¿Fue la Guerra Fría un mal menor para evitar una nueva gran guerra en el continente europeo?

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La 2ª Guerra Mundial supuso una caída absoluta en el caos y la destrucción en toda Europa a la vez que desembocó en una posguerra marcada por una enorme inestabilidad que podía provocar de nuevo un estallido bélico a gran escala. Dentro de dicha bomba de relojería a punto de estallar en cualquier momento, la Guerra Fría aportó una cierta estabilidad a un continente exhausto a la vez que garantizó la resurrección de la vida política y económica de unos estados europeos que habían sido reducidos a cenizas a causa del conflicto bélico originado por los nazis (Mazower 2017, 245). Desde dicho punto de vista, a pesar de que la Guerra Fría estuvo marcada por la amenaza continua de un conflicto mundial que derivase en una guerra atómica, también en su reverso supuso una política internacional que otorgó cierta estabilidad basada en el equilibrio de poder entre las dos Superpotencias formadas por EEUU y la URSS. Dicho equilibrio de poder entre los Aliados que habían vencido a la Alemania nazi permitió un reinicio para una Europa que en la 1ª mitad del s. XX ya había descendido dos veces a los infiernos (Kershaw 2016). No obstante, para lograr dicha estabilidad tuvo que soportar la división de su territorio en dos bloques, levantándose un telón de acero entre la Europa Occidental y la del Este.

La Guerra Fría se debe considerar el primer conflicto realmente global de la historia (Veiga Rodríguez 2009, 5) que se extendió de 1947 hasta el 3 de diciembre de 1989 fecha en la cual el presidente de los EEUU, George Bush, y el máximo dirigente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, realizaron la declaración oficial del final de la Guerra Fría que se corroborará con la disolución de la URSS el 26 de diciembre de 1991. En sus inicios la Guerra Fría se fraguó por el distanciamiento ideológico entre la URSS y los EEUU que salió a relucir en las desavenencias de la planificación vinculada con la reconstrucción de Europa una vez que se acercaba la derrota definitiva del ejército nazi. Su origen vino dado más bien por un producto de la incertidumbre del momento (Veiga Rodríguez 2009, 7) en una posguerra desoladora en la cual los distintos estados europeos comenzaban de nuevo a reconstruirse tras su prácticamente desaparición durante la ocupación alemana y se convertían en fichas del tablero del nuevo orden mundial que querían imponer las dos Superpotencias surgidas de la victoria de la 2ª Guerra Mundial.

A pesar del distanciamiento cada vez más agresivo entre los EEUU y la URSS, ambas Superpotencias actuaron con cierta contención a la hora de marcar sus territorios respectivos en el continente europeo ¿A qué fue debido dicha moderación que evitó en todo momento un enfrentamiento directo que hubiese podido derivar en una 3ª Guerra Mundial? En el caso de Stalin, el máximo dirigente soviético rehuyó la beligerancia extrema debido, por un lado, a las enormes pérdidas soviéticas sufridas tanto a nivel humano como económico en la Gran Guerra Patria y, por otro lado, también tuvo un peso específico en los primeros pasos de la Guerra Fría el monopolio nuclear de los EEUU que duró hasta 1949 cuando los soviéticos anunciaron a nivel mundial que habían logrado fabricar con éxito su primera bomba atómica, lo que condujo a un cierto equilibrio de fuerzas entre ambos bloques. De este modo, se entró en una nueva dimensión en la cual la amenaza de una guerra nuclear sirvió de parachoques para que no se derivase en un conflicto mundial, aunque como en el caso de la crisis de los misiles de Cuba (octubre de 1962) prácticamente se llegó al límite para un estallido definitivo que hubiese provocado una auténtica hecatombe a nivel global. En cambio, en el caso de los EEUU y los británicos, a pesar de mantener una ideología antagónica a la soviética, aceptaban la realidad de su asociación con los rusos ya fuese por la necesidad durante la guerra de mantenerse en el mismo bando para vencer a la amenaza nazi, ya fuese a posteriori en la posguerra ante la inestabilidad existente en todos los estados europeos en las que sucedían conflictos internos por el hecho de lograr el dominio de dichos estados que habían sido devastados por el atroz conflicto bélico.

A pesar de que rehuyeron el enfrentamiento directo en la posguerra europea, ambas Superpotencias emplearon otro tipo de tácticas para lograr sus fines. Stalin decidió actuar en el Este con firmeza pero de forma cauta otorgando su apoyo a los partidos comunistas locales, de este modo, pretendía la posibilidad de extender la revolución en la Alemania destruida y en la Europa Oriental que había sido liberada por el Ejército Rojo. El máximo dirigente soviético  aprobó la implantación de frentes populares o patrióticos con otros partidos de ideología distinta a la comunista con el objeto de asegurarse la mayoría de los votos en las elecciones que deberían constituir la forma de Estado de países como Polonia, Checoslovaquia, Hungría o Rumanía. Para ello, los partidos comunistas de dichos países apoyados por la URSS recurrieron a prácticas nada democráticas entre las que se incluyeron la manipulación de censos y urnas, la retirada de voto a ciudadanos de la oposición y la detención con juicios arbitrarios a los adversarios políticos (Veiga Rodríguez 2009, 13). En este caso, el objetivo comunista era implantar una dictadura del proletariado en cada uno de los países de la Europa Oriental la cual cosa lograría en la mitad de ellos ya en 1948.

En el caso de los EEUU, su principal arma fue la financiera a través del Plan Marshall (1947) que consistía en una táctica de dependencia económica a través de entramados de préstamos a bajo interés , ayudas a fondo perdido y ventajosos acuerdos comerciales que venían, eso sí, ligados a cláusulas ideológicas liberales, lo que provocó el rechazo de la URSS a la vez que se lo prohibía a países como Polonia y Hungría. Dicha táctica financiera fue contestada en el bando soviético con el Golpe de Praga en febrero de 1948 a través del cual los comunistas locales lograron el poder en Checoslovaquia. En este caso, los acontecimientos de Praga impulsaron el acercamiento entre Francia y EEUU; sin embargo, el bloque Occidental rehuyó una intervención directa en dicho país lo que sería una tónica habitual en posteriores acontecimientos de represión soviética en países de su esfera, como fueron los casos de los disturbios de 1953 en la Alemania Oriental o en Hungría durante 1956 (Mazower 2017, 196). Dicha forma de actuar con pasividad también se dio en el bando soviético cuando Stalin se negó a intervenir en la Guerra Civil Griega (1946-1949) en la que se producía un enfrentamiento atroz entre los partidarios de la monarquía helena y los comunistas locales. Todo indica que a pesar de que hubo tensiones continuas ambos bloques se guardaban muy bien de enfrentarse directamente, incluso en momentos de máxima tensión como fue el bloqueo de Berlín iniciado el 23 de agosto de 1948 en el cual el sector anglofrancoamericano (Berlín Oeste) quedó totalmente aislado por la acción de las tropas soviéticas. Debido a ello, las tropas británicas y estadounidenses levantaron un puente aéreo que abasteció a Berlín Oeste durante 11 meses. A pesar de ello, las tropas soviéticas nunca atacaron a ningún avión aliado occidental, lo que demuestra el hecho de intentar rehuir a toda costa que saltasen las chispas postreras que podrían haber desembocado en un enfrentamiento directo entre las dos Superpotencias en continente europeo.

A causa del bloqueo sobre Berlín, se creó la OTAN en abril de 1949 con lo que EEUU renunciaba formalmente a la política de aislacionamiento militar (Veiga Rodríguez 2009, 14). En 1955 se crearía por parte de la URSS y los países de su bloque ideológico la organización del Pacto de Varsovia la cual cosa volvía a dar un nuevo equilibrio al tablero estratégico de la Guerra Fría, al mismo tiempo, que los soviéticos condenaban a la neutralidad a países cercanos a la frontera rusa como eran Finlandia y Suecia la cual cosa fue respetado en todo momento por los EEUU.

Tal y como señala Mazower, la pugna entre las Superpotencias no se desarrolló tanto en el campo de batalla, sino a través de formas más compatibles que rehuyesen la posible hecatombe nuclear entrando en primera línea de fuego las acciones de espionaje que estaban promovidas por organizaciones estatales de vigilancia que llegó a reclutar una extensa nómina de espías. Gracias al servicio de espionaje soviético, la URSS fue capaz de lograr la fabricación de su propia bomba atómica lo que cambió las reglas de juego en el tablero de la Guerra Fría.

Ambos bandos emplearon su propia represión para controlar y desmantelar las resistencias internas en cada país que estaba bajo su influencia siendo considerados como problemas internos en los que el contrincante nunca tuvo una actuación directa para impedir dicha represión. En el caso occidental, EEUU obligó a países como Italia que el partido comunista local fuese expulsado del Gobierno a pesar de su gran peso específico a la hora de combatir a los nazis y los fascistas italianos y, al mismo tiempo, los Estados del bloque Occidental recurrirán a unidades paramilitares para aplastar la resistencia en la izquierda dejando de lado los ideales demócratas y parlamentarios con los que regaban su discurso liberal. Por otro lado, Stalin se valió en la Europa Oriental de todo tipo de artimañas y represiones para acabar con la resistencia en países como Polonia y Ucrania donde la NKVD y las fuerzas comunistas nacionales emprendieron a finales de los años 40 del s. XX todo tipo de operaciones contra los partisanos. En cierto modo, ambos bandos miraban hacia otro lado cuando se trataba de intervenir en asuntos internos represivos del otro bando, respetándose sus territorios propios en cada uno de los bloques.

A pesar de cierta resistencia en ambos bloques a la ideología establecida en cada uno de ellos, la gran mayoría de europeos de uno y otro bloque aceptaron la división del continente y el equilibrio de poder que se dio en la posguerra europea, lo que otorgó el tiempo suficiente para que se produjese una regeneración de la vida económica en los distintos países, así como una reconstrucción de los hábitos políticos dentro de un contexto en el cual predominaba la ruina y el caos absolutos tras sufrir Europa el mayor conflicto bélico de su historia (Mazower 2017, 299).

En definitiva, en el periodo de posguerra la Guerra Fría en el continente europeo otorgó una estabilidad basada en el asentamiento del poder de EEUU y la URSS en sus zonas de influencias que permitió la reconstrucción económica y política de cada una de ellas con sus particularidades ideológicas. A pesar de ello, un debate más ampliado sobre la Guerra Fría que abarcarse otras zonas del planeta y todo su periodo histórico se encontraría ante el dilema de definirla como una 3ª Guerra Mundial encubierta o como un sistema político que permitió la estabilidad global a través del equilibrio de poder entre EEUU y la URSS. En dicho dilema, se encuentra la semilla de dicho debate.

Bibliografía:
Kershaw, I. (2016). Descenso a los Infiernos. Europa 1914-1949. Barcelona: Crítica.
Mazower, M. (2017). La Europa negra. Valencia: Barlín libros.
Veiga Rodríguez, F. (2009). Aparición, apogeo y atenuación de la primera guerra fría. Barcelona: UOC Material docente, P09/74529/00364.1-58.

 

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