Reflexiones sobre la novela policiaca: Doyle, Hammett y Simenon
Pública 1.- La problemática de los géneros literarios: la novela policiaca
La clasificación de las obras en géneros literarios habitualmente ha sido una cuestión palpitante en los estudios literarios. Si bosquejamos en la historia literaria occidental, no nos resultará difícil hallar acaloradas discusiones entre los defensores de la inmovilidad de los géneros establecidos por la tradición y todos aquellos que apuntaban la necesidad de ir incorporando nuevos géneros surgidos de las obras de su época. A veces, dichas polémicas conducían a tratar directamente cuál era realmente la libertad creadora del escritor. ¿Los autores se tenían que regir a las reglas dictadas por un género literario avalado por la tradición o, al contrario, tenían derecho a innovar e incluso a practicar cierto hibridismo entre los géneros? Actualmente, ya no se puede seguir defendiendo el inmovilismo que con tanto ahínco sostuvieron el Clasicismo francés y el Neoclasicismo los cuales coincidieron, amparándose en su visión de la tradición grecolatina, en sus ataques contra todos aquellos escritores que comenzaban a combinar rasgos asociados con géneros literarios distintos. Su máximo objetivo se proyectó al intento de delimitar las fronteras que separaban a los géneros tradicionales. Con el Romanticismo se pondrá en solfa la inutilidad de establecer un corpus teórico rígido ya que, de ese modo, se limitaba el genio creador de los grandes autores. El principal fin fue sacar a la luz la artificiosidad que acompañaba a cualquier división estricta la cual condujo a una apuesta total por la mezcla de géneros cuyo máximo exponente ha sido la novela considerada el género por antonomasia de la modernidad. A pesar de su importancia actual todavía no se ha logrado una definición definitiva que enumere los rasgos principales que configuran la creación novelística. No sólo no se han establecido dichos límites a través de los cuales abarcar una visión íntegra de todas aquellas obras etiquetadas como novelas, sino que se han establecido una gran cantidad de subgéneros que sacan a relucir el terreno pantanoso sobre el cual pisamos.
Abandonada ya la idea de que los géneros literarios constituyen categorías absolutas que se resisten a la innovación y la temporalidad histórica, la clasificación en géneros queda como una herramienta funcional a partir de la cual delimitar un terreno tan inabarcable como la literatura. Actualmente, con la idea de género literario se tiende a reunir una serie de obras que comparten un conjunto de convenciones específicas pero que, al mismo tiempo, también poseen rasgos individuales que les otorga una identidad propia. Frente a las obras literarias que responden exactamente a los esquemas convencionales de un género o subgénero, nos encontramos con otras obras que van más allá de la mera aplicación de dichas convenciones al incorporar elementos correspondientes a otros géneros distintos. Dichas obras dificultan la funcionalidad a la hora de aplicar un esquema monolítico de los géneros literarios, ya que su estudio minucioso revela sus particularidades que las convierte en auténticas obras de arte. Esta situación también se da en la novela policiaca la cual se ha ramificado en múltiples subgéneros como la novela policiaca clásica, la novela negra o la novela policiaca psicológica.
Dicha monografía intenta reflexionar si se puede incluir en un mismo género novelístico a obras tan dispares como El signo de los cuatro, Cosecha roja y El caso Saint-Fiacre, teniendo en cuenta los rasgos y motivos compartidos y, al mismo tiempo, las diferentes formas de encararlos por parte de sus respectivos autores.
2.- ¿El crimen o la investigación criminal como motivo literario?
Durante el proceso sufrido por Flaubert a causa del escándalo social provocado por la publicación de Madame Bovary, el autor francés no podía sospechar que el veredicto favorable supondría el reconocimiento legislativo por primera vez en la historia literaria moderna de Occidente de que una obra de arte no debía juzgarse por principios morales, sino que se hacía fundamental que se privilegiase antes de nada sus cualidades estéticas. Con ello fructificaban los esfuerzos de los pensadores y escritores alemanes, desde Kant hasta Hegel, que defendieron el hecho de que una obra literaria únicamente debía valorarse a partir de sus cualidades artísticas. De este modo, sus intenciones eran aflojar la soga lanzada por los principios morales y religiosos los cuales ahogaban la libertad creativa de los autores. Por eso, no resulta extraño que Thomas de Quincey inicie su ensayo Del asesinato considerado como una de las bellas artes apelando al “gusto alemán” cuando defiende la posibilidad de enfocar la cuestión del crimen desde un punto de vista estético. Su proposición se aparta de la forma convencional de tratarlo que siempre tenía en cuenta la perspectiva moral. De Quincey lanza al lector de su época la siguiente cuestión: ¿Por qué no se puede hablar del asesinato como una forma de arte admirando su ejecución o la inteligencia del asesino? Para ello es básico un cierto distanciamiento donde no se tenga en cuenta la diatriba moral que se plantea cuando nos enfrentamos a un caso de asesinato. El centro de atención se polariza no tanto en la víctima, sino en la forma de proceder del ejecutor. De este modo, el crimen pasa de convertirse en una situación trágica que plantea serios problemas morales a transformarse en un hecho de análisis a través del cual desentrañar el enigma que se abre tras un asesinato el cual se convierte en el inicio de un “juego” deductivo, en un choque de inteligencias entre el aficionado investigador y el criminal.
De Quincey considera que el asesinato estéticamente más logrado corresponde al que se encuentra rodeado de una enorme cantidad de misterio la cual cosa permite levantar un gran número de conjeturas sobre quién ha podido ser el asesino. La imaginación y la inteligencia se aúnan con el objeto de responder la pregunta planteada por el cadáver. Para conseguirlo el investigador debe esforzarse por ir tejiendo los hilos que pongan en conexión todas las pruebas halladas en el lugar del crimen y, al mismo tiempo, introducirse en el pensamiento del asesino con el objeto de clarificar la planificación y sus reacciones durante el asesinato.
La invitación de Thomas De Quincey a la hora de mirar con otros ojos una cuestión con tantas connotaciones morales como un asesinato asienta la perspectiva a través de la cual se proyectará el asunto criminal en las novelas policiacas clásica cuyo único interés se centrará en la configuración de una intriga que sea capaz de atraer al lector cuya única preocupación consistirá en la resolución del enigma planteado al inicio de la narración. La novedad no se da tanto en la introducción de la temática criminal en la creación literaria, sino en la importancia central recibida al convertirse en el primer motor a través del cual arranca el discurso de la investigación. Según se va avanzando en la narración, el lector va intentando tejer una tela de araña cuya finalidad consiste en dar coherencia a una serie de pruebas que el autor ha ido desperdigando sobre el texto. Únicamente, al final, el lector tendrá la confirmación de si sus conjeturas iban por buen camino una vez que el investigador novelístico se decida a cerrar el círculo hermenéutico que resuelve el enigma. En el caso de la novela policiaca clásica el interés se reduce al descubrimiento del culpable de una acción transgresora que ha ido más allá de los límites impuestos por la ley. Asimismo, en las novelas de Dashiell Hammett o de Simenon, el asesinato también se transforma en el acicate para que la acción narrativa comience a andar, aunque sus motivaciones como autor no se limitan al hecho de resolver el crimen sino que el discurso de la narración va mucho más allá. En Cosecha roja, se plasma una ácida crítica contra la corrupción y la deshumanización absoluta de la sociedad capitalista estadounidense y en El caso de Saint-Fiacre se testimonia la visión nostálgica de un mundo rural condenado a la desaparición a través del regreso del inspector Maigret a su localidad natal.
En definitiva, la esencia del género policiaco no es tanto la importancia que concede al asesinato sino más bien al desarrollo de la investigación. Las tres obras del corpus bien se podrían definir como el discurso de una investigación criminal, aunque las motivaciones y su desarrollo son bien diferentes entre sus respectivos autores.
3.- Los perfiles de los “héroes” del género policiaco
3.1.- El signo de los cuatro
Auguste Dupin prefigura el modelo de investigador cuyo máximo exponente será Sherlock Holmes considerado el prototipo de detective predominante en la novela-enigma. La figura del detective en la creación literaria hará acto de aparición cuando se convierta en un oficio surgido por los altos índices de criminalidad alcanzados a consecuencia de la concentración masiva de población en las ciudades a partir de la 2ª Revolución Industrial. En este caso, la literatura burguesa se apropiará ideológicamente del nuevo prototipo literario, convirtiéndole en el héroe a través del cual restablecer el orden violado una vez que se ha descubierto la identidad del anónimo transgresor. En cierto modo, se transforma en el “caballero andante” de la sociedad burguesa, ya que su principal función está enfocada a mantener el poder establecido una vez que han sido amenazadas las convenciones burguesas. Por eso, no es extraño que el detective de la novela policiaca clásica se encuentre caracterizado con unas cualidades deductivas e inteligencia prácticamente sobrehumanas, que le permitan resolver cualquier enigma por muy indisoluble que pareciese al principio de la investigación. Su superioridad analítica permite a detectives como Sherlock Holmes verse rodeados de una aureola idealizada que lo sitúa en una dimensión superior frente a personajes como el doctor Watson y el inspector Athelney Jones cuya investigación irá avanzando al ritmo de las deducciones extraídas por el detective londinense.
Como en el caso de los caballeros andantes su existencia únicamente se justifica cuando se enfrenta ante una aventura propuesta por un enigma, aunque tanto en algunas novelas de caballerías como en las novelas de Arthur Conan Doyle hace acto de aparición los momentos en los que el héroe se ve hundido en los quehaceres de la vida cotidiana. El signo de los cuatro se inicia con una descripción de Sherlock Holmes inyectándose cocaína para hacer frente al tedio provocado por los momentos en los cuales no se debe de enfrentar con la resolución de ningún enigma. Al mismo tiempo, son recurrentes las afirmaciones del protagonista donde manifiesta que su vida únicamente cobra sentido cuando su mente se enfrenta a un caso cuya resolución parece prácticamente imposible. La ayuda prestada a sus clientes no viene dada tanto por una cuestión humanitaria, sino más bien por la oportunidad que le ofrece a la hora de enfrentarse a una situación en la cual puede poner a prueba sus cualidades detectivescas (1). De este modo, sale a relucir su actitud totalmente racionalista que rehúye cualquier manifestación de los sentimientos. En El signo de los cuatro son frecuentes sus comentarios irónicos y los peligros asociados con el matrimonio cuando el doctor Watson le confiesa su atracción hacia la Sra. Monstar. En este caso, S. Holmes considera que el hecho de dejarse llevar por la pasión amorosa afectaría a su capacidad deductiva. Dicha idea también conecta con las novelas de caballerías ya que el matrimonio, normalmente, suponía la retirada del héroe de su vida aventurera.
Su talante racional también se muestra en los métodos empleados en la investigación detectivesca la cual es definida como una ciencia exacta que tendría que tratarse de forma desapasionada y objetiva. De este modo, se distancia de los procedimientos empleados por la policía la cual cosa lo aleja de la actuación habitual de las autoridades judiciales en la vida real. Entre la teoría de Sherlock Holmes y la práctica preconizada por el inspector Altheney Jones siempre sale vencedora la postura analítica del detective londinense, por eso, la policía suele consultarle una vez que el caso tratado se halla en un aparente callejón sin salida.
Cuando el doctor Watson le pide explicaciones sobre cómo ha conseguido extraer sus deducciones, S. Holmes habla de la aplicación de un método. A lo largo de El signo de los cuatro va desgranando las cualidades que todo buen investigador debe poseer: ser un buen observador, saber sacar conclusiones y poseer conocimientos adquiridos a partir de la experiencia. Sus preceptos lo definen como un investigador sedentario que descifra el jeroglífico propuesto por cualquier asesinato a través de la imaginación y la lógica, la cual cosa se refleja en las narraciones de Conan Doyle caracterizadas por la ausencia casi absoluta de acción. A pesar de ello, en el Signo de los cuatro nos encontramos ante la excepción que confirma la regla, ya que se da una persecución en barco a través del Támesis, aunque la forma de narrarla, carente de vigor y tensión, confirma que Conan Doyle no estaba habituado a insertar escenas de acción en las novelas protagonizadas por Sherlock Holmes.
En el método empleado por S. Holmes su pensamiento generalmente actúa de lo particular a lo general extrayendo deducciones a partir de los detalles aparentemente más insignificantes. A diferencia de Auguste Dupin, establece analogías entre casos paralelos al tratado en curso cuando parece encontrarse en un callejón sin salida. Otras técnicas empleadas son la deducción por descarte consistente en elegir aquella hipótesis que parecía inverosímil pero es la única probable una vez que las otras han sido eliminadas y la enumeración de los datos y pruebas hallados hasta el momento con el objeto de iniciar una nueva vía de investigación. Finalmente, aplica una de las máximas de De Quincey y de E.A. Poe vinculada con el hecho de ponerse en el traje y la piel del asesino con el objeto de intuir su pensamiento teniendo en cuenta las circunstancias que se dieron en el acto del asesinato.
Teniendo en cuenta su forma de proceder en sus investigaciones y su actitud ante la vida marcada por el rechazo a los sentimientos, S. Holmes aparece como un personaje de una sola pieza, símbolo absoluto de la postura racional más extrema ante la existencia humana y la forma de comprender su entorno. Su superioridad intelectual y su infalibilidad lo sitúan como un auténtico ser superior frente a la mediocridad del resto de los mortales la cual cosa encaja perfectamente en el esquema de los héroes tradicionales. Al mismo tiempo, su figura guarda una función ideológica a favor de la burguesía, clase dominante en la sociedad de la época, ya que la resolución de todos sus casos subraya que sobre el transgresor, tarde o temprano, recaerá el peso de la ley.
3.2.- Cosecha roja
Después de la lectura de la novela de Dashiell Hammett nos sorprende el hecho de no llegar a conocer el auténtico nombre del detective-narrador que nos ha informado sobre los hechos acaecidos en Personville. Sin embargo, a lo largo de la narración, el detective privado se ha visto obligado a cambiar de identidad con el objeto de llevar a cabo sus planes previstos para la “pacificación” de Personville. El desconocimiento de su verdadera identidad saca a colocación la cuestión del anonimato característica habitual de los “héroes” de la novela negra. La figura idealizada y monolítica del detective prototípico de la novela policiaca clásica se diluye ante un protagonista cuya actitud moral se caracteriza por la ambigüedad la cual cosa repercute en la caracterización de un individuo más realista y humano a los ojos del lector.
El narrador no sólo nos muestra los procesos sufridos por la localidad estadounidense, sino también cómo se ve engullido él mismo por el ambiente de violencia predominante en Poisonville. Incluso llega a confesar cierto placer cuando observa que sus movimientos acabarán sembrando una auténtica cosecha de sangre. Su forma de actuar bien se podría resumir en la premisa maquiavélica: “El fin justifica los medios”. El protagonista ve como única solución la multiplicación de la violencia esta vez reconducida al enfrentamiento entre los “capos” de Poisonville.
¿Cuáles son las diferencias entre Sherlock Holmes y el detective-narrador de Cosecha roja? En primer lugar, si nos acercamos a la forma de proceder de Dashiell Hammett se hace evidente su conocimiento a fondo de los procedimientos judiciales y policiales de la vida real a causa de que ejerció como detective para la Agencia Pinkenton. Gracias a ello, era consciente de que los casos policiales no se resolvían simplemente a partir de deducciones, sin tener que correr prácticamente peligro por la integridad física. Hammett refleja en su novela la peligrosidad que suponía el oficio de investigador, por ello, son recurrentes las escenas de tiroteos y acción que prácticamente son escamoteadas en la serie protagonizada por el detective londinense. Raymon Chandler se da cuenta de ello en su breve ensayo El simple arte de matar donde elogia al escritor de Maryland por el esfuerzo de tratar de forma más realista la figura del detective privado y por su intención de convertirse en uno de los “cronistas” de la América de los años 20 y 30.
El tratamiento realista de la situación de los detectives privados queda reflejado cuando muestra su temor por que Poncio Pilatos, encargado de su Agencia, se entere del gran número de leyes vinculadas al código de su agencia que se ha saltado a la hora de conducir a buen puerto su misión, la cual cosa le conduce a elaborar un informe donde omite todos aquellos detalles que le pudiesen perjudicar y por el cual podría ser despedido. A pesar de ello, en último término, nos confiesa que su jefe se enteró de todo lo ocurrido en Personville, tal vez, por el chivatazo de los otros dos inspectores venidos de San Francisco, Mickey Linehan y Dick Foley, la cual cosa pondría en tela de juicio el compañerismo entre los agentes de una misma agencia. El pánico sentido ante Poncio Pilatos viene dado no tanto por la probable bronca, sino por la posibilidad de verse despedido ya que su subsistencia depende de su trabajo como detective y, con ello, Hammett pone de manifiesto que no todos los investigadores trabajan en una agencia por vocación, sino simplemente como sustento económico, como fue el caso del propio escritor.
El detective de novela negra destaca por su visión totalmente desengañada de la sociedad en la cual no tiene cabida ni la inocencia ni la bondad, ya que todo se encuentra totalmente corrompido debido al ansia de poder y dinero. No hay lugar para la caridad ni para la beneficencia a no ser que se quiera ser devorado por un sistema capitalista que trata a los individuos como si fueran simples objetos. Y a pesar de ello, el protagonista decide llevar hasta el final la misión por la cual el Sr. Willsson contrató los servicios de su agencia. Es totalmente consciente de que la limpieza de Personville no será absoluta, ya que en toda sociedad siempre existirá un poder que dominará a los individuos a través del lenguaje de la violencia y las armas. La única diferencia entre Personville y Poisonville consiste en que la violencia ejercida vendrá oficializada por el Estado y, por tanto, no será vista a partir de ojos inquisitoriales. Debido a tal situación, el protagonista bien se podría comparar con la de Sísifo que a pesar de ser consciente de estar condenado eternamente a una labor inútil y absurda no deja de ejercerla. Con su mirada escéptica, el narrador-detective es consciente de que tal vez sea posible ganar algunas batallas contra la corrupción y la extorsión criminal; en cambio, es materialmente imposible vencer en dicha guerra.
3.3.- El inspector Maigret en El caso Saint-Fiacre
En El caso Saint-Fiacre, Simenon bosqueja entre los recuerdos de la infancia y de la adolescencia del inspector Maigret en el regreso a su ciudad natal. Desde el primer momento de la narración en la conciencia de Maigret se despiertan las evocaciones y las vivencias que se mantenían latentes en un mundo mágico que desapareció con su infancia. Y el contraste entre el pasado y la percepción presente del inspector Maigret de la existencia humana, saca a relucir su desengaño en el cual no tiene cabida la inocencia ni la esperanza. Su regreso a la ciudad natal desemboca en un sentimiento doloroso donde se mezclan la nostalgia y la impotencia por llegar a recuperar aquellos tiempos cuya mirada se encontraba envuelta por la fascinación y el misterio. Sus recuerdos son la viva imagen de la situación actual de decadencia de los condes de Saint-Fiacre. O, mejor dicho, la de su castillo (2), cuya fachada esplendorosa oculta la ruina a la cual se ha visto abocada una aristocracia, que en la infancia de Maigret, era los auténticos “reyes feudales” de la comarca.
En la nueva entrega de Simenon el caso tratado sirve como excusa para ahondar en la psicología de Maigret abriendo al lector la puerta a los recuerdos más íntimos de su infancia que sirve para constatar el abismo existente entre el soñador Maigret de la infancia y el Maigret adulto cuya visión pesimista y escéptica de la vida viene dada por su alienación absoluta al convertirse, en cierto modo, en un engranaje más de la maquinaria del Estado en su condición de funcionario.
¿Cuál es la razón por la cual el inspector Maigret acepta un caso que bien pudiera ser una pesada broma ya que el asesinato todavía no se ha cometido? De repente el sonido de una campana responde a nuestra pregunta puesto que el narrador instantáneamente pasa a hablar de la infancia del inspector (3). Es decir, el presunto caso es aceptado como una simple excusa para regresar a su localidad natal. Desde el primer momento, el inspector Maigret se verá inundado por estímulos “proustianos” que le impedirán centrarse en la investigación hasta el punto de que el enigma planteado por el asesinato será resuelto, finalmente, por el hijo de la condesa en un intento de lavar la imagen de un linaje cuyo mundo aristocrático está dando sus últimos coletazos de vida ante el dominio ascendente de la burguesía que, incluso, ya está imponiéndose en las localidades alejadas de las grandes urbes, afectando a las relaciones arcaicas entre el señor y el campesinado. Maigret, al final de la novela, es consciente de no haber estado centrado en la investigación, limitándose a descubrir la causa por la cual el monaguillo se había llevado el misal que resultó ser el objeto que contenía el arma del crimen (4).
El anonimato pretendido por el inspector Maigret parece confirmar que ha aceptado o, mejor dicho, se ha resignado al papel otorgado por el funcionariado estatal. El inspector es un personaje gris, un funcionario que es un engranaje más de la cadena estatal que actúa sin contemplaciones contra todos aquellos individuos que transgreden las leyes impuestas. En otras novelas de Simenon, el inspector detendrá al asesino simplemente porque es su obligación como funcionario de la ley, a pesar de que sus simpatías estén más cercanas a la figura del arrestado.
Maigret tampoco es el héroe idealizado de las novelas de Conan Doyle, sino un antihéroe que pretende resolver los casos asignados de la forma más eficiente posible. Comparte con el detective de Hammett una visión desengañada y escéptica de sus respectivas sociedades que les mantiene en el anonimato más absoluto sin reconocer sus méritos como “empleados” de la ley.
4.- Los narradores
La novela policiaca no se singulariza tanto por tratar el crimen como tema literario, sino por enfocar su centro de atención en la narración de la investigación. Toda novela policiaca se identifica por el hecho de moverse en dos planos narrativos: la historia del crimen y el discurso de la investigación. Existe la posibilidad de hacer una clasificación de géneros dentro de la novela policiaca, dependiendo de cómo se entrelacen ambos planos narrativos o si añade un tercero como es el caso de la novela de Simenon.
4.1.- El signo de los cuatro
Cuando Borges enuncia las reglas de oro de la novela policiaca clásica incluye entre ellas la aparición de un narrador el cual frecuentemente se trata de un amigo impersonal y un tanto borroso que testimonia como narrador homodiegético el transcurso de la investigación. Dicha regla se cumple tanto en los casos de E. A. Poe como de Conan Doyle. Todas las investigaciones llevadas a cabo por S. Holmes serán transcritas bajo la pluma del doctor Watson que no esconde ni su admiración ni las manías del sagaz e infalible detective.
En casi todas las narraciones de Donan Coyle, Watson acude como convidado de piedra ante las hazañas deductivas de S. Holmes. Es el Homero, salvando las distancias, que narra las proezas del héroe londinense. No obstante, el narrador no se limita a transcribir las investigaciones sino que, al mismo tiempo, sirve de contrapunto a la figura del detective. En El signo de los cuatro dicha contraposición cobra una forma determinada respecto a la actitud que mantienen frente a la Sra. Monstar. Mientras que S. Holmes apuesta por la necesidad de mantener un cierto distanciamiento respecto al cliente ya que, únicamente, le interesa el enigma que viene a proporcionarle cuando le propone investigar su caso; en cambio, desde el primer momento, el doctor Watson no reprime sus sentimientos ante la belleza de la cual será su futura esposa. De este modo, quedan reflejadas dos actitudes totalmente diferentes de encarar la vida. Por un lado, S. Holmes se convierte en el representante de la absoluta racionalidad cuya única motivación gira alrededor de analizar una situación determinada con el objeto de otorgar una lógica a enigmas que en un principio carecían de ella; en cambio, el narrador siempre manifestará su pasión por las mujeres, la cual cosa cobrará forma en sus ensoñaciones con la Sra. Monstar a través de las cuales se imaginará situaciones heroicas donde el caballero andante presta su ayuda a la dama indefensa. En el proceso de seducción del doctor Watson siempre intentará impresionar a la Sra. Monstar narrándole las “aventuras” que irá viviendo con el detective en claro contraste con la vida burguesa de la época siempre huidiza de los grandes riesgos.
¿Pero cómo afecta a la lectura el hecho de que la narración sea proyectada desde el punto de vista de Watson? Tanto el doctor Watson como el lector se sitúan en una escala inferior respecto a Sherlock Holmes. Por un lado, aparece la historia de la investigación que será desentrañada por el detective y, por otro lado, el discurso de la investigación que nos llega a través del narrador homodiegético, la cual cosa hace que el lector siempre vaya a contrapié respecto a las deducciones de S. Holmes que siempre avanzan más rápidamente que las del doctor Watson. La primera pregunta nos conduce a un nuevo interrogante: ¿Cómo repercute este hecho en la intriga de la narración? Debido a que S. Holmes se encuentra en un nivel superior, tanto el lector como el narrador deben remontarse del efecto (crimen, indicios) a la causa (el culpable y sus motivos) a través de una serie de conjeturas mediante las posibles pruebas que irán apareciendo, configurándose en la mente del lector una o múltiples narrativas imaginarias sobre la identidad del asesino cuya corroboración vendrá dada por el texto en la voz narrativa de S. Holmes quien en su posición privilegiada ha llegado a la resolución mucho antes que el doctor Watson, nuestro auténtico guía en la novela. El hecho de desear ver confirmadas sus expectativas hace que el lector sienta la intriga que Conan Doyle ha creado con las circunstancias y las pistas falsas que ha ido intercalando en su narración.
4.2.- Cosecha Roja
Frente al informe enviado al jefe de la Agencia donde eludía los procedimientos más escabrosos a la hora de otorgar de nuevo el poder absoluto a Elihu Willsson nos hallamos ante el relato de lo que, en teoría, verdaderamente ocurrió en Personville.
La novela se inicia en 1ª persona aunque dicha focalización interna se verá atenuada con el empleo masivo de diálogos y con unas técnicas narrativas asociadas con la psicología behaviorista que centraba su interés en las reacciones externas del individuo, dejando de lado todas las especulaciones asociadas con el inconsciente y el mundo interior de la conciencia. Por tanto el narrador no se adentra en los pensamientos interiores sino que los personajes son mostrados con cierto distanciamiento. Todos ellos se van definiendo a través de sus comentarios, sus acciones y sus reacciones anatómicas ante una determinada situación. Asimismo, se ha de tener en cuenta que el tiempo inicial del relato es ulterior a los hechos que se nos serán narrados por el detective, aunque Hammett emplee masivamente los diálogos consiguiendo un efecto de simultaneidad que permitirá mantener el suspense y, con ello, la atención del lector una vez que se ha solucionado el primer caso, donde predomina la intriga, vinculado con el asesinato del Sr. Willsson cuyo desarrollo nos recuerda en cierto modo la forma de proceder de la novela policiaca clásica en la cual predomina la intriga frente al suspense.
Si analizamos detalladamente el discurso del detective-narrador se observará que se encuentra repleto de justificaciones en el sentido de que debido a la situación caótica existente en Poisonville la única salida para acabar con el poder de los mafiosos era provocar una cosecha sangrienta enfrentándolos entre ellos. El lector tiene la legitimidad de sospechar que en dicha confesión también se nos han ocultados detalles que profundizarían en la ambigüedad moral del protagonista. Aplicando las técnicas behavioristas, que tan bien plasmó Hammett, a la lectura, el lector siente en cierto modo que el narrador nos lleva por la senda que le interesa con el objeto de justificar que el fin está por encima de cualquier medio empleado. Durante la narración vamos comprobando su habilidad para liar la madeja con la intención de aplicar el lema “divide y vencerás”. En cierto modo, el protagonista bien se podría asemejar con la figura de Yago ya que a través de sus insinuaciones y sus planes va condicionando el devenir de los acontecimientos: la caída de Poisonville con la configuración de un nuevo Personville no del todo pacífico ni limpio de corrupción.
Su papel como auténtico generador del devenir de los acontecimientos se muestra en la conferencia de paz entre los mafiosos en la cual sutilmente deja abierta las grietas entre el comisario Noonan y Max Thaler. Irónicamente. la presunta conferencia de paz ha abierto definitivamente la traca de los truenos dando lugar al inicio del fin de Poisonville. Tanto en esta escena como en otras anteriores queda reflejada la habilidad del narrador para la mentira y el chantaje, la cual cosa puede inducir al lector a sospechar que nos hallamos ante un narrador “poco fiable” que siempre buscará la forma de justificar sus acciones o dar una versión que no concuerda del todo con lo que realmente sucedió.
4.3.- El narrador omnisciente de El caso Saint-Fiacre
A los niveles narrativos característicos de la novela policiaca constituidos por la historia del crimen y el discurso de la investigación se ha de unir el vinculado con el reencuentro del inspector Maigret con su localidad natal, plasmándose en los recuerdos que afloran dehiscentemente en su conciencia, poniendo en evidencia el contraste entre sus vivencias pasadas y la mirada desengañada y escéptica del presente. Maigret se da cuenta de que no tuvo que volver al único lugar donde fue realmente feliz, ya que el mundo de la infancia se ha desvanecido como la riqueza y el poder de los condes de Saint-Fiacre.
Todo ello se nos muestra a partir de un narrador omnisciente de cuya voz se desconoce su procedencia. Una voz capaz de introducirse en los pensamientos más íntimos del reservado inspector Maigret. A través de dicho narrador, Simenon profundiza en la psicología no sólo del inspector, sino del resto de los personajes que se han visto implicados en el caso del asesinato. Su mirada lo abarca todo, al igual que los narradores de la novela decimonónica, al poseer vía libre para rebuscar en los sentimientos y pensamientos más ocultos de todos los personajes. De este modo, el lector llega a tener más información que el propio inspector el cual está inmerso en la reminiscencia de su infancia. No obstante, Simenon se cura en salud, ya que no quiere eliminar el suspense que acompaña a todas sus novelas cuyo protagonista es el inspector Maigret. Por eso, elude la posibilidad de que el narrador dé detalles directos relacionados con el asesinato, manteniendo así la tensión narrativa hasta el momento de la solución del enigma que se producirá en la cena del castillo donde se reunirán los principales sospechosos.
Anteriormente, se había hablado de la condición de funcionario del inspector Maigret cuyo trabajo consistía en descubrir a todos aquellos que se atrevían a transgredir las leyes vigentes. Si se tiene en cuenta dicha idea, es lícito pensar que el narrador omnisciente bien se podría vincular con esa mirada estatal que lo intenta ver todo con el objeto de poder controlarlo. El don de ubicuidad habría sido trasplantado de la mirada divina a la maquinaria estatal con el objeto seguir manteniendo el orden establecido. Dejando aparcada dicha hipótesis, nos podemos centrar en las posibilidades funcionales que otorga la utilización del narrador omnisciente ya que gracias a él Simenon tiene la posibilidad de profundizar en la psicología del ser humano con su intención de adentrarse en el lado más oscuro de la condición humana.
5.- El espacio narrativo y la caracterización de los personajes
E. A. Poe en su ensayo The Man of the crowd aseguraba que el oficio de detective había surgido con los nuevos fenómenos a que dio pie la aparición de las grandes urbes modernas ya que el aumento considerable de la población repercutió en la multiplicación de la inseguridad ciudadana. El visionario escritor estadounidense acertó plenamente ya que la novela policiaca ha sido considerada con el paso del tiempo la única narrativa formularia en la que se refleja la vida en la ciudad moderna.
La ciudad cosmopolita brinda la ocasión de ocultar no sólo la individualidad, sino también la inhumanidad en la muchedumbre de formas humanas. Con la experiencia de la multitud emergen nuevos parámetros de conductas y una nueva psicología social, a partir de las cuales pueden establecerse los fundamentos del género policiaco. Asimismo, la estructura laberíntica y habitualmente caótica de la planificación urbana en los orígenes de las ciudades modernas las convierte en un marco ideal para desarrollar un determinado enigma. Incluso, a veces, no sólo son el marco narrativo sino que se convierten en las auténticas protagonistas como ocurre en la novela de Dashiell Hammett. No obstante, dicha convención de la novela policiaca también puede ser transgredida como veremos en El caso Saint-Fiacre.
5.1.- El signo de los cuatro
Las novelas de Donan Coyle no sólo dieron fama mundial al investigador S. Holmes y al doctor Watson, sino que también sus nombres quedaron vinculados a la ciudad londinense en la cual transcurre la mayoría de sus aventuras. Frecuentemente, la capital de Inglaterra se convierte en un laberinto sobre el cual los dos protagonistas van intentando encontrar el hilo de Ariadna que les permita llegar hasta el asesino o el transgresor de las leyes. El signo de los cuatro no es una excepción, ya que el autor nos va mostrando lugares y barrios característicos de dicha ciudad. A pesar de que algunas veces son simples referencias, Conan Doyle refleja la diversidad existente en Londres abarcando desde los barrios más pobres y, presuntamente, más peligrosos hasta los grandes edificios de la época victoriana.
En primer lugar cabe mencionar el trayecto en carruaje efectuado por la pareja protagonista y la Sra. Monstar con el objeto de llegar a la cita misteriosa. Un trayecto caótico que parece anunciar la situación laberíntica en la que se encontrarán una vez que se involucren directamente en el caso. Ya, desde dicho momento, se mostrarán los roles de los dos protagonistas ya que mientras el doctor Watson desconoce el recorrido que están efectuando; en cambio, Sherlock Holmes irá nombrando las calles y las plazas sobre las cuales van moviéndose. De este modo, el lector llega a saber que S. Holmes es un gran conocedor de la ciudad londinense, cuestión fundamental para solucionar satisfactoriamente todos sus casos. Para moverse adecuadamente por las laberínticas callejuelas de dicha ciudad se ha de conocer palmo a palmo todas los barrios de Londres. Como perros sabuesos los dos protagonistas se adentran en los bajos fondos de la capital tras el rastro que ha ido dejando el asesino.
Aparte de la configuración laberíntica de toda ciudad moderna, Donan Coyle aprovecha una particularidad de Londres: la niebla. En este caso, dedica varias descripciones a la ciudad mientras se va cubriendo de niebla la cual se convierte en un elemento más que sirve para incrementar la sensación de misterio que envuelve a todas las narraciones protagonizadas por S. Holmes.
Si la diégesis de la novela transcurre en Londres; en cambio la historia vinculada con el tesoro del Sr. Monstar se inició en tierras coloniales del Imperio británico. En el último capítulo, Jonathan Small explica la historia del signo de los cuatro y su regreso a Londres con el objeto de recuperar su tesoro que cayó en posesión del Sr. Monstar y el Sr. Sholto después de traicionarle. A partir de Jonathan Smal, conocemos por encima la dura vida de los presidios coloniales aunque Arthur Conan Doyle no demuestra un gran conocimiento de la situación de las tierras coloniales ni se introduce en las vejaciones sufridas por los indígenas. Todo su conocimiento se reduce al saber enciclopédico como se muestra cuando S. Holmes busca en la enciclopedia de su salón dónde se encuentra situada las islas Andamán con la intención de comprobar si una de las pistas puede dar la posibilidad de descubrir al asesino o a su cómplice.
Si exceptuamos a la pareja protagonista, los demás personajes son simplemente un esbozo que aparecen en función del enigma planteado. La Sra. Monstar aparece totalmente idealizada bajo la mirada del doctor Watson. Asimismo, tanto Jonathan Small como su cómplice indígena únicamente surgen para cumplir el papel de los asesinos ya que Conan Doyle no se detiene a configurar personajes de carne y hueso. Lo mismo ocurre con el inspector Athelney cuyas apariciones únicamente se limitan a debatir sobre la diferencia entre la teoría y la práctica en la investigación policial. En resumen, los distintos personajes que aparecen en la novela se convierten en meras excusas o comparsas para que tanto S. Holmes como el doctor Watson se enfrenten a un nuevo caso que en principio parece prácticamente irresoluble.
5.2.- Cosecha roja
Si se tuviese que elegir al verdadero protagonista de la novela de Dashiell Hammett, nadie dudaría en señalar a la localidad estadounidense donde transcurre la acción. Ya desde el primer párrafo, el detective-narrador incide cómo progresivamente se dio cuenta del porqué los habitantes de Personville se referían a su localidad como Poisonville. En un primer momento, el detective confiesa que dicha confusión venía dada por una cuestión fonética o un simple juego de palabras; pero, más tarde, se enterará que dicha variación venía dada por una carga semántica en la cual se recogía todo el proceso que había llevado a convertirse a Personville de una localidad donde reinaba el orden a una ponzoñosa dominada por la mafia y la corrupción (5). Personville guarda en sus entrañas a Poisonville tal y como irá descubriendo el lector según vaya avanzando en su lectura. Sin embargo, en una relectura, la descripción del primer contacto con la localidad estadounidense ya nos anuncia que la tranquilidad era aparente al introducir el narrador detalles que nos permite intuir que dentro del orden subyace una ciudad que esconde un cierto lado oscuro (6). En una primera lectura dicha descripción bien se puede asemejar con la típica estampa de una localidad estadounidense cuya economía se basa sobre todo en la industria minera. Sin embargo hay ciertos detalles como la “tétrica montaña”, “todo ello envilecido por las minas”, “un cielo sucio que dijérase haber salido de las chimeneas de los altos hornos” que cobrarán un nuevo sentido cuando posteriormente lleguemos a saber que los encargados en su momento de dinamitar las huelgas mineras se habían transformado en los dueños de Personville. Con el tiempo el Sr. Elihu Willsson se vio atado de pies y manos para reconducir su poder, ya que sus ayudantes se apoderaron de los negocios de la ciudad. A la descripción inicial añade como dato curioso el desaliño y la falta de disciplina de los guardias, según va caminando hacia su hotel, cuando, en teoría, tendrían que regir por el cumplimiento de la ley y el orden (7). Con dichas referencias se van configurando expectativas que finalmente se confirmarán cuando se tenga noticia de las intenciones del señor Willsson: limpiar las calles de Personville dominadas por la corrupción y la mafia.
En las novelas del s. XIX el narrador omnisciente intenta dar una visión global de la sociedad en la cual se desarrolla la narración. Normalmente, se incide en el peso de la sociedad a la hora de plasmar el comportamiento de los individuos. Tanto la moral social predominante como el ambiente suelen transformar la personalidad inicial de sus habitantes. De este modo, se refleja el poder destructor de las convenciones sociales frente a la individualidad. Dicho proceso de cambio también se muestra en el relato del detective quien confiesa haberse visto arrastrado por la espiral de violencia reinante en Poisonville (8). Asimismo, el ambiente de Poisonville no sólo engullirá al detective-narrador, sino que también afectará a los demás personajes que constituyen el universo narrativo. Entre todos ellos sobresale la historia de MacSwain (9) que de un ciudadano cumplidor de las leyes se convertirá en un individuo corrupto, paradójicamente, cuando ingresó en la policía llegando incluso a ser nombrado jefe de la Policía local una vez que Noonan ha sido asesinado, posiblemente, con su colaboración. Otro caso destacable hace acto de mención a Elihu Willsson quien se verá obligado a corromperse cuando tome conciencia de que únicamente podía conservar su poder sobre Personville aceptando los chantajes de la mafia.
El poder seductor y manipulador que ejerce Poisonville sobre sus habitantes se asemeja a la figura femenina de Dinah con la cual se puede establecer una serie de paralelismos. Las palabras de Albury (10) son una advertencia al detective previniéndole que cuando menos se lo espere se encontrará atrapado en la telaraña tejida por ella. Albury, quien ha asesinado al Sr. Willsson por una razón pasional relacionada con Dinah, se erige en un auténtico profeta ya que ella se convertirá en la confidente del detective a la quien le irá contando los pasos a seguir para acabar con el poder reinante en Poisonville. Como en la descripción inicial de la localidad estadounidense, el detective no entiende el porqué los hombres han llegado a cometer los actos más atroces por una mujer que en principio no es un portento físico. Sin embargo, según va avanzando la narración, salen a la luz las habilidades seductoras de Dinah a pesar de que únicamente ofrece su amor si puede extraer algo en su beneficio. Si se establece la identificación Dinah y Personville, su trágica y violenta muerte bien se puede interpretar como una pista que adelanta la desaparición brutal de Poisonville.
Como se observa tras la lectura de Cosecha roja, Personville-Poisonville no sólo es el lugar donde trascurre la acción de una novela negra sino que es la verdadera protagonista ya que la intención de Hammett no sólo consiste en ofrecer un relato de detectives sino dejar constancia de la corrupción latente en la sociedad estadounidense de los años 20. Una sociedad caracterizada por despotismo y la hipocresía como pone en evidencia el hecho de que el alcohol se encuentre totalmente prohibido y, en cambio, esté omnipresente en todo el relato. El escritor de Maryland configura un artefacto perfecto que recoge elementos de la novela policiaca y, al mismo tiempo, se convierte en un auténtico cronista de su tiempo. No es el caso de El signo de los cuatro donde las referencias a Londres y sus lugares se convierten únicamente en posibles datos que permitirán adentrarse en la senda que fue recorrida por el asesino para efectuar el crimen.
5.3.- El caso Saint-Fiacre
La crítica literaria ha tendido a subrayar el vínculo directo entre la investigación criminal y las grandes metrópolis. A pesar de ello, también nos encontraremos con obras que escaparán de dicha convención genérica. Por ejemplo, dicho precepto no se cumple en la novela de Simenon que transcurre en una pequeña localidad rural. En este caso, el novelista belga transgrede una de las convenciones por autonomasia de la novela policiaca clásica: la materialización del asesinato y el transcurso de la investigación en una gran urbe moderna. Además, si analizamos con detenimiento la función del espacio narrativo en El caso Saint-Fiacre, se comprobará que Simenon va incorporando rasgos propios de otros géneros novelísticos como la novela gótica o el costumbrismo de las novelas realistas del s. XIX.
Tanto los objetos como los lugares sirven de antesala para que afloren los recuerdos de la infancia y la adolescencia en la conciencia del inspector Maigret. Tanto la iglesia del pueblo como la tumba de su padre hacen rebrotar todo un período que parecía encontrarse totalmente olvidado. No obstante, entre todos los lugares sobresale el castillo, cronotopo de la novela gótica e histórica inglesa, que va acumulando diversos valores simbólicos a lo largo de la narración. Tanto en la novela gótica como en la novela histórica inglesa el castillo suele representar un lugar impregnado de tiempo, de un pasado histórico que se mantiene latente en el presente. En primer lugar, como ya se ha apuntado, el contraste entre la esplendorosa fachada del castillo y sus interiores vacíos reflejan el contraste entre la decadencia presente y la gloria pasada de la familia de los condes de Saint-Fiacre. De este modo, Simenon deja constancia de que la modernidad va llegando incluso a los pueblos, afectando a las relaciones casi medievales que se mantenía entre la aristocracia y sus sirvientes. En segundo lugar, hace referencia a la relación afectiva entre el inspector y el castillo, ya que todavía hace mella la sensación de misterio y prohibición que representaba la mansión en su mirada infantil, sobre todo, agrandada por los comentarios de su padre encargado de la administración de los bienes de la familia Saint-Fiacre. Y, finalmente, en los capítulos finales se convierte en el lugar ideal para configurar un ambiente de misterio a lo Walter Scott. Es el sitio elegido por el hijo de la condesa para llevar a cabo su interrogatorio-encuesta, elemento característico de la novela policiaca clásica, en la que se reunía a todos los sospechosos con el objeto de dilucidar la identidad del verdadero asesino. El anfitrión de la cena se dedica a enseñar encima de la mesa todas las posibles hipótesis con la intención de demostrar que tanto el administrador como su hijo fueron los inductores del asesinato de la condesa. Dentro de la configuración del ambiente de la novela gótica no falta la referencia a un posible fantasma, en este caso, constituido por el cadáver de la condesa la cual está siendo velada en una estancia del castillo justo antes de ser enterrada.
A pesar de que la acción no transcurre en una gran ciudad, lo que sí conserva es la importancia de algunos lugares en relación con la forma de proceder de los asesinos o que son claves para descubrir a los ejecutores. Por ejemplo, la iglesia se transforma en el lugar del crimen la cual cosa condiciona que el arma del crimen, una noticia falsificada de un periódico que provoca un infarto mortal a la anciana, se coloque en el misal a través del cual iba siguiendo los cánticos habituales realizados durante la ceremonia. Al mismo tiempo, sirve para ahondar en la ambigüedad de la condesa que se debatía entre su fe cristiana y sus amantes jóvenes la cual cosa le provocaba graves problemas de conciencia. En este caso, la iglesia también sirve como lugar de reminiscencia para el inspector al verse reflejado en el monaguillo. Otro lugar destacable es la casa del administrador donde anteriormente había vivido toda la familia Maigret. Los cambios realizados en la casa, que nos recuerda más a una vivienda burguesa que a la de una zona rural, anuncian que el actual administrador está mintiendo cuando informa sobre sus problemas económicos. De este modo, la descripción de la casa se convierte en un indicio que finalmente se corroborará en la “última cena” del castillo cuando el hijo de la condesa demuestre que tanto el administrador como su hijo se iban apoderando de la riqueza de los condes.
Mientras se va desarrollando el discurso de la investigación y el de los recuerdos de Maigret, el narrador también se detiene a describir escenas plenamente costumbristas que suelen ser recurrentes en las poblaciones rurales y que contrastan con la forma de vida en las grandes urbes. En la novela asistimos a descripciones de campesinos que están labrando la tierra, al encuentro de los aldeanos en la plaza mayor el domingo después de misa y a escenas de taberna. Con ello Simenon pretende dejar constancia de un mundo rural que ya comenzaba a desquebrajarse con la introducción lenta pero inevitable de la tecnología y el progreso en las zonas rurales. Todo un mundo que ya intuía el novelista belga que empezaba a desaparecer como más tarde ocurrió con la emigración de la población rural a las grandes urbes en búsqueda de trabajo y de ascenso social.
En el capítulo Bajo el signo de Walter Scott todos los sospechosos son invitados a cenar en el castillo. El hijo de la condesa pretende desvelar la identidad del asesino de su madre con la intención de vengar la afrenta causada a su linaje. Su forma de proceder consiste en llevar a cabo un análisis psicológico de todas las personas implicadas directa o indirectamente con el enigma planteado, haciendo constar los posibles intereses de los sospechosos en la muerte de su madre (11). Gracias a ello, conocemos más a fondo la forma de ser de los personajes y sus ambigüedades morales. El médico pudo ser el asesino por el simple hecho de experimentar sobre la resistencia de un corazón enfermo ya que conocía a fondo la dolencia de la condesa o, tal vez, el párroco, auténtico padre espiritual de la condesa, con el deseo de acabar con el padecimiento de ella la cual se debatía entre su fe cristiana y la lujuria. Al mismo tiempo, aplica una de las convenciones de la novela policiaca clásica que consiste en descartar al sospechoso sobre el cual recaen todos los incidios. Es el caso de Métayer, el último amante de la condesa, que durante toda la novela había mostrado una gran preocupación porque todas las pruebas apuntaban a él (12).
A partir del descarte deduce que los verdaderos asesinos fueron los miembros de la familia Gautier que progresivamente se habían ido adueñándose de las posesiones de los condes de Saint-Fiacre. La planificación de su asesinato incluyó que todas las posibles sospechas recayesen sobre Métayer para que no fuesen descubiertos. El móvil incluía tanto el interés económico como la venganza del hijo del administrador que fue el primer amante de la condesa hasta que se vio sustituido por Métayer. Resulta singular que Simenon dedique dos largos episodios para llevar a cabo su entrevista-encuesta cuando habitualmente en la novela policiaca clásica se emplea únicamente para cerrar el círculo hermenéutico. De este modo, profundiza en la psicología humana con el objeto de demostrar que todo individuo posee un lado oscuro que le puede llevar en un cierto momento a cometer un asesinato.
6.- Conclusión
Todorov afirmaba que las grandes obras literarias eran aquellas que iban más allá de los límites impuestos por las convecciones características del género al que pertenecían. Si seguimos dicho criterio, a la hora de analizar las tres obras estudiadas, únicamente la novela de Dashiell Hammett y la de Georges Simenon alcanzarían un auténtico valor literario. ¿Pero que comparten con la novela de Conan Doyle para que puedan ser incluidas en el género de la novela policiaca? Durante la monografía se han reflejado todas sus particularidades y, al mismo tiempo, ciertos elementos paralelos que se diferenciaban entre sí por el tratamiento dado por los diferentes autores.
Mientras que en El signo de los cuatro la atención del autor se centraba en el planteamiento de un enigma a sus lectores; en cambio, en Cosecha roja como en El caso Saint-Fiacre el enigma planteado por el asesinato inicial simplemente era el primer motor para dejar constancia, en el primer caso, de la sociedad estadounidense dominada por la corrupción y, en el segundo caso, un intento por plasmar la decadencia de la aristocracia y la progresiva desaparición de las formas de vida rurales con la gradual implantación de la mentalidad burguesa. Las diferencias también surgían en la configuración de los detectives ya que mientras que Sherlock Holmes estaba adornado por la estela de los héroes; en cambio, el detective-narrador de Hammett y el inspector Maigret eran antihéroes, la cual cosa les otorga un perfil mucho más humano. También el espacio narrativo de Dashiell Hammett, una pequeña ciudad estadounidense dedicada a la siderurgia, y la localidad rural de la novela de Simenon rompen con el vínculo directo que se había establecido entre la novela policiaca clásica y las grandes urbes. Por eso, si tuviésemos que responder a la pregunta anterior, tal vez, intentaríamos acotar el amplio terreno abarcado por la novela policiaca, definiéndola como toda narración cuyo hilo conductor es la investigación de un hecho criminal sin tener en cuenta el método empleado para resolverlo, el objetivo o el resultado de dicha investigación. A pesar de la gran diferencia de matices, las tres novelas son el discurso de una investigación que en el caso de Cosecha roja y en El caso Saint-Fiacre se convierten en una forma de tratar cuestiones que se alejan de la temática habitual de la novela policiaca clásica recurriendo para ello a elementos que pertenecen a otros géneros novelísticos.
Notas al pie:
(1) Conan Doyle, Arthur, El signo de los cuatro, ed. Valdemar, 1ª ed, Madrid, 2001. A partir de aquí todas las referencias de la novela de Conan Doyle aparecerá con las siglas SH. (p. 62) “Un cliente no es para mí más que una simple unidad, un factor del problema. Las cualidades afectivas son contrarias al razonamiento sensato.”
(2) Simenon, Georges, El caso Saint-Fiacre, Tusquets Editores, 1ª ed, Barcelona, 2003. A partir de aquí cualquier referencia a la novela del escritor belga se indicará con la sigla SG. (p. 26): “El castillo era amplio. Por fuera no carecía de prestancia. Pero el interior tenía un aspecto tan mísero como el pijama del joven.”
(3) SG (p. 8): “El primer toque de misa, los tañidos en el pueblo dormido… De niño, Maigret no se levantaba en seguida; esperaba el segundo toque, a las seis menos cuarto, porque entonces no tenía que afeitarse.”
(4) SG (p. 174): “Cavilaba. Cavilaba que su papel en ese asunto se había limitado a aportar el último eslabón, un pequeñísmo eslabón que cerraba perfectamente el círculo.”
(5) Hammett, Dashiell, Cosecha roja, Alianza Editorial, 15ª ed., Madrid, 2003. A partir de aquí cualquier referencia a la novela aparecerá con las siglas CR. (p. 19): “La primera persona a quien oí llamar Poisonville a la ciudad de Personville fue un zafrero pelirrojo en el Gran Barco de Botte (…) Aun así, no vi en ello sino un ejemplo más de ese inane donaire que suele inspirar los retruécanos de la germanía. Pero unos años más tarde fui a Personville y entonces comprendí el porqué.”
(6) CR (p. 20): “No era bonita. La mayor parte de los constructores habían buscado la ostentación. Puede que la lograran al principio. Mas luego los altos hornos, cuyas chimeneas de ladrillo se erguían al sur contra una tétrica montaña, habían dado a todo una suciedad uniforme, amarillenta y ahumada. El resto era una fea ciudad de cuarenta mil habitantes, situada en un vallejo entre dos feos montes, todo ello envilecido por las minas. Desplegado sobre el conjunto se veía un cielo sucio que dijérase haber salido de las chimeneas de los altos hornos.”
(7) CR (p. 20): “El primer guardia que vi necesitaba afeitarse. Al segundo le faltaban dos botones del poco pulcro uniforme. El tercero dirigía el tránsito en el cruce principal de la ciudad –el de Broadway y Union Street- con un cigarro en la comisura de los labios. A partir de aquel momento dejé de pasarles revista.”
(8) CR (p. 142): “ (…) Poisonville había comenzado a borbotar bajo la tapadera, y me sentía ya tan identificado con las gentes del lugar que ni siquiera el recuerdo de lo que de mi parte había puesto para lograr que rompiera a hervir por medios nada encomiables me impidió dormir doce horas de un tirón.”
(9) CR (p. 111): “Había sido un buen hombre, recto como una escalera de póquer del as al cinco, hasta que ingresó en la bofia. Entonces se volvió como los demás.”
(10) CR (p. 45): “Sí es cierto. Supongo que la verá usted. Al principio le causará una desilusión. Luego, sin saber cuándo o cómo, se dará cuenta de que se le ha pasado la desilusión, y que, de buenas a primeras, está usted contándole su vida y hablándole de sus disgustos y esperanzas.”
(11) GS (p. 11): “-Por favor, padre. Estamos haciendo psicología. Pretendo demostrar que las personas más austeras pueden ser sospechosos de las peores atrocidades.”
(12) GS (p. 154): “Su caso es tan sencillo que hasta carece de interés (…)”.
Bibliografía:
Corpus literario
CONAN DOYLE, El signo de los cuatro, Ed. Valdemar, 1ª ed., Madrid, 2001.
HAMMETT, Dashiell, Cosecha roja, Alianza Editorial, 15ª ed., Madrid, 2003.
SIMENON, Georges, El caso Saint-Fiacre, Tusquets Editores, 1ª ed., Barcelona, 2003.
Bibliografía crítica
CHANDLER, Raymon, El simple arte de matar,. Bruguera: Barcelona, 1980.
COLMEIRO, José F., La novela policiaca española: teoría e historia crítica, Antropos: Barcelona, 1994.
DE QUINCEY, Thomas, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, 1ª ed., Bruguera: Barcelona, 1981.
RESINA, Joan Ramon, El cadáver en la cocina: la novela criminal en la cultura del desencanto, Antropos: Barcelona, 1997.
Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.