La inspiración y el estilo – Juan Benet
Pública “Un acto de la inspiración tiene una estructura diferente de la de un acto de voluntad. En otras palabras, la inspiración sólo puede surgir en el seno de un estilo, pero no en un clima donde la intención ha quedado encerrada entre los paréntesis de la voluntad”.
El lenguaje literario emplea los mismos recursos existentes en el lenguaje cotidiano. Entonces, ¿cuál es el principal rasgo que diferencia a uno del otro? Sin duda, la elaboración concisa del lenguaje literario a la búsqueda de la expresión más precisa y exacta la cual cosa conduce a un trabajo incesante del escritor sobre el lenguaje –su herramienta- con el objeto de alcanzar un estilo propio. Tal y como subrayar Proust, la consecución de un estilo es la búsqueda de todo escritor a través del cual poder dar forma a su universo artístico. Para lograrlo, se hace fundamental un dominio tal del lenguaje del cual renazca un significado renovado que sea capaz de eliminar el anquilosamiento el cual se ha ido apoderando de las palabras debido a su uso cotidiano. En cierto modo, escribir es dotar al lenguaje de un nuevo valor con el cual levantar una realidad más transparente que con la que debemos lidiar cada día en nuestra experiencia vital.
El estilo, si verdaderamente se ha alcanzado, no surge a través de la aparición romántica sino que sobreviene en esa búsqueda incansable por alcanzar la expresión que transmita con mayor fidelidad nuestro pensamiento o intuiciones. El lenguaje literario no se caracteriza por la absoluta arbitrariedad –el lenguaje cotidiano, no del todo- sino que constituye una verdadera sensibilidad capaz de configurar una realidad propia. ¿Qué es necesario para comprender en toda su plenitud dicha sensibilidad que ha cobrado forma en el texto literario? El lector debe ser capaz de abandonar la lógica interna que domina a la lengua cotidiana. Para ello, debe sintonizar con la frecuencia que emana del texto literario la cual cosa le obliga a apartarse de los parámetros sobre los cuales se encierran el lenguaje de cada día. Es el estilo –o los estilos- quien marca el ritmo de lectura; no el lector. En definitiva, la necesidad de abandonar nuestros hábitos de lectura que no tiene conciencia de que cada texto literario no sólo no acepte una única forma de lectura, sino una singularidad, y dentro de dicha singularidad pueda aceptar múltiples lecturas.
La realidad configurada en toda la obra benetiana no puede ser traducida a nuestra realidad más cercana. Hay que desconfiar de la analogía, del hecho de establecer cualquier tipo de comparaciones entre el universo de Región y el nuestro. La obra de Benet se encierra en sí misma y el hecho de intentar traducirla a nuestro pensamiento –o lo que es lo mismo, nuestro lenguaje- es una forma de empobrecerla, de otorgar una precisión a lo impreciso, de definir lo indefinible, de racionalizar todo un universo que ha germinado de lo irracional, como el hecho de reflexionar a posteriori sobre las cenizas consumidas en una pasión inconsciente que se mantiene viva sin saberlo, pero no con el mismo vigor. Tan difícil como conocer la verdad de un acontecimiento cuando ya se ha convertido en materia histórica.
Configurar un estilo propio, ese es el objetivo del verdadero escritor; ¿Pero cómo definirlo?, ¿cuál es el ámbito que lo abarca? El espacio ocupado por el estilo incluye a la razón; sin embargo, sus límites se extienden más allá de lo racional. Dicha irracionalidad hace posible que la creación literaria sea capaz de vislumbrarnos sensaciones que únicamente pueden ser aprehendidas a través de la intuición y que, por tanto, se resisten a ser encorsetadas mediante la lógica racional –una de tantas-.
Juan Benet apuesta por una literatura que delimite sus propias fronteras. De este modo, deja de ser subsidiaria de la realidad circundante.. El resultado del estilo coincide con el esfuerzo del escritor por superar el interés de los hechos en sí. Por lo tanto, el estilo no es una forma de explicar la realidad, sino una sensibilidad autónoma capaz de configurar otra realidad: realidad exclusivamente literaria que se rige por unos parámetros diferentes a los límites impuestos por el intento de plasmar con la mayor fidelidad posible el entorno que rodea a la vida y sociedad del escritor. La creación literaria más fecunda es la que se configura en la dimensión marcada por la imaginación. No describe la realidad, sino que la inventa. No es una forma de obviarla. La cuestión reside en exponerla de una forma distinta para profundizar a través de una vía que racionalmente puede ser considerada como inadecuada.
¿Pero existe alguna forma de expresión más lejana a la realidad que la visión dada en las novelas realistas y naturalistas donde cualquier mínimo detalle está plenamente justificado por una lógica interna? La realidad no puede ser percibida por el ser humano como una unidad donde todo está perfectamente planificado. El individuo, debido a sus mecanismos cognoscitivos, la aprecia de forma fragmentaria. ¿Es posible dar una explicación lógica racional? En el plano estético, las respuestas no deben ser dogmáticas ni concluyentes porque el entendimiento no es fin último del arte. ¿Entonces cuál es su fin? El arte cobra únicamente sentido en el arte, como los relatos de Benet en su universo propio y personal. Un lenguaje que se crea y se destruye a sí mismo cuya única meta es la interrogación, no la afirmación contundente, el secreto que jamás será desvelado con un sí rotundo y sin titubeos.
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