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Porque en el principio está el mito…

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La palabra mythos (arte de narrar) procede de la onomatopeya MU (murmullo) asociada a la iniciación del sonido elemental. Esta relación etimológica marca el paso del silencio al lenguaje convirtiendo al mito en la primera identidad literaria, donde el lenguaje cobra un significado pleno. La palabra adquiere en la oralidad de los relatos míticos su esencia primigenia al convertirse en la forma más autorizada de nombrar la realidad y en el pilar principal sobre el que se apoya la conservación cultural de toda una sociedad. Por eso, el lenguaje mítico es una metáfora donde se funden las convenciones sociales y su cosmovisión del universo. Por un lado, los relatos mitológicos se encuentran dominados por una función social, ya que los mitos y los ritos de una comunidad ofrecen al individuo un cuadro lingüístico de referencias para integrarse plenamente en la vida de la comunidad. Por otro lado, constituyen la imagen de una determinada civilización reflejada en los estrechos vínculos establecidos con la naturaleza. Por lo tanto, vivir sin el mito equivale a ser un individuo sin raíces, que carece del vínculo con el pasado, con la vida ancestral.

Es frecuente encontrarse diferentes versiones de un mismo mito, dependiendo de la casta sacerdotal dominante en un determinado contexto histórico. Este hecho subraya el enorme poder político de la palabra oral en las civilizaciones precolombinas. En la sociedad azteca, el rey de Tenochtitlán era conocido como Huey Hatoani (el gran hablador o el mayor orador). Asimismo, los incas fueron conscientes del poder de integración de la palabra como instrumento para conseguir una mayor unidad en su imperio. Debido a su función social, la mitología se caracterizó por el fuerte aliento colectivo al pretender conservar la memoria de ciertos hechos, personajes o imágenes, estableciendo un vínculo estrecho con la épica, ya que los relatos mitológicos adquirirán un estatuto de reinterpretación de la historia. Al mismo tiempo, la mitología recrea y transciende los acontecimientos históricos como queda patente en la Ilíada o en la 3ª parte del Popol Vuh donde se narran las relaciones de crecimiento y el listado genealógico del pueblo quiché.
La importancia de la mitología en las sociedades indígenas se refuerza con el hecho de que los códices precolombinos fuesen un saber hermético y exclusivo, otorgando a la escritura un carácter elitista que se intensificaba con su relación divina designada por la comunidad. En la sociedad inca, por un lado, el rey se encontraba estrechamente vinculado con la divinidad y, por otro lado, la educación oral estaba monopolizada por los amautas y los aravikus. Asimismo, los aztecas crearon la Calmecac considerada una institución donde se educaban los aspirantes al sacerdocio que se instruían sobre todo en la historia y la mitología que iban cogidas de la mano.

En las sociedades primitivas, la figura del rey se identificaba con la del sacerdote, mostrando el destacado papel jugado por la religión en el ámbito del poder. Los mitos y los rituales se vinculaban al imaginario religioso. En este caso, el mito duplicaba al culto religioso en el plano del lenguaje. Frazer señaló su estrecha relación al estudiar los ritos de renovación de las fuerzas naturales considerados una constante universal en las culturas primitivas. Este motivo se refleja en el mito de Osiris, perteneciente a la mitología egipcia, donde el universo funciona por medio de la acción contradictoria entre Set (poder destructor) y Osiris (poder creador) que mantiene la fuerza de renovación en la naturaleza. En la mitología azteca, se narra la creación del Quinto Sol, la Luna y los astros. Este relato permitía justificar los sacrificios de los esclavos como renovación del ciclo vital. En este caso, el mito que se escenificaba en el Templo Mayor de Tenochtitlán era una explicación de la sucesión de los días y las noches. Al mismo tiempo, el canibalismo se asociaba con un fundamento ideológico que les llevaba a justificar a través de este rito un régimen de terror cuyo objetivo era mantener inmutable la estructura de la sociedad azteca caracterizada por una intensa jerarquía.

En los relatos mitológicos, encontramos temas como el incesto y el éxodo que se vinculan con la aparición de la sociedad. En todas las civilizaciones, la integración del individuo en la comunidad viene acompañada de unos principios morales destinados a la represión de determinados instintos. En este caso, la sociedad está por encima del individuo, porque permitió la supervivencia de la especie humana. Entre las principales prohibiciones, aparece el incesto considerado un motivo universal en todas las mitologías. La prohibición del incesto responde más a una razón práctica que a una cuestión moral, ya que mantener relaciones con mujeres de otras tribus o linajes permitía aumentar los lazos familiares con la finalidad de facilitar la supervivencia. Según Levi-Strauss, el incesto es un artificio “por el cual y en el cual se cumple el tránsito de la naturaleza a la cultura”. Por lo tanto, el incesto fue una prohibición que no sólo separaba la sexualidad animal de la sexualidad social, sino que constituyó la sociedad. En el ámbito mitológico, el incesto venía casi siempre acompañado de un castigo. Por ejemplo, la relación incestuosa de Quetzalcóalt con su hermana mayor Quetzalpétlat provocó la ruina de Tula. Asimismo, en la sociedad inca, las relaciones incestuosas únicamente se encontraban permitidas a las castas reales con el objetivo de conservar un linaje divino.

El éxodo enlaza directamente con el mito de la “tierra prometida” que constituye el paso previo de la vida nómada a la sedentaria considerado vital para la aparición de una civilización. En la mitología precolombina, el éxodo se asocia con tribus nómadas en búsqueda de una tierra que les permitiese la supervivencia. Por ejemplo, en la mitología azteca, se narra cómo Huitzilopochtli convenció a los mexicas de la necesidad de buscar un nuevo lugar donde poder asentarse definitivamente. El pueblo mexica vagó más de 200 años hasta llegar a la “tierra prometida” donde se encontrarían un águila encaramada en un nopal devorando a una serpiente. Por eso, Tecnochtitlán, etimológicamente hablando, significa “donde está el nopal silvestre”. En la actualidad, constituye el emblema de la bandera mexicana estableciéndose, de este modo, una vinculación directa con su pasado indígena. Asimismo, el mito de la tierra prometida se encuentra presente en la tradición maya como aparece recogido en el Popol Vuh cuando se refiere a la donación de los dioses de las Casas de los Quichés a las distintas tribus. En este caso, se hace hincapié en el éxodo desde sus tierras a las montañas y en la presencia del mar que debieron atravesar con el objeto de llegar hasta ella. Este suceso guarda un enorme paralelismo con el éxodo del pueblo judío que pudo atravesar el Mar Rojo a partir de la separación de las aguas realizada por Moisés.

El fuego es un símbolo mitológico que se vincula con la aparición de la civilización humana. Según Levi-Strauss, los mitos relacionados con el fuego muestran la oposición entre la naturaleza y la cultura: la cocción de los alimentos por el fuego domesticado. En la mitología griega, la figura de Prometeo permitió la supervivencia de la raza humana al robar semillas del fuego olímpico y, al mismo tiempo, estableció el reparto de los sacrificios entre los dioses y las divinidades. Zeus eligió, engañado por Prometeo, las grasas que contenían los huesos del buey, quedando la carne para los hombres. La fusión de ambos acontecimientos enlaza con la idea del antropólogo francés. Al mismo tiempo, el titán griego juega un destacado papel en la antropogonía griega al ser considerado el creador de los primeros hombres a partir de arcilla. Prometeo guarda diversos paralelismos con Quetzalcóalt que moldeó a los seres humanos al mezclar los huesos de una pareja fallecida con la sangre de su miembro. Ambos dioses, en sus respectivas mitologías, se convierten en los bienhechores de la especie humana ante la ira de los otros dioses. Aparte de la supervivencia, concedieron a la raza humana el secreto de las artes y de los oficios. En la tradición quiché y cackchiqué, el origen de la cultura guarda una estrecha relación con la entrega del fuego realizada por los dioses. Con ello se pone de manifiesto que en los relatos mitológicos, la civilización se encuentra presente tanto en los temas vinculados con su aparición (incesto, éxodo, fuego) como en su función integradora en la sociedad.

A pesar de considerarse uno de los principales pilares sobre el que se apoya el mantenimiento de una sociedad, el lenguaje mítico, también, es un reflejo del pensamiento primitivo caracterizado por su estrecha relación con la naturaleza. Esta afirmación se confirma en la continua utilización de analogías establecidas con fenómenos naturales. El desarrollo de la mitología de las altas culturas se expresa en el hecho de que los fenómenos meteorológicos como el trueno, el rayo, el viento y el arco iris se transforman en campos de actuación de determinadas deidades. En la mitología azteca, todos los fenómenos meteorológicos se asociaban a un dios o a un aspecto de una divinidad importante. Por ejemplo, la lluvia se vinculaba con el dios Tlaloc y los vientos con Quetzalcóalt Ehecatl. Del mismo modo, se dan explicaciones de fenómenos naturales como los terremotos en la tradición quiché donde se narra cómo Bochina castigó a Chibchacum a sostener en el espacio a la Tierra, que hasta entonces había estado sustentada sobre finísimos postes de Guayacán. Desde entonces, se sucedían periódicamente los terremotos cada vez que Chibchacum quería cambiar de postura. La figura de Chibchacum se relaciona con la del titán Atlante condenado a sostener los cielos sobre sus hombros.

El intento de explicar los fenómenos sobrenaturales que rodean al hombre primitivo conduce al animismo, que aparece tanto en la civilización inca como en la azteca. Según Edward Tylor, el animismo constituyó la primera forma religiosa adoptada por la humanidad. Esta creencia se apoya en el concepto de mana que hace referencia a la fuerza impersonal, sobrenatural e indiferente existente en todos los seres de la naturaleza. En el animismo, se establecerán numerosas relaciones con fenómenos naturales con el objeto de crear una unión entre lo sensible y lo intangible que permitirá al hombre primitivo vivir en un universo de signos y mensajes. En este caso, cualquier fenómeno cultural se encontrará cargado de significado. Esto conducirá al estudio detallado de los astros por parte de los aztecas que pretenderán interpretar acontecimientos futuros a través de fenómenos producidos en el firmamento. Este interés por las constelaciones se observa en la celebración del Fuego Nuevo donde si se producía la aparición de la constelación de los Mastelejos se garantizaba la existencia del mundo durante otros 52 años, lo que nos conduce a una concepción cíclica del tiempo que también se daba en la civilización maya la cual creía que todos los acontecimientos se repetían en vueltas regulares de diversos ciclos, sobre todo en los períodos de 260 años en que se producía el retorno de Katún, de la misma manera que se repetían los días, el curso de los astros y los eclipses. El tiempo estaba formado por la sucesión de deidades, favorables o desfavorables a la naturaleza y a los hombres y, por ello, intentaban prever cuáles serían los hechos del futuro. Esta concepción del tiempo enlaza con la del mito que reengendra y reencarna al pasado tanto en el momento de la creación como en el instante de la recreación, ya que en el rito se convoca de nuevo al pasado. Es decir, en el mito, hoy no es ayer pero el hoy para ser realmente y prolongarse en el mañana debe imitar al ayer. En este caso, el rito encarna el mito, introduce el pasado en el presente, suprimiendo la historicidad del instante. Asimismo, el mito crece como una espiral, debido a que la nueva versión lo modifica y, al mismo tiempo, lo repite. Por un lado, el tiempo mítico alude a lo que pasó y es un decir irrepetible; en cambio, también, es una estructura que se actualiza cada vez que volvemos a contar una historia. Esta premisa constituye una de las principales constantes de la literatura oral, lo que conduce a integrar plenamente la narración mitológica en el plano de la oralidad.

La dicotomía entre el pensamiento primitivo y el pensamiento histórico se acrecienta con el hecho de que el primero considera a la historia como la separación definitiva del hombre con la naturaleza. Asimismo, la clasificación totémica, presente en la civilización inca, responde a un canon intemporal que regula la vida social e impide la fuga del grupo hacia la historia. En este caso, los relatos mitológicos conectan con el pensamiento primitivo, ya que a través de ellos se consigue trascender la historia al configurar la visión del universo de una determinada civilización. Tanto el pensamiento primitivo como la mitología se caracterizan por la elaboración de sistemas totales que reflejan la concepción unitaria del universo. Dicha visión totalizadora se observa en los relatos cosmogónicos, teogónicos y antropogénicos que caracterizan a cualquier mitología ancestral. En este caso, la cosmogonía ocupa un primer plano en el intento de comprender la ideología de una sociedad apoyada en los relatos mitológicos, ya que narra cómo se creó el cosmos y cómo se organizó. Asimismo, la etapa cosmogónica, no instaura el mundo tal cómo es, sino que sólo proporciona la referencia a un mundo anterior al actual. Esta idea conecta con el mito de las Edades que, en la mitología azteca, se encuentra representado por el relato de los cinco soles en el cual aparece el tema del diluvio simbolizando tanto la destrucción de la creación imperfecta como la purificación de la especie humana. Este motivo se recoge en el mito del Arca de Noé y en la Epopeya de Gilgamesh perteneciente a la mitología mesopotámica. En otras mitologías, la época antediluviana se asocia con la Edad de Oro que se encontraba marcada por la total armonía entre la especie humana y la Naturaleza.

Dichosa edad perdida en el tiempo, únicamente, recuperable a partir de la palabra que, al mismo tiempo, nos acerca y nos distancia de la naturaleza. Así es el doble rostro del lenguaje mitológico, ya que, por un lado, es el eco del murmullo inicial asociado con la naturaleza; por otro lado, constituye el fundamento de la civilización, el intento de aprehender todo lo que nos rodea, el inicio del exilio del hombre.

Bibliografia:

Frazer, James Georges. (2022). Mitos sobre el origen del fuego.. Sans Soleil Ediciones: Vitoria-Gasteiz.

Lévi-Strauss, Claude. (2008). Antropología estructural: mito, sociedad, humanidades. Siglo XXI: México.

Oviedo, José Miguel. (2001). Historia de la literatura hispanoamericana. 1. De los orígenes a la Emancipación. Alianza Editorial: Madrid.

Paz, Octavio. (1982). El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura: México.

Tylor, Edward. (2017). Antropología: introducción al estudio del hombre y la civilización. Master: Valladolid.

Villanes, Carlos y Córdova, Isabel. (2013). Literaturas de la América Precolombina. Istmo: Madrid.

 

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