Nunca me abandones (2005) de Kazuo Ishiguro: la aceptación silenciosa de la biopolítica
Pública Nunca me abandones (2005) del premio Nobel Kazuo Ishiguro reúne características propias de la novela distópica del s. XXI que siguiendo los pasos de Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley se caracterizan por una aceptación silenciosa del dominio que sufren los miembros de ambas sociedades distópicas.
La novela de Ishiguro conecta con la de Huxley respecto al biopoder donde el sistema ha logrado que acepten el rol que les ha tocado llevar a cabo o que ni siquiera se lo puedan llegar a plantear al encontrarse totalmente condicionados. Los personajes de Ishiguro se caracterizan por la aceptación y la falta de rebelión En este caso, no hay resistencia organizada siendo el motivo central la interiorización del sistema.
Los protagonistas son clones creados para donar órganos. En este caso, la novela explora cómo una sociedad puede normalizar la explotación si redefine quién cuenta como plenamente humano ¿Los clones carecen de menor humanidad que los originales? ¿Por qué son sacrificados? ¿Y por qué aceptan dicho sacrificio? En dicha aceptación tiene un papel fundamental la academia Halisbam que protege y prepara para el sacrificio. El conocimiento de su función social se administra gradualmente como si fuese una verdad dosificada. Debido a dicha educación gradual, el clon acepta su destino de sacrificio. Nos encontramos ante una sociedad aparentemente perfecta que en verdad se rige por un utilitario extremo donde el sacrificio de unos pocos es justificado debido al bienestar de parte de la sociedad. De este modo, Ishiguro cuestiona los límites éticos del progreso médico.
Ishiguro utiliza un tono sobrio y elíptico donde el horror surge de lo cotidiano entendido como aceptación y de lo apenas explicado. Predomina un control silencioso y burocrático que saca a la luz la fragilidad humana frente a estructuras que parecen inevitables. Frente a ello, el triángulo amoroso formado por Kathy, Tommy y Ruth muestra la necesidad de afecto en un mundo que los considera reemplazables.
Nunca me abandones es una novela que reflexiona sobre qué significa ser un humano en una sociedad tecnocrática. En el análisis de la organización del poder de la sociedad mostrada encajaría perfectamente el concepto de Biopolítica de Michel Foucault que considera que el poder moderno no solo se dedica a reprimir sino ante todo se enfoca en administrar todos los aspectos de la vida. En este caso, los clones existen como “cuerpos útiles” mientras el Estado regula nacimientos, salud y muertes. Halisham funciona como una institución disciplinaria caracterizada por la vigilancia invisible y la interiorización de normas a través de la educación impartida. La novela muestra cómo el poder opera sin violencia visible que conduce a los sujetos a aceptar su destino porque han sido formados para ello sin que sean conscientes del todo.
Los clones encarnan la “vida desnuda” apuntando al homo sacer de Giorgio Agamben. Son incluidos en el orden jurídico únicamente para ser excluidos de la plena ciudadanía, lo que hace que puedan ser sacrificados sin que se considere homicidio. La sociedad necesita su sacrifico, pero niega su estatus moral completo. De este modo, se mueve a través del utilitarismo y una ética del sacrificio que considera que es necesario sacrificar a unos pocos para salvar a muchos Con ello se plantea una cuestión básica: ¿Es moralmente aceptable si el resultado maximiza el bienestar general? Ishiguro no polemiza explícitamente sino que muestra la normalización del argumento. Se cuestiona la idea de que el progreso médico justifica cualquier medio.
Tal y como se encuentra planificada la educación estatal, los personajes irán conociendo gradualmente su destino. Debido a ello, no se rebelarán, sino que asumirán el destino prefijado por el Estado eligiendo pequeñas formas de sentido como el amor, el arte o la amistad.
Nunca me abandones muestra que la forma más eficaz de dominación no es la violencia visible, sino la interiorización ética del sacrificio, ya que cuando los sujetos aceptan que su vida tiene menos valor, el poder ya no necesita imponerse. Todo ello lo lograr mediante una serie de herramientas de interiorización. No se trata solo de impedirles escapar, sino de lograr que aprendan verse a sí mismos como “donantes”, es decir, como sujetos cuya vida tiene sentido dentro del sistema que les sacrifica. En este caso, la dominación es eficaz porque se convierte en autodisciplina, costumbre, identidad y destino.
Dentro de dicha educación de sumisión, Hailsham constituye la herramienta principal. En apariencia parece ser un internado protector, sin embargo, funciona como una institución de formación ideológica. En su formación los clones van aprendiendo normas, rutinas, autocontrol, obediencia y una idea limitada de su futuro. En este caso, no se les educa para elegir una vida propia, sino para aceptar una función previamente establecida. Es una institución ideológica del Estado que no solo transmite conocimientos, sino que sobretodo produce sujetos adaptados. Por lo tanto, es un aparato ideológico que enseña a los clones a reconocerse en el papel que el sistema les asigna.
Los clones no viven en una ignorancia absoluta. Van sabiendo cosas poco a poco de forma fragmentaria, ambigua y gradual. Los guardianes les comunican verdades parciales cuando aún no pueden comprenderlas del todo. Dicho método evita el posible shock de una revelación repentina de su auténtica función consiste en haber sido creados para donar órganos hasta morir. La táctica de irse desvelando poco a poco conduce a que la asuman sin que intenten posibles actos de rebeldía. Es decir, la información dosificada genera una conciencia confusa ya que saben lo suficiente para no sorprenderse, pero no lo suficiente para rebelarse conduciendo al individuo a la aceptación de su rol social.
Entre las técnicas empleadas en dicho tipo de educación destaca el empleo de un lenguaje eufemístico donde palabras como “donante” (convierte la extracción obligatoria de órganos en acto útil o noble), “donación” (oculta la coerción tras una palabra asociada a la generosidad), “cuidador” (integra el afecto dentro del sistema médico), “completar” (sustituye “morir” por una idea de ciclo cumplido), “guardianes” (presenta el control como protección) o “alumnos” (normaliza la condición de los clones dentro de una institución escolar). Dichos términos no solo ocultan la violencia, sino que enseñan a los clones a pensar su vida desde el punto de vista del sistema.
Dicho tipo de educación conlleva una normalización cotidiana del horror el cual no aparece como excepción sino como rutina. Una vida cotidiana donde los “alumnos” comparten clases, dormitorios, amistades, juegos, arte, objetos personales y pequeñas preocupaciones adolescentes que ocultan el verdadero fin al que están destinados en la sociedad. Dicha vida cotidiana hace que su destino final parezca menos escandaloso. Los clones no crecen en un campo de exterminio visible, sino en un ambiente de relativa calma. De este modo, interiorizan mejor el sistema. En este caso, la normalidad es una forma de anestesia moral.
Hailsham no es únicamente un lugar de control sino también es un espacio de recuerdos, amistad y pertenencia. Katty lo recuerda con nostalgia que le impide ver la institución únicamente como máquina opresiva. Se ha de tener en cuenta de que el sistema produce afectos que conduce al apego al colegio, la admiración por algunos guardianes, vínculos entre compañeros, orgullo por las obras artísticas y recuerdos compartidos. De este modo, la dominación se vuelve más eficaz cuando no se presenta solo como violencia, sino al mismo tiempo como un hogar.
Dentro de la táctica de dominación inconsciente, se suma la ausencia de alternativas imaginables. Los clones no tienen familia a la vez que carecen de ciudadanía plena, proyecto profesional libre y de comunidad exterior que los espere. Su mundo está diseñado para que no puedan imaginar otra vida con claridad. No basta con sufrir para rebelarse. Para ello sería necesario imaginar que podría existir otro destino; sin embargo, en dicha sociedad esta posibilidad está totalmente bloqueada. Por eso, los personajes buscan pequeñas imágenes dentro del sistema -mejores años como cuidadores, rumores de aplazamiento-, en vez de una ruptura total con él.
La falsa esperanza de los aplazamientos es otra de las tácticas para la sumisión de los clones. El rumor de que las parejas verdaderamente enamoradas pueden conseguir un aplazamiento es una herramienta de interiorización muy poderosa, aunque no sea una política oficial confirmada. En dicha situación, la esperanza no lleva a la rebelión, sino a pedir reconocimiento dentro del sistema. Kathy y Tommy no exigen libertad; esperan que el sistema les conceda una excepción. Dicha actitud desplaza la energía crítica y en vez de preguntar ¿Por qué debemos donar?; en cambio se interrogan por ¿Podemos donar más tarde si demostramos amor verdadero? La falsa esperanza domestica la protesta.
A partir de todas las técnicas apuntadas, los clones acaban hablando de sus vidas como si el camino estuviera naturalmente marcado. Una trayectoria vital ya prefijada donde primero se encuentra Hailsham, luego las Cottages, después ser cuidador, más tarde donante y finalmente “completar”. De este modo, el sistema organiza el tiempo vital. Cada etapa parece lógica, esperable y casi natural. La vida ya no se imagina como apertura, sino como itinerario cerrado. Con todo ello el sistema logra convertir una decisión social violenta en destino biográfico.
En Hailsham y en las Cottages, los clones están ocupados en celos, amistades, prestigio, romances, rivalidades, imitaciones y pequeñas jerarquías. Dichas tensiones absorben energía emocional. Esto hace que tanto Ruth, Katty como Tommy no vivan pensando constantemente en la injusticia estructural. Los conflictos íntimos como quién quiere a quién, quién tiene más prestigio, quién conoce mejor al mundo exterior, quién pertenece mejor al grupo consume cualquier tipo de atisbo de proyectar cualquier tipo de rebelión contra el sistema. De este modo, el sistema se beneficia de dicha concentración en lo privado. La vida afectiva sustituye a la conciencia política.
Dentro de los mecanismos de control, también entra en juego el arte que en Hailshan parece humanizador, proyectándose a la creatividad; sin embargo, funciona como sistema de evaluación y de control. Los alumnos producen obras que serán seleccionadas para la Galería creyendo que eso les da valor, singularidad o reconocimiento. De esta forma, el arte el cual podría abrir una rebelión moral; en cambio, queda absorbido por la institución. La creatividad no libera; sino que se convierte en prueba administrada por otros.
En la sociedad de Nunca me abandones no hay una vigilancia brutal y permanente, pero sí una vigilancia difusa a través de guardianes, normas internas, observación entre compañeros, miedo a hacer preguntas inadecuadas y límites implícitos. A través de la educación impartida por el Estado, los alumnos aprenden qué puede decirse y qué no. Aprenden cuando callar, cómo comportarse, cómo no ir demasiado lejos en sus dudas. Dicha vigilancia suave produce autocensura. Nadie necesita prohibirlo todo explícitamente porque los propios sujetos aprenden a limitarse.
El mundo exterior aparece como algo distante, nebuloso, casi inaccesible. Los clones conocen fragmentos de la realidad exterior, pero no participan plenamente en ella. Dicha separación impide la comparación. Si no conocen realmente otra forma de vida, su propia condición se vuelve más aceptable. Por otro lado, la sociedad exterior prefiere no mirar al mundo de los clones que están apartados para que la mayoría pueda beneficiarse de ellos sin enfrentarse a la violencia moral del sistema.
El sistema produce emociones útiles como la gratitud hacia Hailsham por haberlos tratado “mejor” que otros centros, cumpla por no ser suficientemente buenos, deseo de reconocimiento por parte de los guardianes. Debido a ello, los clones pueden llegar a sentirse afortunados dentro de una estructura injusta de por sí. Comparan su situación con destinos peores, no con una libertad real. En este caso, la gratitud parcial bloquea la indignación total.
Los clones carecen de un vocabulario fuerte para nombrar su opresión. No hablan de derechos, crimen, esclavitud, asesinato, ciudadanía o explotación. Su lenguaje está dominado por categorías internas como donante, cuidador, completar, aplazamiento. Sin palabras políticas, la injusticia no se transforma en conflicto colectivo. Se vive como tristeza individual; no como violencia estructural.
La narración introspectiva de Katty es una herramienta de interiorización mostrada desde dentro. Katty cuenta su historia de modo sereno, nostálgico y contenido. No se dedica a denunciar frontalmente, sino a recordar. Dicho tono de remembranza revela hasta qué punto ha interiorizado el marco del sistema. Incluso cuando el lector percibe el horror, Katty lo narra como parte de una vida marcada por heridas, amistades y recuerdos. En este caso, la novela nos obliga ver la distancia entre lo que Katty cuenta y lo que el lector comprende normalmente.
En definitiva, la sociedad de Nunca me abandones no necesita una represión visible constante porque ha logrado una mayor eficacia a conseguir que los clones interioricen el sistema como si fuera el orden natural de la vida. De este modo, la violencia se ha vuelto aceptable porque aparece envuelta en educación, cuidado, afecto, lenguaje suave y rutina. Por eso, no hay rebelión moral: los clones han sido formados para no verter su sufrimiento en una acusación política.
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