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La invención de la tradición: el Montserrat de Victor Balaguer

Pública

Si un rasgo específico caracteriza a la Edad Contemporánea a través de las distintas revoluciones industriales y políticas es el concepto de Progreso que ha acelerado sobremanera los cambios históricos, lo que ha supuesto una pérdida del peso específico de la tradición conduciendo a una Modernidad líquida (1) donde predomina el cambio constante y la proyección hacia el futuro como si nos viésemos arrastrados como el Ángel de la Historia de Walter Benjamin (2) por el devenir constante de las innovaciones tecnológicas.

La ideología liberal de cambio social proyectada y desarrollada durante todo el s. XIX devoró la tradición establecida durante siglos; sin embargo, no llegó a suministrar los lazos sociales y de autoridad que regían en el Antiguo Régimen (Hobsbawm y Ranger 2002, 15) ¿Cómo se llenó dicho vacío de hallarse sin unas raíces a las que aferrase las nuevas formas sociales y políticas del Nuevo Régimen? En este caso, a través de prácticas inventadas se generaron tradiciones inventadas (Hobsbawm y Ranger 2002, 15) que permitieron dar cierto criterio de legitimidad tradicional a formas que eran, en verdad, auténticas innovaciones.

Entre las tradiciones inventadas, ocupa un ámbito destacado todo lo vinculado con el fenómeno del nacionalismo que se suele sustentar y legitimar a través de una invención de la continuidad histórica la cual habitualmente responden a unos intereses determinados y una ideología específica (Hobsbawm y Ranger 2002, 14), así ocurre como veremos en la invención de la Montserrat moderna llevada a cabo por Victor Balaguer que respondía a su proyecto político de federalismo ibérico que pretendía modelar un futuro para Cataluña y España junto a Portugal (García-Fuentes 2013, 14). Asimismo, los movimientos nacionalistas durante el s. XIX comenzarán a crear nuevos símbolos y representaciones como el himno y la bandera nacionales o la personificación de la “Nación” en un símbolo o imagen para ir configurando el Estado-Nación, intentando con ello sembrar una vinculación entre los miembros de una comunidad. La visión de Eric Hobsbawm y T. Ranger sobre el nacionalismo se ajusta plenamente a la definición de nación promulgada por Benedict Anderson que la entiende como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana” (Anderson 1993, 23). Por tanto, la nacionalidad al igual que el nacionalismo son artefactos culturales de una clase particular que se mueve por unos intereses ideológicos y económicos determinados.

De este modo, debe entenderse la concepción de la Montserrat moderna de Víctor Balaguer que responde a una visión laica que contrastará con la perspectiva católica del Grupo de Vic. Ambas son dos tradiciones inventadas que parten de ideologías distintas. Mientras que la de Víctor Balaguer se levantaba apoyándose en ideas liberales del s. XIX que aspiraban al federalismo; en cambio, el Grupo de Vic de talante catalanista procedía de una ideología conservadora que en su reconstrucción de Montserrat intentó establecer de nuevo el carácter sagrado de la montaña y para ello sus miembros se esforzaron en reconstruir ermitas de la zona a la vez que levantaron los monumentos del Camí de la Cova al mismo tiempo que rediseñaron el Camí del Via Crucis que pretendían emplearse como respuesta al proyecto de construcción del tranvía cremallera de la cima de San Jerónimo auspiciado por el propio Balaguer y que constituyó la verdadera popularización de la montaña al proyectarse sobre ella un ávido excursionismo que era un hábito de los nuevos tiempos (García-Fuentes 2013, 19-20). Con el hecho del enfrentamiento entre las dos tradiciones se pone de manifiesto que los fenómenos nacionales reinventan su tradición acorde de cómo imaginan sus comunidades. Tal y como señala Anderson “las comunidades no deben distinguirse por su falsedad o legitimidad, sino por el estilo con el que son imaginadas” (Anderson 1993, 24) y, con ello, cobra una importancia capital el concepto de la invención de la tradición anunciado por Hobsbawm y Ranger a la hora de desentrañar toda la ingeniería social que se esconde en cualquier cosmovisión nacionalista.

Todas las tradiciones inventadas usan la historia como legitimadora de la acción y a la vez pretenden otorgar una cohesión del grupo que procede de un presunto pasado. Desde dicho enfoque el Nacionalismo es un elemento de invención que muestra no lo que se ha conservado o lo que fue en su contexto, sino lo que se configura a través de lo que se ha seleccionado, escrito o popularizado siempre bajo los parámetros de una institución (Hobsbawm y Ranger 2002, 20).

Resulta paradójico que el pensamiento liberal de Balaguer que se encuentra proyectado a levantar un estado federal Ibérico elija como referencia la antigua Corona de Aragón en su intento de configurar una monarquía federal que abarque toda la Península Ibérica. Es decir, se retrotrae a la Edad Media para encarar un proyecto político derivado de las ideas surgidas del Nuevo Régimen establecido después de la Revolución Francesa ¿Por qué realiza dicha operación Víctor Balaguer a la hora de construir su Iberia idealizada? Con ello, pretende legitimar su proyecto político en el cual Cataluña debe ser el faro que guíe la transformación de España haciendo referencia a un periodo histórico de esplendor en el que la Corona de Aragón era una auténtica referencia de poder y de influencia política en el Mediterráneo. El ideal federal de Víctor Balaguer buscaba ante todo el reconocimiento de Cataluña como identidad comunitaria y cultural con el objetivo de que alcanzase su soberanía que es considerada uno de los atributos del concepto de “Nación” surgido del pensamiento ilustrado (Anderson 1993, 25).

Dentro de las paradojas que se dan en el nacionalismo, se ha de subrayar el hecho de tener que integrar una invención de la continuidad histórica, en su búsqueda de legitimidad, con la creación de nuevos símbolos y concepciones identitarias que se aplican a una comunidad determinada. Siendo el nacionalismo un fenómeno de la modernidad que surge con la llegada del Nuevo Régimen, al mismo tiempo, busca estar enraizado con la antigüedad más remota, intentando aparentar que no es ni una construcción ni una invención, sino una comunidad “natural” (Hobsbawm y Ranger 2002, 21) derivada de un pasado remoto que ha ido progresando dehiscentemente hasta la actualidad. En este caso, Balaguer en su aspiración de convertir a Montserrat en el símbolo clave para representar a la comunidad catalana participó en la restauración arquitectónica y artística del monasterio-santuario de dicha zona, eligiendo como referencia la arquitectura gótica catalana que para el escritor catalán estaba asociada al progreso y al crecimiento de las ciudades medievales durante los siglos de esplendor de la antigua Corona de Aragón (García-Fuentes 2013, 19).

Con ello, se pone de manifiesto la intención de Balaguer por construir una continuidad histórica que sirva de espejo a la hora de recuperar las antiguas glorias a través de las formas artísticas del gótico y, a la vez, derrocha todo su esfuerzo educativo y creativo por difundir la historia de Cataluña a través de la escritura con el objeto de edificar un universo simbólico y monumental donde se produzca una total identificación y equivalencia entre la historia de Montserrat y la de Cataluña. No obstante, cabría preguntarse ¿por qué Balaguer elige exactamente Montserrat para erigirla en el centro simbólico de su pensamiento nacionalista? Anteriormente, en su obra Los frailes y sus conventos. Su historia, su descripción, sus tradiciones, sus costumbres, su importancia (1851) el escritor catalán realizaba una reinvención del imaginario de los monasterios situados en la Península Ibérica, convirtiéndolos en el universo monumental de una España o Iberia idealiza (García-Fuentes 2013, 16). Dicha operación la trasladaría a Cataluña en Cuatro perlas de un collar (1853) en la que elegiría a Montserrat como el centro de su imaginario simbólico, debido a su potencial para convertirse en un referente para la comunidad tanto nacional como internacional al poseer una cadena montañosa y naturaleza únicas, al ser un santuario católico que se remonta a la Edad Media, considerada un periodo de esplendor para la Corona de Aragón, y a su poder evocativo que le hizo convertirse a principios del s. XIX en uno de los símbolos del Romanticismo alemán antes de que Balaguer lo transformase en el principal referente simbólico de Cataluña.

Si seguimos el hilo histórico se irá comprobando cómo se va configurando la imagen mítica de la Montserrat moderna cuyos orígenes se bosquejan en la visita de Wilhem von Humboldt (3) en 1800 en cuyo ensayo Montserrat cerca de Barcelona sobre la montaña catalana evocará el poema Los misterios de Goethe que expresa el éxtasis espiritual ante la Naturaleza que quedará plasmado en los grabados de Alexandre de Laborde dedicados al puente de Monistrol y a la montaña de Montserrat. De ahí llegará a Francisco Piferrer y a Víctor Balaguer que recuperarán la iconografía para la tradición catalana al ver el reconocimiento internacional de Montserrat gracias al Romanticismo alemán. De este modo, sorprende que el mayor símbolo de la Cataluña de Balaguer se cimiente en sus orígenes en la cultura romántica alemana, con ello, se desnuda la invención de la tradición que acompaña a cualquier nacionalismo iluminando las relaciones que mantiene con el pasado que se convierte en un elemento de invención y de selección en el que predomina la subjetividad, dejando a un lado una búsqueda de la objetividad que no interesa a las instituciones que están detrás de una concepción determinada de la nación que se ajuste a sus intereses ideológicos y económicos (Anderson 1993, 22).

A la hora de entender los nacionalismos de la actualidad, los cuales han ocupado un gran peso específico en la política europea y mundial tanto en la última década del s. XX como en lo que llevamos de s. XXI, se hace vital para comprenderlos el hecho de profundizar en cómo han llegado a ser en la historia y, a la vez, tener en cuenta sus distintas evoluciones dependiendo del contexto histórico con el objeto de averiguar en qué formas han cambiado sus significados a través del tiempo y cuál es su legitimidad emocional en la actualidad (Anderson 1993, 25). Ante todo, se ha de ser consciente de que cualquier nacionalismo es una invención que se sustenta en una reconstrucción parcial e interesada del pasado que apunta a unos determinados tipos de intereses sociales, políticos y económicos de los que se aferran a una determinada visión nacionalista de una comunidad que pretende imponer con el fin de liderarla, así se puede comprobar en las distintas vertientes del nacionalismo catalán como se ha observado en las diversas reinvenciones de Montserrat durante la Reinaxença, ya fuese desde la perspectiva liberal de Balaguer o desde la católica del Grupo de Vic. En este caso, la reinvención de la Montserrat moderna ideada por Balaguer alcanzó su máxima representación y reconocimiento internacional en la Exposición Universal celebrada en Barcelona en 1888 donde se hizo una reconstrucción del panorama de Montserrat en la que. por un lado, se reprodujo el claustro gótico de dicho monasterio y, por otro lado, se hizo hincapié en la naturaleza y las vistas de la zona. Con ello quedó institucionalizado oficialmente el símbolo de Montserrat como paradigma de la comunidad catalana siendo referencia posterior para los ulteriores movimientos políticos y para los distintos periodos históricos que se han dado tanto en Cataluña como en España, integrándose como un referente en las distintas miradas que han ido apareciendo las cuales han imaginado la tradición según sus particulares intereses.

El concepto de invención de la tradición de E. Hobsbawm y T. Ranger a través del cual Josep Maria Garcia-Fuentes ha desgranado la forma mediante la cual Víctor Balaguer convirtió a Montserrat en el símbolo central de su visión de la Cataluña moderna también se puede aplicar al proyecto de hoy en día de la Unión Europea la cual ha inventado su propia tradición para legitimarse, creándose una continuidad histórica que en la Modernidad arranca desde el Congreso de Viena (1815) en el cual se comenzó a hablar de Concierto Europeo con la finalidad de evitar que se diesen otra vez en el continente europeo un fenómeno como las guerras napoleónicas. Tras dos guerras mundiales durante el s. XX que arrasaron toda Europa, la idea de la unificación de Europa salió de nuevo a relucir entre los países europeos del Oeste y después, tras la caída del comunismo soviético, en la Europa del Este. No obstante a finales del s. XX con los nacionalismos yugoslavos, en la actualidad, con los nacionalismos regionales dentro de la misma UE o la sombra alargada del imperialismo ruso tras el intento de invasión de Ucrania han amenazado y siguen amenazando con hacer caer el proyecto de unos Estados Unidos Europeos que basan su legitimidad en una utópica unificación de todo el continente que de momento nunca existió partiendo desde una base del liberalismo democrático. A pesar de ello se ha imaginado, como diría Anderson, toda una iconografía, una simbología y una tradición enfocada a una unificación completa entre los estados principales situados en Europa. Es probable que en las próximas décadas la concepción de los nacionalismos Estado-nación cuyo fenómeno surgió en el s. XIX, se consolidó en el s. XX y todavía comanda la política internacional en las primeras décadas del s. XXI sea superada definitivamente por la creación de entidades supranacionales como es el caso de la Unión Europea.

Paradójicamente, dichas entidades surpranacionales también necesitarán un ejercicio de invención de la tradición para legitimarse si quieren imponerse a las naciones-Estado y a los nacionalismos regionales que son los que todavía predominan en el ámbito internacional de nuestros días. Para ello, la UE ya ha creado nuevos símbolos como una bandera, un himno y también ha emprendido una reescritura de la historia con el objeto de crear una continuación histórica que les otorgue legitimidad para lograr su objetivo de configurar unos Estados Unidos de Europa.

Notas a pie:
(1)  Según el filósofo Zygmunt Bauman, el mundo actual se caracteriza por su estado fluido y volátil. Todo ello conlleva a una sociedad en la que reina la incertidumbre ya que la vertiginosa rapidez de los cambios
derivados del Progreso han debilitado los vínculos humanos y, a la vez, han arrasado con las raíces tradicionales a la hora de construir algo sólido que tienda a perdurar.
(2) En las XVIII tesis que componen el ensayo Sobre el concepto de la Historia, Walter Benjamin reflexiona sobre la idea del progreso y sus consecuencias dentro del concepto de historia donde cuestiona el tiempo de modernidad y la idea de progreso.
(3) Wilhelm von Humboldt (1767 – 1835) gran filólogo y estadista alemán emprendió dos viajes por España. El 26 de marzo de 1800 llevará a cabo su viaje a Montserrat cuya experiencia espiritual plasmará en su escrito Der Montserrat bei Barcelona que se publicará en 1803. Humboldt dibuja un Montserrat que es símbolo de vida de meditación y pacificación interior que calará a fondo en el imaginario del Romanticismo alemán.

Bibliografía
Anderson, Benedict. 1993. “Introducción”. En: Anderson Benedict. Comunidades Imaginadas:reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México: Fondo de Cultura Económica. p. 17-25.
Bauman, Zygmunt. 2003. Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica de Argentina.
Garcia-Fuentes, Josep Maria. 2013 “Victor Balaguer, Montserrat i la construcció de Catalunya iEspanya”. Butlletí de la Biblioteca Museu Balaguer, Núm. 6. p. 11-24. https://raco.cat/index.php/ButlletiBalaguer/article/view/274111
Hobsbawn, Eric J. y Terence Ranger. 2002. “Introducción: la invención de la tradición”. En:Hobsbawn, Eric J. y Terence Ranger. La invención de la tradición. Barcelona. Crítca. p. 7-21.

 

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