoria únicamente se puede alcanzar a través de la violencia que reintegrará al hombre mismo. El humanismo occidental ha resultado ser una auténtica farsa, la intolerancia se ha descifrado de tolerancia, la esclavitud de libertad, la incomprensión de comprensión. Si nos mirásemos a los ojos, los europeos nos asustaríamos del monstruo en el que nos hemos convertido. Bajo el lema de la Revolución Francesa, se escondía la explotación de otros pueblos, de otras civilizaciones. La evangelización ocultaba tras sus palabras de amor el terrible rostro del genocidio. La habilidad europea de aparecer como víctima cuando ha ejercido el papel de verdugo empieza a desintegrarse cuando una mirada ajena habla de todos los crímenes que se han cometido alegando a la Razón, la libertad y el progreso. Antes de indignarnos o de acusar a Fanon, tal vez, tendríamos que hacer un análisis de conciencia ante el hecho de hallarnos con tantas voces en el mundo que claman contra nosotros. O, tal vez, seamos tan hipócritas de preguntarnos ¿por qué nos devolvéis violencia cuando os hemos dado amor y progreso tecnológico?.
Valoración de Los condenados de la tierra
Los condenados de la tierra es una reflexión sobre el colonialismo, la violencia, la descolonización y la construcción política y cultural de las sociedades poscoloniales. Dicha obra se debe contextualizar dentro de las luchas anticoloniales africanas, especialmente con la guerra de independencia de Argelia.
Fanon considera que el colonialismo no es solo un sistema de dominación económica o política, sino un orden que transforma profundamente la subjetividad del colonizado, su cultura, su relación con el espacio y su percepción de sí mismo. Por ello, la descolonización no consiste únicamente en sustituir a los gobernantes europeos por élites nacionales, sino en transformar radicalmente las estructuras heredadas del colonialismo.
Fanon presenta el mundo colonial como un mundo dividido en dos. La ciudad del colono y la del colonizado no forman una comunidad integrada, sino dos espacios separados por una relación radical de poder. El colonialismo se mantiene mediante instituciones, jerarquías raciales y coerción. Dicha división material acaba desembocando en una división simbólica: el colonizador se presenta como representante de la civilización mientras que el colonizado es caracterizado como atrasado, irracional o inferior. En cierto modo, la dominación política necesita una justificación cultural.
El libro de Fanon no se puede reducir a una defensa de la violencia, ya que su cuestión de fondo es cómo transformar al colonizado en sujeto político. Para Fanon, la liberación implica que quienes habían sido tratados como objetos de administración colonial se conviertan en actores capaces de decidir objetivamente su futuro.
El escritor de la Martinica advierte que la desaparición del poder colonial formal no garantiza una verdadera descolonización. Después de la independencia colonial, puede surgir una burguesía nacional que ocupe el lugar anteriormente reservado a las élites coloniales. Dicha nueva clase dirigente puede apropiarse del Estado y de los recursos económicos sin transformar las estructuras sociales heredadas. De este modo, la supuesta independencia política puede coexistir con una dependencia económica, social y cultural. Por eso, Fanon critica especialmente a la burguesía nacional poscolonial la cual si carece de un proyecto productivo propio puede convertirse en intermediaria entre el capital internacional y la población local. De este modo, el colonialismo directo desaparece; sin embargo, permanece una estructura de dependencia que posteriormente se denominaría frecuentemente neocolonialismo.
Fanon concede un papel fundamental al campesinado y a las masas populares. Frente a ciertas interpretaciones marxistas europeas que atribuían al proletariado industrial el papel central de la revolución; en cambio, Fanon considera que muchas sociedades colonizadas tenían una estructura social diferente por lo cual le llevó a considerar que los campesinos, marginados urbanos y otros grupos excluidos podían desempeñar una función decisiva en los movimientos de liberación.
Respecto a la cuestión de la cultura nacional, Fanon analiza la evolución habitual del intelectual colonizado. En una primera etapa intenta asimilar la cultura del colonizador, posteriormente, busca recuperar el pasado precolonial y, finalmente, puede descubrir que la verdadera cultural nacional no consiste simplemente en reconstruir tradiciones antiguas, sino en participar en las luchas y transformaciones del presente. Por eso, según Fanon, la cultura no es tanto un museo del pasado, sino una práctica histórica viva.
La identidad nacional tampoco debería construirse mediante una idealización romántica de una esencia cultural originaria, sino que se debe construir en la acción colectiva mediante la cual una sociedad intenta redefinirse después de la dominación colonial.
Fanon presenta atención a los efectos psicológicos del colonialismo, una cuestión relacionada con su formación como psiquiatra. El colonialismo produce alienación, miedo, frustración y diversas formas de violencia interiorizada. En este caso, el sistema colonial no domina únicamente territorios, sino que penetra en la subjetividad de los individuos. Por lo tanto, es básico que la descolonización también debe ser una descolonización de la mente y la identidad.
Fanon advierte contra el nacionalismo cerrado. Para evitarlo, la conciencia nacional puede desempeñar una función emancipadora durante la lucha anticolonial; sin embargo, se debe evitar que degenere en xenofobia, tribalismo o autoritarismo. Dicha conciencia nacional debe ser capaz de transformarse en un proyecto político y social amplio.
La aspiración final de Fanon es la aparición de una forma distinta de humanismo. Para ello, critica a la civilización europea que proclamó valores universales mientras simultáneamente desarrollaba imperialismo, explotación colonial y jerarquías raciales. Por lo tanto, la tarea de los pueblos descolonizados no debería consiste en imitar Europa, sino en construir nuevas formas políticas y sociales.
La pregunta decisiva que nos plantea Los condenados de la tierra es ¿Cómo evitar que la sociedad surgida de la descolonización reproduzca, bajo nuevos dirigentes, las mismas estructuras de dominación que pretendía destruir?
La influencia de Frantz Fanon ha sido enorme porque su análisis del colonialismo no se limitó a la política, sino que también tuvo en cuenta la subjetividad, la cultura, la violencia, la identidad, la lengua y la construcción del Estado poscolonial. Su huella ha sido evidente en autores como Edward Said (1935-2003) que adquiere la idea de Fanon que apunta a que el colonialismo fabrica una imagen interiorizada del colonizado. Según Said, dicha fabricación se lleva a cabo mediante discursos, literatura, ciencia, arte y saber académico. Al mismo tiempo, la influencia de Fanon sale a relucir en Homi K. Bhabha (1949) que en su The Location of Culture (1994) trata los problemas planteados por Fanon que había demostrado que el colonizado puede interiorizar la mirada del colonizador y construir su identidad dentro de categorías impuestas desde fuera. En este caso, Bhabha desarrolla conceptos como mimetismo, ambivalencia, hibridez y tercer espacio. Para Bhabha, el sujeto colonial nunca coincide completamente ni con la cultura colonizadora ni con una identidad originaria pura. Dicha identidad se forma en espacios intermedios. Por ello, Bhabha radicaliza una cuestión fanoniana fundamental: ¿Qué ocurre con el yo cuando se construye a través de las categorías culturales del poder que lo domina?
En el ensayo Can the Subaltern Speak? (1988), Gayatri Spivak (1942) aborda un problema próximo a Fanon vinculado a la dificultad de los sujetos colonizados para aparecer como sujetos políticos autónomos. En este caso, Fanon había insistido en que el colonialismo convierte al colonizado en objeto. Respecto a ello, Spivak considera que incluso cuando intentamos escuchar al colonizado, ¿no seguimos interpretándolo mediante las categorías del poder occidental? De este modo, se hace eco de una de las anticipaciones de Fanon sobre los problemas fundamentales de los estudios poscoloniales que consideran que no basta con dar voz al dominado, sino que es necesario analizar también quién determina las condiciones en las que esa voz puede ser escuchada.
Achille Mbembe (1957) se debe considerar uno de los herederos contemporáneos de Fanon. En textos como Necropolitica (2003), Mbembe retorna a la cuestión fanoniana de la relación entre soberanía, violencia y muerte. Partiendo de Fanon que ha considerado la colonia como un espacio donde el poder decide radicalmente sobre las condiciones de existencia del colonizado, Mbembe desarrolla dicha intuición preguntándose ¿Qué formas de poder determinan quién puede vivir y quién puede ser expuesto a la muerte? En su Necropolitica amplia el análisis fanoniano hacia guerras contemporáneas, ocupaciones y espacios de excepción.
El influjo de Fanon resulta especialmente visible en Paulo Freire (1921-1997), sobretodo, en Pedagogía del oprimido (1968). Ambos comparten una preocupación fundamental que consiste en el hecho de que el dominado puede interiorizar las categorías del dominador. En su libro, Friere lo forma de forma pedagógica demostrando que el oprimido puede reproducir dentro de sí el modelo del opresor. Por ello, coincidiendo con Fanon, la liberación exige, en primer lugar, conciencia, luego, reconocimiento de la dominación y, finalmente, acción transformadora. Por ello, la emancipación no consiste simplemente en cambiar las instituciones, sino que requiere transformar la propia percepción del mundo.
Tanto Steve Biko (1946-1977) como el movimiento sudafricano de Black Consciousness recogieron la idea fanoniana de que el colonialismo y el racismo afectan a la conciencia del dominado. Por eso la liberación política debe ir precedida o acompañada por una liberación psicológica. Ambos consideran que si el dominado acepta interiormente la definición que el dominador ha construido de él, la dominación continúa funcionando incluso sin coerción constante.
Durante las décadas de 1960 y 1970, Los condenados de la tierra se convirtió en un libro de cabecera para movimientos revolucionarios como los Black Panthers en EEUU, los movimientos de liberación africanos, los movimientos anticoloniales asiáticos y los movimientos revolucionarios latinoamericanos. A todos ellos les interesaba especialmente la idea de que las estructuras coloniales podían reproducirse dentro de sociedades formalmente independientes. De este modo, surge una lectura que conecta colonialismo exterior con colonialismo interior.
A pesar de que hay una relación menos directa, muchas ideas de Fanon reaparecen en Stuart Hall (1932-2014) quien sostiene que las identidades no son esencias naturales sino construcciones históricas y culturales. Dicha perspectiva conecta con Fanon porque el sujeto colonizado descubre que su propia identidad ha sido parcialmente producida por representaciones externas. De este modo, se pasa a abordar una cuestión crucial como ¿Qué discursos han participado en producir aquello que entiendo como mi identidad?
La huella de Fanon es fundamental en la literatura poscolonial a través de la necesidad de recuperar la representación africana frente a las imágenes coloniales europeas como se da en Chinua Achebe,(1930-2013) en la cuestión lingüística y cultural donde profundiza Ngügï wa Thiongó (1938-2025) o en Ayi Kwei Armah (1939) que en The Beautyful Ones Are Not Yes Born se centra en un problema profundamente fanoniano como es la corrupción de las élites surgidas después de la independencia a través de la cuestión ¿Qué sucede cuando la élite nacional sustituye al colonizador pero mantiene su estructura de privilegios?
Fanon ha sido revisado críticamente por el feminismo poscolonial. Autoras como Bell Hook, Chandra Talpade Mohanty o Spivak han utilizado y cuestionado su pensamiento. En este caso, una crítica recurrente es que el sujeto revolucionario de Fanon aparece con frecuencia definido desde una perspectiva masculina. Partiendo de dicha realidad, el feminismo poscolonial se cuestiona ¿Qué ocurre cuando colonialismo, raza, género y clase actual simultáneamente?
En definitiva, ¿cuál ha sido la influencia más profunda de Fanon? Entre todas ellas, el hecho de haber cambiado la pregunta sobre el colonialismo. Antes de Fanon, el análisis del colonialismo se centraba en ¿Cómo domina un país a otro? Sin embargo, después de Fanon resulta necesario preguntarse también ¿Qué tipo de sujeto produce dicha dominación? Y, a la vez, ¿Qué ocurre cuando el poder colonial desaparece institucionalmente pero continúa existiendo en la economía, la cultura, el lenguaje y la manera en que las personas se perciben a sí mismas? A través de ello, Fanon conecta de manera extraordinaria con debates actuales sobre identidad, representación, poder cultural y construcción del yo. Visto desde dicha perspectiva, el poder más profundo no sería simplemente aquel que nos impide ser algo, sino aquel que participa en determinar qué formas de ser somos capaces siquiera de imaginar. Por eso mismo, Fanon sigue estando como una voz de referencia para tratar tanto el neocolonialismo como el colonialismo de plataformas que nos afecta a nivel global en todos los aspectos de nuestra vida diaria.
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