Crimen y castigo: el abismo ante la muerte de Dios
Pública El anuncio de la Muerte de Dios por parte de Friedrich Nietzsche no solo suponía el hecho de la emancipación del pensamiento occidental frente a una causa mayor que daba sentido a todo lo que nos rodeaba, sino que suponía enfrentarse a la humanidad a un vacío trascendental donde se perdía el centro de gravedad sobre el cual había girado la civilización occidental durante casi dos milenio. Y es en dicho contexto donde se debe situar la obra novelística de Fiódor Dostoyevski la cual gira alrededor de la existencia de Dios.
El escritor ruso reflexiona sobre las consecuencias que supone para la libertad la negación de leyes divinas. Si no hay una moral natural el ser humano puede actuar libremente, ya que únicamente podrá ser castigado, si es descubierto por leyes humanas. De este modo, la moral adquiere un valor relativo, ya que no existirá una fuerza suprema que permita discernir entre el Bien y el Mal. En su búsqueda, Dostoyevski muestra la necesidad del ser humano de encontrarse con la certeza de la existencia de Dios la cual cosa dará sentido a todas sus acciones. En casi todas sus novelas se hace presente, de forma angustiosa, el silencio de Dios; aunque en su etapa final hace un giro inesperado de 180 º afirmando la existencia divina, ya que le es insoportable la concepción de un mundo que no se encuentra regulado por leyes divinas que permitan fijar una moral superior que está por encima de creencias, culturas y sociedades.
Un sentimiento característico en los personajes protagonistas de Dostoyevski es la angustia que se plasma, entre otras cosas, en habitaciones pequeñas y espacios cerrados. Por ejemplo, Crimen y castigo carece de espacios tranquilizadores, sobretodo, el autor dedica todos sus esfuerzos a mostrar la sordidez de la estancia de Raskolnikov. En este caso, la sensación claustrofóbica se incrementa con la acumulación de todo tipo de personajes que van a a visitar al protagonista. Incluso en El idiota, cuya acción transcurre en un gran palacio donde predominan habitaciones elegantes y grandiosas, se da una presencia y sensación de que todo está a punto de estallar.
Cuando se encara la lectura de Crimen y castigo una de las preguntas fundamentales a la que se enfrenta el lector es ¿Por qué Raskolnikov mata a la vieja? ¿Se da un móvil determinado? La respuesta es clave para llegar a entender el pensamiento de Dostoyevski y sus intenciones. El protagonista cuando acaba de matar a la vieja deja el dinero encontrado en la mesilla, al mismo tiempo, tampoco se ha interpuesto ningún tipo de sentimiento como la venganza. La clave está precisamente en que no tiene un móvil determinado. O, mejor dicho, su intención es una motivación teológica: saber si existe una divinidad que le condenará por haber cometido un acto atroz. Si no es así, el hombre se encontrará con las manos libres para cometer todo tipo de atrocidades, ya que, únicamente, será castigado si es descubierto.
A Dostoyevski no le interesa la justicia civil, sino la divina. Si se verifica que no hay una justicia superior que rige el universo y la conducta humana, todas las acciones se convierten en absolutamente gratuitas. Con dicha idea comienza a germinar la fisonomía del hombre absurdo que el existencialismo acabará de moldear. Albert Camus pretenderá redimir al hombre absurdo con su proyecto de hombre rebelde capaz de dar sentido a su vida, aunque en un principio carezca de ella.
Crimen y castigo inaugura en la literatura moderna la corriente del “crimen sin motivo”, es decir, el acto se justifica por el propio acto sin buscar las razones en causas externas o palpables. En este caso, el asesino, únicamente, será castigado si es descubierto por la ley; una ley que se encuentra marcada por la relatividad que cambia según el contexto histórico-cultural. Por lo tanto, el asesino se verá totalmente liberado si no se crea sentimiento de culpa ante la acción cometida la cual no se puede calificar ni como buena o mala, ya que se ha negado la existencia de un ser superior que rige el universo. No obstante, Raskolnikov será descubierto porque no podrá superar sus remordimientos y sentirá la necesidad de confesar su crimen. A pesar de que el silencio de Dios se ha mantenido a lo largo de toda la novela, ya que el protagonista no ha recibido ninguna señal ni castigo divino, siente la necesidad de confesar, por un lado, debido a la educación religiosa recibida y, por otro lado, porque Dostoyevski parece pedir a gritos una señal de la divinidad para justificar la existencia del ser humano y de todas sus acciones ya que, de este modo, se vería obligado a tener que decidir entre el Bien y el Mal.
En los personajes protagonistas de Dostoyevski se da un enfrentamiento entre la razón y el sentimiento. El silencio de Dios les obliga a la búsqueda de una señal, aunque casi siempre se da por la vía negativa. El hecho de cometer un asesinato y ser castigado por ello les permitirá tener una evidencia de la existencia de las leyes divinas. Todo ello se produce en un mundo donde el encuentro con el otro siempre se produce de forma compulsiva, como si fuera una invasión. Dicha forma de acercarse al otro pone de manifiesto una vez más la angustia predominante en el universo de Dostoyevski.
Con frecuencia, la novelística de Dostoyevski es polifónica, porque en la voz de cada personaje incluye la voz del otro. Numerosas veces un determinado personaje introduce en su parlamento la posible refutación de su interlocutor. Dicho mecanismo responde a un discurso bivocal: introducción del discurso del Otro en el propio discurso. Con ello, no se produce un verdadero diálogo, sino una reflexión que, generalmente, no llega a ninguna conclusión concreta, como si fuese una búsqueda angustiosa que al final no encuentra respuesta o un trayecto que finaliza en el mismo punto en el cual se inició.
Los protagonistas de Dostoyevski se caracterizan por un dualismo interno: no hay distancia temporal entre el pensamiento y la acción. No deja posibilidad a la reflexión, ya que sus personajes se mueven por instintos. De ahí que el crimen sea una acción inmotivada, absurda, en el sentido, de que no hay un móvil concreto. Raskolnikov es un ejemplo evidente ya que después de cometer el crimen vive obsesionado por el hecho de ser juzgado por los demás. Su cargo de culpa le lleva a la necesidad de confesar y, de este modo, expiar su conciencia. A pesar de ello, no queda totalmente exculpado, ya que los parámetros religiosos no son los mismos que los judiciales. En este caso, Dostoyevski parece demostrar que si Raskolnikov hubiese sabido soportar las consecuencias de sus actos no hubiese sido descubierto por la justicia y, por tanto, su acción no hubiese sido castigada. El protagonista es condenado por la justicia humana; pero no por la divina que es la que verdaderamente interesa a Dostoyevski.
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