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Marcel Proust y Virginia Woolf: a la búsqueda de la novela lírica

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Con el Romanticismo se iniciará la desintegración de los esquemas rígidos que hasta entonces habían establecido las fronteras entre los géneros literarios. Gracias a ello, la novela irá ganando protagonismo al facilitar la inclusión de rasgos literarios que, anteriormente, habían sido considerados antagónicos hasta el punto de que el género novelístico llegará a ocupar el lugar privilegiado que siempre había correspondido exclusivamente a la poesía. La pulverización de los límites convencionales creados entre los géneros guardaba como verdadero objetivo la fusión entre la prosa y la lírica, tal y como se observa en la prosa poética cultivada por Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé. A ellos se unirá el pensamiento de Flaubert que llegó a confesar que la pretensión de todo novelista consistía en alcanzar las alturas literarias de la lírica a través de la narrativa. En cierto modo, tanto Marcel Proust como Virginia Woolf enfocarán todas sus energías en lograr dicha fusión, aunque la llevarán a cabo a partir de sendas personales que los alejarán de la novelística decimonónica. Su renovación literaria no constituirá la anunciada “muerte de la novela”, sino todo lo contrario, ya que junto a James Joyce y William Faulkner colocarán los pilares sobre los cuales se comenzará a construir toda la narrativa del s. XX.

Gracias a las innovaciones técnicas y la búsqueda de soluciones respecto a la problemática de los puntos de vista originada por la renuncia al narrador omnisciente, se abrirán nuevas posibilidades en el arte narrativo. En el caso de Las olas como en A la búsqueda del tiempo perdido, la utilización de nuevos procedimientos narrativos permitirán alcanzar el final de un trayecto cuyo albor más emblemático se remonta a los Breves poemas en prosa de Baudelaire.

Si tuviésemos que subrayar uno de los rasgos fundamentales de la poesía moderna, casi todas las opiniones críticas apuntarían la importancia que adquirió el significante respecto al contenido, hasta tal punto que la temática predilecta estuvo vinculada con la reflexión sobre el lenguaje poético. Dicha autorreferencialidad se trasmitirá plenamente a la novelística del s. XX, haciéndose manifiesta en la importancia que adquirirá el discurso frente a la peripecia la cual comenzará a ocupar un lugar secundario. Ya no será tan crucial el argumento, sino que todos los esfuerzos del novelista se centrarán en la forma de narrar. Con ello, la novelística del s. XX se distanció de las novelas canónicas decimonónicas cuya máxima pretensión consistía en la “reconstrucción a escala” de la sociedad de su época, centrándose para conseguirlo en las vicisitudes experimentadas por los protagonistas que, habitualmente, se enfrentaban contra las condiciones de su entorno. En cambio, los novelistas del s. XX, como ocurre en Las olas, no sólo centrarán toda su atención en cómo construir el artefacto novelístico, adentrándose en la búsqueda de nuevos procedimientos narrativos, sino que invitarán al lector a que reflexione sobre cómo se ha ido configurando el universo autónomo y cerrado constituido por la novela. En este caso, es el juego de espejos propuesto por Proust en el Tiempo recobrado donde el lector acaba de leer una novela cuyo punto y final constituye el inicio de su escritura, ya que se nos narra la decisión definitiva del narrador Marcel de recuperar el tiempo perdido a través de ella. Todo ello hace que el lector haya asistido a una auténtica novela de formación de una sensibilidad artística que dará forma a una manera de mirar la realidad la cual quedará cristalizada en la obra que todavía no ha sido escrita pero que, paradójicamente, el lector ha finalizado de leer.

Dentro de la reflexión sobre el lenguaje poético, la lírica moderna se planteó si a través de la palabra poética sería capaz de atrapar y, de ese modo, eternizar con toda su intensidad los instantes en los cuales se revela lo real. Se consideraba que, únicamente, a través de la poesía se sería capaz de trasformar la realidad más fenoménica. Dicha aspiración acabará en una absoluta negación en la obra mallarmeana, ya que no sólo el ser humano es incapaz de lograr su ideal, sino que ni siquiera tiene la posibilidad de expresarlo plenamente.

A pesar del dictamen de Mallarmé, el intento de reflejar los instantes reveladores configura la piedra angular sobre la cual gira tanto la narrativa de Proust como la de Las olas. En el escritor francés, dichos instantes se vinculan con la memoria involuntaria a través de la cual se zafa de la percepción monocorde del hábito surgido del contacto directo con la realidad más cotidiana. Gracias a ella, el narrador Marcel toma conciencia de un pasado, aparentemente sepultado y baldío, que alcanza un nuevo significado en su presente vital. De este modo, la escritura se transforma en un medio a partir del cual aprehender su experiencia de elevación, desde lo más cotidiano hasta la esencia de las cosas. En su camino hacia ella, no establece una separación radical entre el mundo del hábito y dichos instantes de revelación, sino que se muestran profundamente interconectados a partir de la memoria involuntaria, la experiencia estética, los objetos y la profundización en las percepciones sensoriales. Se trata de una cuestión de mirada, de penetrar progresivamente en las sombras proyectadas en la cueva platónica para ir más allá de lo aparente. En cambio, en Las olas antes que de una experiencia platónica se podría hablar de una experiencia estética kantiana. Los instantes de revelación se asocian con los momentos narrativos en los cuales se plasma la fusión entre la Naturaleza y el mundo interior del ser humano a través de los cuales recobra su naturaleza primigenia superando, de este modo, la escisión entre el mundo exterior y su conciencia interior. La aspiración de la escritora inglesa consiste en plasmar esos instantes donde se producen las conexiones entre todo lo existente, saliendo a la luz la lógica interna que gobierna el ciclo vital de la Naturaleza a través del cual se vislumbra el misterio de la vida.

Frente a sus proyectos respectivos de fundir la prosa con la lírica, la pregunta pertinente es: ¿Cuáles son los recursos narrativos empleados por V. Woolf y M. Proust para transcribir plenamente los anhelados e huidizos instantes de plenitud?

En Las olas se distinguen dos estilos plenamente diferenciados. Por un lado, la descripción objetiva y distanciada que sirve de introducción a cada sección narrativa y, por otro lado, los monólogos interiores sobre los cuales se desarrolla el discurso de las seis voces protagonistas. A lo largo de la descripción, se nos muestra el desarrollo completo de un día desde el amanecer hasta el anochecer absoluto. ¿Cuáles son los vínculos que se van estableciendo entre la descripción objetiva y el estilo antagónico del discurso de las voces? Al situarse en el encabezamiento de cada sección, la descripción alcanza un valor simbólico, ya que las diferentes horas del día corresponden a las distintas etapas vitales de las voces que van desde la infancia hasta la imagen-escena del final en la cual asistimos al encuentro de Bernard con la muerte. De este modo, la escritora establece el primer vínculo entre el Macrocosmos (la descripción) y el Microcosmos (los monólogos interiores) quedando ligadas las metamorfosis que acompañan tanto al avance del día como a la experiencia vital de las voces.

Asimismo, los símbolos son los elementos fundamentales que fusionan los dos mundos. Sus funciones son múltiples y rechazan, en todo momento, la simple descodificación ya que su significado no es unívoco, sino que va variando dependiendo del contexto. De entrada, se convierten en los cimientos básicos sobre los cuales se apoya la estructura de la descripción ya que en todas las imágenes-escenas asociadas con el transcurso del día hacen acto de aparición las olas, el jardín y una enigmática casa. Gracias a ellos, se van dejando huellas de las transformaciones que se van produciendo con el avance de la jornada, y que tendrán su eco en el discurso posterior de las voces. Metamorfosis captada a partir de las recurrentes referencias a los cambios de color y forma que va experimentando el oleaje, el cantar de los pájaros, la vegetación del jardín o los objetos situados en el interior de la casa a medida que la luz nos vaya mostrando sus estancias, despojando del velo de Maya a la enigmática casa que en el amanecer únicamente habíamos contemplado desde el exterior y que aparecía como referencia directa en el discurso inicial de las voces. No obstante, el misterio no será revelado del todo ya que incluso en el mediodía, con la luz en su máxima intensidad, todavía pervivirá un resquicio de sombra como plasmación del enigma que acompaña a la existencia y que, tal vez, únicamente se reflejará en el encuentro con la muerte.

Las múltiples connotaciones que alcanza un mismo símbolo a lo largo del texto adquieren su máxima expresión en las olas. El lector se ve imposibilitado de otorgarles un único sentido debido a las múltiples funciones que van acumulando las cuales abarcan desde convertirse en una pieza estructural de la descripción hasta proyectarse en ellas las metamorfosis del estado interior de las voces que se ven movidas por fuerzas enigmáticas e incontrolables que ponen de manifiesto la inestabilidad del mundo interior del ser humano y la idea ilusoria del Yo como unidad. De esta forma, las olas se transforman en una proyección del fluir vital de los personajes que varía dependiendo de su situación anímica. Incluso su influjo alcanza a la propia configuración de la novela, ya que en su intento de fundir la prosa con la lírica V. Woolf irá encadenando las palabras a partir de un ritmo interno que pretende ser el fiel reflejo del oleaje, al mismo tiempo, variable y armonioso del mar. Un ritmo que rechaza el tono monocorde, un ritmo de múltiples acordes que abarcan desde el frenético galopar de Bernard en su encuentro revelador con la muerte hasta el tímido despertar del amanecer inicial.

Los símbolos que se acumulan en la descripción aparecerán desperdigados en el discurso de las voces, asociándose con las diferentes personalidades de cada una de ellas. En este caso, los pétalos o el espejo aparecerán directamente vinculados con la huidiza y solitaria Rhoda. Su destino fatal quedará plasmado ya, desde el primer momento, con la imagen de unos pétalos náufragos lanzados al agua. En este caso, el símbolo realizará una función de prolepsis al avanzarnos un suceso posterior: el suicidio de Rhoda. Asimismo, su encuentro con un espejo nos reflejará sus dificultades a la hora de configurarse una identidad propia en su trayectoria vital. Dicha problemática afectará a todas las voces a causa de las continuas metamorfosis plasmadas con reiterativas referencias a los gusanos y las mariposas nocturnas que revolotean sin sentido antes de lanzarse contra los cristales cuya imagen guarda cierto paralelismo con el encuentro frenético de Bernard con la muerte que se visualiza con las olas rompiendo sobre la playa.

En la cena de despedida en honor a Percival antes de embarcarse hacia la India, Neville espera con nerviosismo el reencuentro con sus compañeros de infancia. En un determinado momento, el reflejo de la luz en un cuchillo le revela otra forma de ver el objeto desposeído de sus funciones utilitarias. Justo en ese instante, percibe cómo se desvanece la realidad aparente marcada por un orden ficticio, adentrándose en el enigmático caos primigenio que no se puede reducir a reglas humanas. Dicho relámpago explosivo, dicho resplandor inmediato es el que aspiraba atrapar M. Proust a partir de la acumulación de metáforas, imágenes y sensaciones enfocadas a extraer una percepción más profunda de una realidad configurada a partir de convecciones. Dichos momentos reveladores son los que nos permiten introducirnos en la dimensión de lo real cuya lógica responde a parámetros distintos a la percepción humana de lo fenoménico, pulverizándose las coordenadas kantianas del espacio-tiempo y causa-efecto. ¿Cómo los reflejará la narrativa de Proust y de Woolf cuando la tradición decimonónica se apoyaba en ambas coordenadas? En este caso, ambos escritores se verán obligados a buscar otros métodos narrativos que permitiesen la condensación de tiempos y espacios y estableciesen vínculos intertextuales que sustituyesen el procedimiento basado en una causa y su correspondiente efecto.

V. Woolf configura Las olas a partir de escenas-imágenes que, en principio, dificultarían el avance de la narración. Al renunciar a la relación causa-efecto, el lector sentirá una sensación de extrañamiento ya que, habitualmente, desconocerá las causas que han provocado los cambios de actitud y pensamiento de los personajes de una sección a otra. Al mismo tiempo, la progresión narrativa se verá dificultada por la renuncia de la autora a establecer un diálogo directo entre las voces, poniendo de relieve las imposibilidades existentes a la hora de comunicar con plenitud la experiencia interior al otro. Las voces aparecen como islas aisladas que, sólo eventualmente, consiguen levantar puentes de unión que conectan sus mundos interiores.

¿Cómo se logra la fluidez del discurso en el microcosmos? A pesar del progresivo distanciamiento que van sufriendo las voces, todas ellas conservan una memoria compartida que se fraguó en la infancia la cual cosa les permiten recuperar vivencias que salen a la luz a través del recuerdo. De este modo, la autora tendrá la posibilidad de enfocar una misma situación desde distintos ángulos, tal y como se observa en las reiteradas recuperaciones de la escena del beso entre Jinny y Louis con Susan como convidada de piedra. El progresivo distanciamiento se remarcará en las diferencias existentes entre la primera sección, donde los monólogos están insertados como si fuesen una alternancia de voces, frente a las posteriores en las cuales los mundos interiores aparecen más separados entre sí, para finalizar con la última sección donde la voz de Bernard pretende reunir la experiencia vital del resto de sus compañeros, cerrando el círculo hermenéutico con su encuentro con la muerte. Junto a las vivencias compartidas de la infancia, se unirá la utilización de “motivos bisagras” que servirán para entrecruzar y enlazar el pensamiento de las distintas voces como si fuera un diálogo interno que surgiera del mismo texto. A la vez, la figura simbólica de Percival se convertirá en el epicentro de los personajes al considerarlo como un auténtico héroe cuyo destino fatal supondrá la toma de conciencia de la fugacidad de la vida siempre amenazada por la presencia de la muerte incluso en su momento de mayor esplendor.

La narrativa de Proust exige un tratamiento distinto del espacio y del tiempo que el unidimensional vinculado con la novela decimonónica, ya que su escritura toma como punto de referencia la dimensión del recuerdo cuyas percepciones son bien diferentes a los parámetros que rigen nuestro contacto con la realidad más cotidiana. El texto proustiano se convierte en un auténtico palimpsesto en el cual son constantes las convergencias y entrecruzamientos de espacios y tiempos. Dicha concentración surge del intento de reflejar la forma de proceder de la conciencia humana. Cuando entra en juego la memoria involuntaria, nos vemos insertados en una dimensión temporal que diverge de la cronométrica al producirse la fusión entre el pasado y presente cuya principal consecuencia será la abolición de la sensación del paso del tiempo. El instante revelador proustiano se sitúa en el tiempo psicológico de Bergson que corresponde al de nuestra conciencia cuyo pulso vital nada tiene que ver con el tiempo externo. Dicha divergencia entre tiempos sale a la luz cuando el narrador comienza a recordar sus lecturas en el Combray de su infancia mientras furtivamente hacían acto de aparición las campanadas de la iglesia. El hecho de verse imbuido en el tiempo de la ficción, debido a sus lecturas, le hacía perder conciencia sobre el transcurrir de la tarde. En este caso, las campanadas se convertirán únicamente en el elemento capaz de quebrar instantáneamente la barrera entre los dos espacios temporales. La lectura le permitía trasladarse a otros espacios y tiempos, aunque físicamente no se hubiese movido de su habitación o del jardín de su tía Leoncia.

El espacio proustiano no se presenta estático ni en un único plano, sino que son lugares activos que se reintegran y se reconstruyen continuamente. Su principal rasgo es la simultaneidad al moverse en el ámbito no tanto físico, sino más bien psicológico. Únicamente, de este modo, se puede captar la relación que el narrador establece entre Venecia y Combray unidas en el relato por el hecho de experimentar impresiones análogas en su revisita a la ciudad italiana a través de la memoria involuntaria y de su infancia recuperada en la taza de té. En este caso, Proust se centra no tanto en los lugares en sí, sino en los recuerdos que están vinculados a ellos. No le interesa tanto el Combray y la Venecia reales, sino todas las connotaciones que se desprenden de la evocación de ambos nombres. De este modo, su objetivo no es la descripción a la manera del realismo, sino que los lugares del pasado, al igual que los objetos, se convierten en una vía por la cual se hace visible para la conciencia una verdad que se mantenía latente en el interior del narrador y que germina en forma de escritura lírica del mismo modo que los trozitos de papel japonés cuando son acariciados por gotas de agua.

En definitiva, la búsqueda de la conexión entre la lírica y la narrativa conducirá tanto a M. Proust como a V. Woolf a enfrentarse a unos problemas estéticos que resolverán con la experimentación de métodos narrativos que pretendían ir más allá de los límites marcados por la novelística decimonónica. La renovación de los procedimientos simbólicos, la ruptura con la coordenada causa-efecto y el nuevo tratamiento del espacio y del tiempo responden a las nuevas necesidades expresivas de una época que intentaba ver reflejado su verdadero rostro en la imagen reveladora de la creación artística.

Bibliografía

Bibliografía de lectura
PROUST, M., Por el camino de Swann, traducción de P. Salinas, RBA Editores, Barcelona. 1995.
WOOLF, V., Las olas, Cátedra, Madrid, 2ª ed., 2002.

Bibliografía de consulta
BECKETT, S., Proust, Península, 1991.
BOOTH, W., La retórica de la ficción, Antoni Bosch, Barcelona, 1978.
FREEMAN, R., La novela lírica: Hesse, Gide, Woolf, Barral editores, Barcelona, 1974.
FRIEDRICH, H., La estructura de la lírica moderna (De Baudelaire hasta nuestros días), Seix Barral, Barcelona, 1974.

 

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