Sarah Kane: de la ética de la catástrofe a la ética de la vulnerabilidad
Pública A pesar de su breve obra formada únicamente por cinco títulos, Sarah Kane (1971-1999) ha sido una de las voces de la dramaturgia más influyentes en el teatro europeo de finales del s. XX. En su obra teatral, constituida por Blasted (1995), Phaedra´s Love (1996), Clearsed (1998). Crave (1998) y 4:48 Psychosis (2000) se muestra una progresiva interiorización de la catástrofe que la conducirá a ser vinculada con la llamada ética de la catástrofe.
La ética de la catástrofe hace referencia a una reflexión filosófica y estética sobre cómo los creadores representan, asumen y responden ante la destrucción, el trauma colectivo, las crisis o los colapsos sociales. No se trata sólo de mostrar el dolor o el desastre de forma sensacionalista, sino de cuestionar la responsabilidad moral del artista al mirar y narrar el sufrimiento ajeno. Sarah Kane conecta con dicha ética ya que coloca tanto a los personajes como al espectador en situaciones donde los marcos morales habituales han colapsado. A partir de ello, la dramaturga inglesa nos conduce a preguntarnos ¿Qué puede significar todavía amar, responder por otro, conservar la dignidad o reconocer el sufrimiento cuando todo parece destruido? En las obras de Sarah Kane no solo la catástrofe es un acontecimiento exterior ya sea través de la guerra, la violencia, la tortura y el abuso, sino que afecta también al lenguaje, la identidad, el cuerpo y los vínculos humanos. En Blasted, la violencia histórica invade la intimidad, en Phaedra´s love se derrumba el orden moral y afectivo, en Cleaned el cuerpo queda sometido a una destrucción sistemática y en Crave la fractura pasa al lenguaje y al deseo. En toda su dramaturgia, lo ético aparece precisamente porque Kane no permite que la violencia se convierta en espectáculo neutral. Su teatro plantea al espectador una pregunta incómoda: ¿Qué responsabilidad tenemos ante el sufrimiento del otro cuando ya no podernos refugiarnos en explicaciones tranquilizadoras? Los personajes de Kane se caracterizan por una ética basada en la exposición de la vulnerabilidad, ya que casi nunca son sujetos autónomos y seguros de sí mismos. Se produce una encrucijada, debido a que el Otro puede destruirnos; pero también es aquello sin lo cual no podemos vivir.
La paradoja central de Kane es que el amor no desaparece con la catástrofe, sino que aparece con mayor intensidad dentro de ella. El amor no garantiza salvación ni redención, pero constituye una resistencia frente a la lógica de la destrucción. En este caso, su teatro puede parecer nihilista porque destruye instituciones, certezas religiosas, categorías morales y formas teatrales tradicionales; sin embargo, la destrucción no implica que todo sea equivalente. Existe una diferencia radical entre hacer sufrir por sufrir, dominar y cuidar, instrumentalizar y reconocer al Otro.
Dentro del teatro de Sarah Kane se puede hablar de una ética postmetafísica que conecta con la modernidad. La dramaturga inglesa considera que no hay necesariamente Dios ni ley universal ni sistema moral capaz de garantizar desde fuera qué debemos hacer. Partiendo de ello, Kane no pregunta cómo evitar toda catástrofe, sino cómo seguir siendo humano dentro de ella. En su forma de proceder dentro de su dramaturgia, en primer lugar, antes de la catástrofe, Kane revela las formas de violencia que la sociedad normaliza y oculta, asimismo, durante la catástrofe muestra la vulnerabilidad radical del cuerpo y la dependencia del Otro y, finalmente, después de la catástrofe rechaza las reconciliaciones fáciles y se pregunta qué vínculo humano puede todavía sobrevivir. Cuando ya no quedan garantías morales, la relación con el Otro se convierte en la última prueba ética. Toda la trayectoria de Kane marca un movimiento que va desde una estética de la catástrofe hacia una ética de la vulnerabilidad.
¿Cómo muestra el paso de una estética de la catástrofe hacia una ética de la vulnerabilidad en una obra como Phaedra´s Love (1996)? En primer lugar, Kane lleva a cabo un desplazamiento del centro de interés ya que focaliza en qué revela la destrucción expuesta sobre nuestra dependencia de los otros. Kane sitúa el mito de Fedra en un universo deliberadamente degradado donde, por un lado, Hipólito vive entre comida, televisión, sexo mecánico, suciedad y aburrimiento y, por otro lado, Fedra aparece atrapada en un deseo obsesivo. Kane destruye la dignidad tradicional del mito donde lo trágico ya no se presenta mediante la grandeza, sino a través de la abyección. Dicho procedimiento desmonta toda la distancia confortable en la que se podría situar el espectador. En todo momento, Hipólito rechaza el compromiso y ridiculiza cualquier trascendencia porque vincularse significaría quedarse expuesto al Otro. De este modo, se da una paradoja respecto a Hipólito, ya que el personaje que aparentemente no necesita a nadie es quizá quien más radicalmente ha renunciado a la posibilidad de ser afectado. Dicha inmunidad emocional tiene un precio: la desaparición progresiva del vínculo humano. Por el contrario, Fedra aparece completamente expuesta al Otro. Su deseo destruye la autonomía del yo al necesitar ser reconocida por Hipólito.
Kane se diferencia de Séneca que preguntaba a través del mito de Freda ¿Cómo controlar una pasión prohibida? Frente a ello, la dramaturga inglesa se interroga ¿Qué ocurre cuando necesitamos del Otro para construirnos y el Otro se niega a reconocernos? De este modo, la tragedia se convierte entonces en tragedia de la dependencia afectiva.
En el encuentro sexual entre Fedra e Hipólito, Kane destruye cualquier idealización erótica. Mientras que Fedra busca intimidad; en cambio, Hipólito responde mediante una sexualidad mecánica y personalizada. En este caso, la proximidad corporal no garantiza el reconocimiento del Otro. Se puede tocar un cuerpo sin encontrarse realmente con una persona y el sufrimiento aparece precisamente porque el deseo humano no busca solamente satisfacción física, sino reconocimiento. Ser corporal significa ser vulnerable. El cuerpo puede ser deseado, rechazado, utilizado, violado, herido, humillado o asesinado. Sin duda, el cuerpo introduce inevitablemente al Otro.
Cuando Hipólito es acusado de violación, prácticamente no intenta defenderse. La lógica clásica conduciría a una lucha por recuperar su honra; sin embargo, Kane elimina dicha restauración moral. Hipólito acepta la catástrofe, porque precisamente ha sido lo que ha roto su apatía. En su caso, la violencia termina ofreciéndole algo que la vida cotidiana no le daba: una experiencia auténtica. Por lo tanto, la catástrofe revela entonces aquello que Hipólito había intentado negar: que es un cuerpo vulnerable. De este modo, vuelve a pertenecer al mundo de los Otros. Desde dicha perspectiva, la estética de la violencia se convierte en un instrumento para desmontar la fantasía moderna de un sujeto autosuficiente.
Todos los personajes dependen de Otros. La tragedia demuestra que el sujeto está construido por relaciones que simultáneamente lo sostiene y lo pone en peligro. Con ello, conecta con el pensamiento de Judith Butler que considera que la vulnerabilidad no constituye un accidente que sobreviene a sujetos previamente autónomas, sino que forma parte de nuestra condición corporal. Somos vulenrables porque dependemos de otros cuerpos, de reconocimientos, de relaciones y de estructuras sociales. Kane dramatiza precisamente esta verdad: no podemos eliminar nuestra dependencia sin destruir una parte esencial de nuestra humanidad. La obra no ofrece una solución, pero sí establece una diferencia ética fundamental entre reconocer la vulnerabilidad y explotarla.
La pregunta estética enfocada en ¿Hasta dónde puede mostrar el teatro la violencia? Se transforma en una cuestión ética: ¿Qué significa mirar el sufrimiento del Otro?
La ética de la vulnerabilidad no solo afecta a los personajes, sino a la relación escena-espectador. En Kane, después de la crisis de las grandes certezas morales, la tragedia llega hasta el cuerpo vulnerable. Su novedad respecto a la tradición de Fedra es que la tragedia ya no demuestra simplemente que el deseo puede destruirnos; sino que somos destructibles porque estamos inevitablemente vinculados a los demás.
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