Ulises: la culminación del realismo joyceano
Pública Ulises (1922) de James Joyce ha sido considerada una de las novelas referentes del s. XX en la que se refleja la ruptura de la modernidad con la visión del mundo heredada de la tradición. En este caso, la destrucción de todo un universo no se lleva a cabo sobre las cosas, sino que se realiza en el lenguaje, con el lenguaje y sobre el lenguaje. La desintegración de toda una percepción del universo va acompañada de una experimentación radical con el lenguaje con la intención de que vuelva a ser un instrumento sobre el cual se pueda levantar otra percepción más acorde con la modernidad. Al mismo tiempo, rompe con el realismo decimonónico sin abandonar la realidad. Joyce lanza la siguiente cuestión a la hora de encarar su Ulises: ¿Es suficiente el realismo tradicional para representar todo lo que constituye la realidad? La realidad no está compuesta únicamente por acontecimientos visibles, sino que hay todo un mundo interior que se encuentra fusionado con el exterior. Por eso, para dar una visión más compleja de la realidad es necesario romper con las convenciones del realismo. En este caso, la mayor revolución del Ulises consiste en poner todos los recursos del lenguaje con el objetivo de representar un día ordinario de la vida humana. Detrás de un hombre cotidiano se amalgama una complejidad que integra cuerpo, memoria, deseo, lenguaje, historia, política, cultura e imaginación.
A lo largo de toda su obra tanto ensayística como narrativa, Joyce irá exponiendo múltiples poéticas que finalmente se concentrarán en su Ulises. En su caso la teoría estará íntimamente ligada con la praxis. De ahí que se incida en el valor metaliterario de su obra capital.
Ulises se inicia con la crisis de Stephen que ve cómo se derrumba el orden aparente del mundo que había adquirido y, en cierto modo, había sido impuesto por la educación impuesta. Su reacción es de desesperación cuando experimenta cómo el orden aparente es sustituido por el caos al verse derrumbarse todos sus ideales. En este caso, lo más importante no viene dado por el discurso en sí, sino por cómo se desarrolla. Dicha transición a nivel estilístico se marca desde el monólogo interior tradicional al monólogo caótico que pretende ser un reflejo del fluir de conciencia donde todas las imágenes y palabras van surgiendo sin apariencia lógica o, mejor dicho, con una lógica que ya no se deja apresar por la forma del pensamiento convencional.
Ante la disolución del mundo anterior producto de la educación recibida y de la tradición se abre múltiples ventanas hacia el vertido de lo desconocido, a un infinito número de nuevas relaciones, de nuevos nexos entre las cosas. La autentica modernidad de Joyce consiste en que la disolución de la tradición convencional no se enfoca sobre el contenido, sino sobre la “forma expresiva”, la forma del discurso. El escritor irlandés no intenta pronunciar juicio alguno sobre todo aquello de lo que escribe, sino que el juicio se traslada al tratamiento que hace del lenguaje, ya que su intencionalidad es exprimir todas sus posibilidades y todas sus formas posibles. Tal y como se dio en la poesía moderna, el plano del significado se traslada al plano del significante que se convertirá en el punto originario de la creación novelística de la novela moderna, alejándose así de la novela decimonónica. Por lo tanto, cuando se habla de la crisis de la novela en el s. XX, o de su muerte, no se refiere a una desaparición total del género, sino que responde más bien a un cambio en la forma de configurarlo.
¿Cuáles son las principales diferencias que se dan entre la novela decimonónica y la novela surgida después de Marcel Proust y James Joyce? En este caso, una de las principales diferencias afecta al narrador, ya que mientras que en la novela decimonónica se encuentra dominada por el narrador omnisciente el cual a través de su omnisciencia es capaz de penetrar en el alma de los personajes, los explica, los define y los juzga; en cambio, en la novela moderna del s. XX se elimina la presencia continua del autor y tiende a sustituir el punto de vista del narrador por el de los personajes y los acontecimientos mismos. De este modo, al lector la información le llega sin ningún tipo de intermediario sino directamente desde los personajes.
Para lograr su pretensión de mostrar la nueva sensibilidad del hombre moderno, Joyce se ve forzado a romper con el modelo decimonónico, viéndose obligado a sustituir una poética de la intriga por una poética del coupe en larguer.
En la novela decimonónica, la obra novelística se presenta como una selección de todo aquello que ha sido considerado importante por el novelista para alcanzar un desarrollo narrativo fluido y coherente. La función del novelista consiste en ir estableciendo una relación lógica entre los motivos seleccionados y el sentido global de la novela. Sin embargo, en Joyce, se produce un cambio radical, ya que lo que antes era considerado como insignificante se convierte en el centro de la acción. En la novela ya no ocurren grandes cosas importantes, sino que suceden todas las pequeñas cosas, sin vínculo mutuo, en el flujo incoherente de su sobrevenir. Por eso, el escritor irlandés elimina del plano narrativo la causalidad, la búsqueda de ligazón, de relación entre dos acontecimientos narrados. No así en el plano del significante, del lenguaje, de los signos en los que redobla sus esfuerzos por configurar una lógica interna. De este modo, la. Novela se convierte en un universo cerrado que únicamente debe ser valorado desde el plano meramente estético. La eliminación del hilo discursivo coherente convencionalmente le llevará a la experimentación del monólogo interior caótico que pretenderá ser un reflejo de nuestro flujo de conciencia.
El monólogo interior caótico surgió por el intento de reflejar de la forma mas verosímil el flujo de conciencia. Joyce no fue el primero que lo empleó; pero sí quien lo llevó a su máxima expresión. Édouard Dujardin en su Los laureles están cortados (1888) será el escritor que reveló a Joyce el monólogo interior como flujo de conciencia. Dicho procedimiento narrativo difiere del monólogo tradicional porque respecto a la sustancia, refleja pensamientos más íntimos y cercanos al subconsciente. Es un discurso carente de organización lógica que reproduce los pensamientos en su estado original, tal y cómo vienen a la cabeza. Los monólogos caóticos de Joyce no son caóticos del todo, sino que esconden una ardua elaboración para causar dicho efecto.
El Ulises de Joyce se singulariza por su fragmentación de la visión del tiempo. Mientras que en la novela tradicional, el autor omnisciente puede jugar con el pasado, el presente y el futuro en el discurso narrativo, recupera vivencias de los personajes o adelanta acontecimientos moviéndose libremente por el tiempo externo; en cambio, en el Ulises de Joyce el tiempo se experimenta como cambio, pero desde dentro: el lector y el autor se dirigen hacia una posesión del tiempo desde el interior del flujo. Un flujo de conciencia que será unívoco e intransferible en los distintos personajes (Bloom, Molly, Stephen) a través del cual se logrará un mayor “realismo”, ya que el lector podrá configurar su personalidad directamente de sus pensamientos, sentimientos y sensaciones sin necesitar un mediador como ocurría en la novela decimonónica con el narrador omnisciente. De este modo, el lector se convierte en un testigo directo de primera mano, ya que tiene la posibilidad de adentrarse en los pensamientos y los sentimientos más íntimos de los personajes sin que hayan pasado por el filtro de autocensura que cada individuo se impone, consciente o inconscientemente, por la educación recibida y el peso de la sociedad.
¿Cuál es el problema fundamental con el que se enfrenta el Joyce escritor en su Ulises? Si con su novela pretendía reflejar la desaparición de un orden, de una forma de concebir la realidad, para reflejar el caos que ello genera y poder transmitirlo debía ser capaz de configurar y dotar a su novela de un nuevo orden, un orden interno propio. Si el arte, como lo entiende Stephen, es el modo humano de disponer la materia sensible o inteligible con un fin estético entonces el problema artístico del Ulises es la realización de un orden. De este modo, el efecto de desorden queda atrapado en el orden de la Obra artística, un orden con sus propias leyes que dota a la Obra de una autonomía propia.
La características de un organismo ordenado según los criterios más rigurosos de un formalismo tradicional se vuelven a encontrar en esa Summa al revés que es el Ulises. Cada capítulo corresponde a un episodio de la Odisea, una hora del día, un órgano del cuerpo, un arte, un color, una figura simbólica y el uso de una determinada técnica estilística. En este caso, Joyce rechaza la sustancia del ordo escolástico y acepta el caos del mundo contemporáneo, pero intenta reducir sus aporías, encasillándolo precisamente en las formas del ordo puesto en tela de juicio. El escritor irlandés aplica el orden de las Artes rethoricae no en el plano del discurso, sino en la forma, en cómo se construye dicho discurso. Es decir realiza una aplicación meramente estética
Joyce en su Ulises recoge diferentes niveles de interpretación que ya se apuntaban en la Edad Media constituidos por el sentido literal, el sentido moral (odisea del hombre corriente exiliado en un mundo cotidiano y desconocido), sentido alegórico (la alegoría de la sociedad moderna a través de la historia de una ciudad) y el sentido anagógico (referencia a la ciudad celestial, la alusión a la Trinidad). Si Joyce tiene presente toda la retórica medieval ¿Cuál es la diferencia entre el escritor irlandés y el pensamiento medieval? Mientras que en la Edad Media, el poema nacía apoyándose en el sentido literal y los personajes de relieve viven en función de la realidad que representan; en cambio, en el Ulises se invierte la situación y la realidad celeste, continuamente aludida, sirve para dar cuerpo y dirección a los acontecimientos concretos.
El valor autónomo e intransferible de los símbolos es un rasgo más de la modernidad que le distancia de la tradición. Anteriormente, los símbolos podían ser totalmente descodificador porque pertenecían a un imaginario común y compartido. En cambio, tanto en la poesía como en el arte moderno el símbolo alcanza un significado determinado teniendo en cuenta su relación con el universo cerrado constituido por la obra. Este hecho hace que el símbolo no tenga un valor unívoco ni pueda ser descodificado de forma automática. Al mismo tiempo, suele alcanzar un valor sugeridor más que definidor.La intención sugeridora es una de las principales premisas de la poesía surgida a partir de Baudelaire ¿pero cuál es la diferencia entre Joyce y Mallarmé respecto a la sugestión? Mientras que en Mallarmé la sugestión se rige sobre la pura magia evocadora de la palabra, del sonido o del espacio en blanco; en cambio, en Joyce, el artificio funciona si lo sugestivo posee una dirección, es decir, si la sugestión, una vez insertada, encuentra un apoyo en el esquema de referencias generales.
Ulises como novela experimental representa la culminación del realismo joyceano que incluye a la vez objetos, pensamientos, recuerdos, deseos, lenguaje y cultura. La siguiente vuelta de tuerca lo llevaría a cabo a través de su Finnegans Wake (1939) donde todos los elementos del realismo joyceano comienzan a disolverse quedando el lenguaje como única realidad. De este modo, se puede trazar una línea evolutiva comenzando desde Dublineses (1904-1907) donde la referencia es la realidad externa, pasando por Retrato del artista adolescente (1916) que se adentra en la conciencia individual, su Ulises (1922) donde lleva una amalgama entre realidad, conciencia y lenguaje y, finalmente, su Finnegans Wake en la que el lenguaje mismo se convierte en el auténtico protagonista. De este modo, toda la trayectoria de Joyce puede interpretarse como una progresiva ampliación de la cuestión ¿Cómo representar de la forma más completa posible la experiencia humana? Si en Dublineses responde observando minuciosamente la vida social, en Retrato de un artista adolescente lo lleva a cabo penetrando en la conciencia, en el Ulises integrando cuerpo, ciudad, conciencia, historia, mito y lenguaje y en Finnegans Wake llevando dicha integración hasta hacer del propio lenguaje un universo. Por lo tanto, el Ulises debe considerarse un punto de intersección de toda la obra de Joyce: de representar Dublín pasa a representar una conciencia, de ahí a la representación de la experiencia y en su último peldaño representar el propio funcionamiento del lenguaje.
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