Entre el ideal y la carne: crisis de la utopía (El amor de Mitia, de Iván Bunin)

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El amor de Mitia (1924) se encuentra dominado por el tono romántico y nostálgico predominantes en sus obras de exilio tras la implantación del Régimen Soviético. El espíritu romántico sale a relucir en la configuración de la personalidad del adolescente protagonista que guarda ciertas semejanzas con el joven Werther. El relato concluye con el suicido de Mitia ante la imposibilidad de hallar un equilibrio entre su concepción platónica del amor y la pasión carnal asociada con el florecimiento de la sexualidad. Dicho conflicto se encarna bajo la imagen de su amada Katia cuyos sentimientos hacia ella pasarán de la indiferencia y amistad inicial a un progresivo deseo de posesión absoluta una vez que su personalidad se vea atrapada por los instintos sexuales.

Con el trágico final, Bunin vuelve a ahondar en la temática principal de su obra: la unión existente entre la fuerza vital del amor y la muerte. El paso de la infancia a la adolescencia se verá marcado por la entrada en escena de los instintos vinculados con el amor que, por un lado, invitan a vivir más intensamente la existencia y, por otro lado, provocarán desazón y angustia ante la necesidad de poseer arrebatadamente a Katia que se moverá continuamente entre la idealización y la carnalidad.

El complejo y contradictorio mundo interior de Mitia será reflejado a través de su percepción de la naturaleza que se encontrará omnipresente durante todo el relato, convirtiéndose en un auténtico espejo sobre el cual se reflejarán los cambios repentinos del estado anímico del adolescente que pasará, en un instante, del éxtasis a la absoluta desesperación. La Naturaleza se convierte así en un personaje más ya que, desde el inicio, servirá para subrayar la transición de la infancia a la adolescencia, debido a que su amor pasional comenzará a surgir con la llegada de la primavera asociada con la resurrección de la vida tras el intenso invierno moscovita. Con la manifestación del instinto sexual se irá su felicidad infantil ya que, a partir de entonces, se verá movido al ritmo que vayan marcando los hilos de la pasión, hasta el punto de que Katia lo llegará a comparar con Otelo, debido a la cada vez más evidente manifestación de los celos.

El destino fatal de Mitia se anuncia mediante las referencias premonitorias entre las que se incluyen el consejo de su amigo Protésov antes de abandonar Moscú o en los fragmentos de los poemas Azra y la Llamada de Iván Turguéniev (1818 – 1883) intercalados en la narración. Antes de emprender la decisión de suicidarse, comienza a descargar una fuerte tormenta que pone de manifiesto el vínculo existente entre la Naturaleza y el ser humano, tan característico en toda la obra de Bunin.

Mitia se caracteriza por su talante soñador, sobre todo, en la cuestión amorosa la cual cosa le conduce irremediablemente a idealizar a su amada moscovita cuando se decide a regresar a su población natal. Dicha idealización hace acto de presencia en sus recuerdos de Katia la cual aparecerá en imágenes repentinas como si fuera una auténtica Epifanía o en la contemplación de las campesinas que a través de su imaginación se convertirán en la doncella de Parasha. En su mundo interior lo femenino siempre estará vinculado con la belleza de la naturaleza natal en cuyas descripciones Bunin desbordará todo su lirismo consecuencia de su nostalgia de la vida rural, acrecentada por su exilio, que se encontraba amenazada por la victoria de los bolcheviques

A pesar de centrarse en Mitia, el escritor ruso se detiene a detallar, en breves e intensas descripciones, la vida cotidiana en las aldeas rusas como si pretendiese rescatar del olvido todo un mundo condenado a la desaparición frente a la creciente sociedad industrial que prometía la liberación del proletariado y campesinado rusos. Tal vez, la distancia insalvable entre el ideal amoroso de Mitia y la posesión carnal esconda tras de sí el abismo existente entre los ideales revolucionarios y la cruda realidad de la Guerra Civil que sembró de muertes y de penurias las tierras rusas en nombre de la igualdad social.

En este caso, Bunin no convierte de manera directa la relación entre ideal amoroso y posesión carnal en una alegoría de la Revolución rusa o de la Guerra Cvil; sin embargo, la fractura entre el ideal y la experiencia concreta que destruye a Mitia puede leerse como homologa a la fractura histórica entre las promesas de transformación revolucionaria y la violencia de la realidad rusa. La tragedia íntima de Mitia adquiere una resonancia histórica: una idea absoluta intenta encarnarse en la realidad y, al hacerlo, descubre una materia mucho más contradictoria, violenta e irreductible de lo esperado.

El verdadero drama de Mitia no consiste simplemente en que pierda a Katia, sino en descubrir que ninguna realidad puede satisfacer plenamente el absoluto que ha depositado sobre ella. Dicha percepción conecta profundamente con la visión histórica de Bunin: el derrumbamiento de la Rusia prerrevolucionaria le había mostrado que las grandes construcciones ideales podían desembocar en experiencias marcadas por la brutalidad, el desarraigo y la muerte.

La tragedia de Mitia reproduce en el ámbito íntimo una estructura característica de la experiencia histórica de Bunin: el tránsito desde la idealización de una plenitud posible hasta el descubrimiento traumático de una realidad dominada por la contingencia, el cuerpo y la pérdida. El fracaso de la posesión amorosa se convierte así en una imagen privada de la derrota de todo intento de hacer coincidir absolutamente ideal y realidad.

El amor de Mitia podría ponerse en relación de manera especialmente productiva con Días malditos (1926) donde el propio Bunin contempla la destrucción del ideal desde la experiencia histórica de la Revolución bolchevique y la Guerra Civil Rusa. En ambos casos, una realidad concreta es cargada con una expectativa absoluta y termina destruyéndola. En El amor de Mitia el protagonista fracasa porque quiere convertir el amor en absoluto; en los Días malditos, desde la perspectiva de Bunin, la Revolución fracasa cuando pretende convertir un ideal absoluto en realidad histórica sin aceptar la resistencia, la contradicción y complejidad de lo real.

El amor de Mitia en el contexto de la literatura soviética

Teniendo en cuenta la tesis de Bunin de que el intento de encarnar un ideal absoluto termina revelando la resistencia, violencia y contradicciones de la realidad, El amor de Mitia puede ponerse en relación con otras obras soviéticas como Caballería roja (1926), en este caso, desde la perspectiva bolchevique de Isaak Bábel donde reúne la contradicción entre la fascinación revolucionaria y el horror ante la brutalidad necesaria para materializarla. Al mismo tiempo, Andréi Platónov en su novela Chevengur (1926 – 1928) lleva prácticamente hasta el límite la pregunta planteada por Bunin: ¿Qué ocurre cuando una idea absoluta intenta convertirse inmediatamente en realidad? En este caso, los habitantes de Chevengur pretenden construir el comunismo definitivo; sin embargo, la realidad humana no se deja acomodar fácilmente al concepto revolucionario. Para Platónov, el fracaso procede de la distancia entre la idea y la realidad, la utopía y la existencia humana, la abstracción y el cuerpo, la promesa y la experiencia. Tanto en el amor ideal de Mitia a Katia como en el intento de la consecución del comunismo definitivo la realidad posee una alteridad que el ideal no puede eliminar. Mitia quiere colonizar simbólicamente la realidad de Katia mediante su ideal amoroso, mientras que la utopía de Chevengur pretende someter la realidad histórica a una representación previa de cómo debería ser el mundo.

Posteriormente El doctor Zhivago (1957) de Boris Pasternak volvería a retomar la tensión entre individuo y Revolución, amor e Historia, vida concreta e ideal abstracto. En Pasternak, la Revolución puede poseer inicialmente una dimensión regeneradora, pero cuando la idea se convierte en sistema y exige que la vida individual se someta completamente a ella aparece el conflicto. Pasternak coincide plenamente con Bunin en el hecho de considerar que la vida excede cualquier sistema que pretenda explicarla completamente. A la vez, la temática amorosa vuelve a ocupar un lugar central mientras que Mitia descubre que el amor real no puede coincidir con la representación ideal que ha construido de forma paralela; en cambio, Zhivago descubre que la vida real tampoco coincide con la representación ideológica que pretende organizarla.

Frente al discurso de Bunin se puede oponer La derrota (1926) de Aleksandr Fadéiev que presenta la Guerra Civil como una experiencia dolorosa que, sin embargo, puede contribuir a la formación del nuevo sujeto revolucionario. Mientras que en Bunin, la realidad destruye al ideal; en cambio, en Fadéiev, la realidad pone a prueba y finalmente confirma el ideal. De este modo, se produce un choque de perspectiva con el realismo socialista, ya que mientras Bunin convierte la distancia entre ideal y realidad en tragedia; sin embrago, el realismo socialista intentará convertir esa misma distancia en un proceso dialéctico mediante el cual la realidad terminará aproximándose al ideal.

La oposición de las obras de Bunin, Platónov y Pasternak frente al realismo socialista se dan en el plano político, estético y antropológico. Mientras que el realismo socialista confiaba en la posibilidad de producir un hombre y una sociedad nuevos; los tres autores mencionados desconfiaban de cualquier proyecto que presuponía que el ser humano podía reducirse a una forma previamente establecida. Allí donde la estética soviética normativa tenderá a buscar ejemplaridad, dirección histórica y superación de las contradicciones; en cambio, Bunin preserva la ambigüedad, la fragilidad, el deseo, la pérdida y la imposibilidad de reconciliar completamente al individuo con el mundo.

De este modo, El amor de Mitia puede entenderse como una poética de la distancia frente a una estética de la reconciliación. Mitia se destruye porque no acepta la separación entre lo que desea y lo que existe. Al mismo tiempo, la lectura histórica que permite la obra sugiere que toda utopía que pretenda eliminar violentamente la distancia entre ideal y realidad puede desembocar en catástrofe. Frente a la confianza del realismo socialista en que la Historia acabaría realizando el ideal; en cambio, Bunin afirma implícitamente que la realidad humana es irreductible, contradictoria y nunca puede coincidir por completo con las imágenes absolutas que proyectamos sobre ella. De ahí que la sentencia de Octavio Paz resuene atronadoramente al afirmar que el siglo XX se podría sintetizar en los ideales decimonónicos transformados en campos de concentración, tal y como dejó constancia Aleksandr Solzhentsyn en su Archipiélago Gulag redactado entre 1958 y 1968 y publicado por primera vez en París en 1973 levantando acta sobre el abismo entre los ideales iniciales de la Revolución bolchevique y su deriva estalinista.

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