|

Temáticas de la novela distópica del s. XXI

Pública

La novela distópica que fue durante todo el s. XX uno de los géneros novelísticos con mayor difusión ha continuado cultivándose durante lo que llevamos de s. XXI. Las nuevas creaciones tratan tanto de nuevas cuestiones como el hecho de enfocar temática recurrente desde otro puntos de vistas acordes a las nuevas situaciones históricas vinculadas con la revolución de las TIC y la conciencia geológica del s. XXI. A la hora de profundizar en las novelas distópicas del s. XXI llevaremos a cabo una clasificación teniendo en cuenta su temática con el objeto de dilucidar los nuevos intereses frente a los universos distópicos proyectados durante el s. XX.

Siguiendo la tradición inaugurada por Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley respecto tanto a la biopolítica, la genética y el control de los cuerpos, cabe destacar las novelas Oryx y Crake (2003) de Margaret Atwood y Nunca me abandones (2005) de Kazuo Ishiguro. En este caso, Atwood imagina un capitalismo en el que las grandes corporaciones prácticamente han sustituido al Estado y la ingeniería convierte la propia vida en mercancía. En cambio, Nunca me abandones presenta una sociedad aparentemente normal que ha ido incorporando la producción de seres humanos destinados a proporcionar órganos. Ishiguro desarrolla una distopía centrada en la clonación y en la ética.

En ambas novelas se distingue una diferencia fundamental respecto a 1984 de George Orwell consistente en el que el poder ya no necesita manifestarse constantemente mediante la violencia, debido a que los propios sujetos pueden aceptar como normal el orden que los sacrifica. Desde la óptica de Foucault, podríamos hablar de biopolítica donde el poder administra la vida, los cuerpos, la reproducción, la enfermedad y la muerte. En una novela como Cadáver exquisito (2017) de Austina Bazterrica se lleva la lógica de la biopolítica hasta un extremo brutal, ya que el cuerpo humano se convierte literalmente en producto industrial.

La revolución de las TIC a través del capitalismo de plataforma ha conducido a la vigilancia digital y a la recopilación de datos personales que son analizados a través del Big Data produciéndose una pérdida absoluta de la intimidad. Respecto a dicha temática, El círculo (2013) de Dave Eggers se ha convertido en el gran referente. En este caso, Eggers actualiza lo que ya en 1984 George Orwell imaginaba respecto al control absoluto del Estado respecto a la vigilancia del ciudadano. Eggers plantea la cuestión de la pérdida de la intimidad a través del vínculo existente entre empresas tecnológicas, la plataforma, el usuario y los datos que va dejando en su navegación por Internet. A través de ello, Eggers añade una cuestión decisiva consistente en el hecho de que es el ciudadano quien participa voluntariamente en su propia vigilancia porque, de este modo, obtiene reconocimiento, conexión social, comodidad y visibilidad.

Anteriormente la novela Una surpertriste historia de amor verdadero (2010) de Gary Shleyngart había anticipado ya una sociedad obsesionada con las puntuaciones personales, la exposición pública y la valoración constante. Tanto en los relatos de Shleyngart como de Eggers el género distópico se aproxima demasiado al concepto de capitalismo de vigilancia desarrollado posteriormente por Shoshana Zuboff en su ensayo La era del capitalismo de la vigilancia (2019) donde analiza el nuevo orden económico en el cual la experiencia humana privada se convierte en materia prima gratuita para la extracción de datos.

La crisis climática ha generado probablemente la mayor transformación temática de la distopía contemporánea. El hecho ya fehaciente del calentamiento climático con efectos totalmente evidentes lo ha convertido en una de las temáticas predilectas de la novela distópica del s. XXI, tal y como se expone tanto en la trilogía MaddAddam (2003-2013) de Margaret Atwood, American War (2017) de Omar El Akkad, The Water Knife (2015) de Pablo Bacigalupi como en El Ministerio del Futuro (2020) de Kim Stanley Robinson. En todas ellas se transforma la pregunta lanzada por Orwell en su novela 1984 que se centraba en ¿Cómo puede un régimen dominar completamente al individuo? Por una cuestión diferente: ¿Qué sucede cuando las condiciones materiales que permiten existir a una sociedad comienzan a desaparecer? En la novela distópica de temática ecológica, la naturaleza deja de funcionar simplemente como escenario y se convierte en agente histórico.

La novela distópica del s. XXI suele situarse en el momento en que la civilización anterior ya ha colapsado. Un ejemplo de novela posapocalíptica del s. XXI es La carretera (2006) de Cormac McCarthy. El autor no centra tanto su interés en explicar qué ha sido lo que ha provocado la catástrofe como en preguntarse ¿Qué queda de lo humano cuando desaparecen las instituciones, las leyes y la sociedad? En una dirección diferente, la novela Estación Once (2014) de Emily St. John Mandel estudia cómo reconstruir comunidad, memoria, arte y cultura después del desastre. Tras una pandemia global, un grupo itinerante mantiene viva la cultura. Veinte años después de una gripe que aniquila al 99 % de la población mundial, un grupo itinerante de músicos y actores recorre los asentamientos abandonados ofreciendo obras de William Shakespeare y música clásica para recordar qué significa ser humano. A través de ello, la novela explora cómo la cultura, el teatro y la música son esenciales para mantener la cordura y la dignidad humana en tiempos de crisis. Respecto a las novelas distócicas posapocalípticas del s. XXI el interés ya no se centrarán únicamente en cómo evitar el desastre, sino en cómo vivir después de él.

El poder que será una de las temáticas predilectas de las novelas distópicas del s. XX seguirá siéndolo en el 1º cuarto del s. XXI, este caso, centrándose más en la cuestión de género como lleva a cabo El poder (2016) de Naomi Alderman que invierte las relaciones tradicionales de fuerza entre hombres y mujeres. No obstante, evita una conclusión políticamente correcta que desembocaría en “si gobernaran las mujeres desaparecería la violencia”. La cuestión que aborda es más radical: ¿La violencia pertenece a un género o a las propias estructuras del poder? Entre la literatura feminista destaca Voz (2018) de Christina Datcher que vuelve sobre una cuestión típicamente orweliana que considera que controlar el lenguaje significa también dominar las posibilidades de existencia social del sujeto. Dicha historia se ambienta en unos EEUU gobernados por un régimen ultrarreligioso y misógino de extrema derecha. Bajo dicho mandato, la mitad de la población ha sido silenciada: todas las mujeres y niñas tienen prohibido hablar más de 100 palabras al día. Ademas, se les ha despojado de sus empleos, sus cuentas bancarias se han transferido a los hombres de sus familias y se les prohíbe terminantemente leer, escribir o comunicarse mediante lenguaje de señas.

La inteligencia artificial y el poshumanismo hacen acto de presencia en novelas como Frankissstein: una historia de amor (2019) de Jeanette Winterson donde se mezcla la historia de Mary Shelley en 1816 escribiendo el clásico Frankenstein con una trama futurista sobre inteligencia artificial en la Gran Bretaña post-Brexit, en el relato Klara y Sol (2021) de Kazuo Ishiguro narrado desde la perspectiva de Klara, una Amiga Artificial (AA) diseñada para acompañara a niños y adolescentes, la novela Máquinas como yo (2019) de Ian McEwan que presenta un Londres distópico de los años 80 del s. XX donde el Reino Unido perdió la Guerra de las Malvinas y donde el científico Alan Turing no se suicidó y lidera una revolución tecnológica al crear los primeros seres humanos sintéticos y, finalmente, La posibilidad de una isla (2006) de Michel Houellebecq ambientada en un futuro postapocalíptico donde la Tierra ha sufrido graves cataclismos y donde sobreviven seres neohumanos clonados. Dichos clones viven aislados en cámaras subterráneas, libres de dolor, deseo y emociones.profundas. A través de la lectura de los diarios de su antepasado Daniel 1, el clon Daniel 25 empieza a sentir una extraña nostalgia y curiosidad por el sufrimiento y el amor humanos, lo que lo empuja a abandonar su refugio. Este tipo de novelas no solo tratan únicamente de qué sociedad estamos construyendo, sino de ¿Qué entendemos por ser humano? IA, clonación, modificación, genética, cuerpos artificiales y transferencia de conciencia convierten la frontera humano/máquina en uno de los grandes territorios distópicos contemporáneos.

En la obra de Michel Houllebecq aparece una forma característica de la distopía actual: no necesitamos imaginar un Estado totalitario futuro porque el malestar ya está contenido en el presente histórico. El universo de Houllebecq conecta con el de J. G. Ballard constituyéndose ambos en los grandes cronistas de la alienación producida por el capitalismo tardío. Para ambos escritores, las sociedades occidentales avanzadas han resuelto las necesidades materiales básicas, pero a cambio han creado un desierto emocional. En Ballard, el aburrimiento dentro de sociedades hiperorganizadas e hiperseguras empuja a las clases altas a buscar estímulos mediante la violencia libre, las drogas o el peligro. En Houllebecq, ese mismo vacío se intenta llenar mediante el consumo compulsivo y la explotación de los cuerpos en el mercado sexual.

El género distópico ha gozado de enorme popularidad, lo que ha conducido a incluirse en la literatura destinada a adolescentes que suelen presentar a protagonistas jóvenes que se rebelan contra regímenes opresivos, sistemas de casta o catástrofes globales. Entre 2008 y 2015 se produjo un auténtico boom publicándose Los juegos del hambre (2008) de Suzanne Collins donde en las ruinas de lo que fue Norteamérica, el adinerado Capitolio obliga a sus doce distritos a enviar a un chico y a una chica a competir en un reality show televisado en el cual deben competir entre ellos a muerte, Divergente (2011) de Veronica Roth ambientada en un Chicago futurista donde la sociedad se divide en cinco facciones basadas en virtudes humanas (Abnegación, Osadía, Erudición, Cordialidad y Verdad), El corredor del laberinto (2009) de James Dashner que transcurre en “El claro” un espacio abierto rodeado por un gigantesco e imponente laberinto que cambia cada noche o el Arco de la Guadaña (2016) de Neal Shusterman una propuesta diferente en la que la humanidad ha vencido a la muerte, a las enfermedades y a la vejez gracias a una inteligencia artificial benévola.

¿Cuáles son las principales diferencias entre las novelas distópicas del s. XX y las del s. XXI? Mientras que en Zamiatin, Huxley y Orwell el problema central era fundamentalmente el Estado unitario y sus mecanismos de control; en cambio, en las novelas distópicas del s. XXI, el poder aparece mucho más disperso ya que no solo se encuentra el Estado sino en las corporaciones que actúan a través de plataformas que configuran un nuevo capitalismo a través de algoritmos y una vigilancia extrema que tiene su origen en la autovigilancia y en la biotecnología. Por eso, Foucault resulta incluso más útil para interpretar muchas distopías actuales que el modelo exclusivamente orweliano. El poder ya no necesita prohibir constantemente, sino que produce deseos, hábitos, identidades y formas de subjetividad.

Una genealogía sobre la novela distópica que vaya de Zamiatin a Huxley, de Huxley a Orwell, de ahí a Ballard y Philip K. Dick para entrar en el siglo XXI de la mano de Atwood y Houellebecq pasando por Ishiguro, Eggers y Adderman para desembocar en las distopías actuales de IA y capitalismo algorítimico permite explicar cómo hemos pasado de la distopía del Estado totalitario a la distopía del sujeto digital. Si en las distopías del s. XX predominaban el totalitarismo político, el control estatal y la manipulación ideológica; en cambio, en las del s. XXI destacan por la vigilancia digital, la biotecnología, los colapsos ecológicos, las desigualdades extremas y las distopías juveniles.

 

 

 

 

Publicaciones Similares

Deja una respuesta