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Un día en la vida de Iván Denisovich: la utopía bolchevique transformada en campos de concentración

Pública

La novela de A. Solzhenitsyn se debe encuadrar con todas aquellas obras que, publicadas durante el deshielo, se centraron en denunciar toda la maquinaria represora del régimen estalinista. A través de la narración minuciosa de la vida cotidiana del campesino Iván, los lectores llegan a conocer las miserias y vejaciones que sufrieron numerosos individuos en los campos de concentración soviéticos al ser considerados como enemigos del Estado. Dicha obra puso los pilares a la hora de iniciar todo un trabajo de campo sobre las represiones estalinistas que fraguaría en El Archipiélago Gulag donde el mismo autor pretendió ahondar en las sombras más oscuras del sistema soviético.

Los parámetros temporales de la novela no llegan a sobrepasar las 24 horas, ya que a partir de la concentración temporal, el autor pretende condensar las vivencias que se daban en un campo de trabajo soviético con el objetivo de incidir en el trato inhumano que sufrían los condenados. Debido al férreo control y la rigurosa disciplina, los años van pasando sin grandes cambios como si los presos estuviesen condenados a un infierno dantesco cuya única escapatoria es la muerte. De ahí que terminemos la lectura interrogándonos si Iván será liberado una vez que cumpla la integridad de su condena inicial.

Paradójicamente, el estado soviético, cuyo máximo objetivo se cifró en conseguir la libertad del proletariado, ha reducido a los individuos a simples números, convirtiéndolos en meros objetos en manos de los organismos estatales. Con ello el autor pone de manifiesto la fuerte contradicción y la distancia existente entre el espíritu inicial que impulsó la revolución en la Rusia zarista y la derivación de su imposición, que se manifestó en un recrudecimiento de los métodos de represión durante el periodo estalinista. De la alienación del proletariado, se pasará a la condena de millares de individuos a la esclavitud absoluta.

A la hora de denunciar las atrocidades y atropellos sufridos en los campos de concentración estalinistas, el novelista no se detiene tanto en describir imágenes extremadamente violentas que impacten al lector; sino que más bien lo que intenta es mostrarnos la sociedad interior creada dentro del presidio, poniendo en evidencia, la falta de correlación existente entre la teoría y la praxis en el estado soviético. Frente a la represión sufrida, los presos no responden con solidaridad entre ellos, sino todo lo contrario, ya que siempre aplacan su ira con el compañero más débil. El entorno va devorando al individuo que, progresivamente, va cambiando de actitud hasta el punto de no reconocerse en la persona que había sido antes de entrar a cumplir su condena. La maquinaria estatal convierte al ser humano en simples bestias que se mueven por los instintos más básicos al verse desprovistas de las necesidades mínimas para llevar una vida digna. El individuo se encuentra totalmente indefenso ante los organismos oficiales, tal y como se pone de manifiesto en la condena de Iván a diez años de trabajos forzados por ser acusado injustamente de haber actuado como espía, cuando lo único que estaba haciendo era defender a su país de la invasión nazi.

Aunque la novela se centra en las experiencias de Iván, el lector va conociendo a todos los individuos que van manteniendo relación con el protagonista a lo largo de la narración. Gracias a ello, nos damos cuenta de la diversidad de procedencias geográficas y culturales de los presos, lo que pone de manifiesto que la URSS es un estado creado artificialmente bajo las premisas de una revolución que no llegó a fraguar realmente, ya que la alienación del individuo no sólo se vio reducida, sino que aumentó considerablemente. En este caso, Solzhenitsyn se centra sobre todo en la alienación de los artistas recluidos en el campo de trabajo al recoger la experiencia de los pintores cuyas habilidades creativas se destinan a meras cuestiones utilitarias: repasar los números pintados en el pecho de los presos. El choque entre las directrices del arte oficial y el artista libre se singulariza con las referencias al cineasta Serguéi Eisenstein cuyas últimas películas chocaron con la censura estalinista.

A pesar de las condiciones extremas de vida padecidas durante todo un día por Iván, el impacto de su trágica situación aumenta cuando el narrador afirma que ha habido días peores. De este modo, el protagonista aparece reflejado como un Sísifo moderno, ya que pertenece a la estirpe del hombre cotidiano que se ve arrastrado diariamente por la maquinaria estatal ante la cual cualquier batalla parece perdida, quedándole únicamente un foso mínimo de esperanza que le invita a seguir respirando en el auténtico infierno que supone la existencia en un campo de concentración soviético.

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