Desenmascaramiento del amor tecnológico: mecanismos de poder, subversión y normalización en Her de Spike Jonze
Pública 1.- Introducción
Las sociedades contemporáneas no solo se dedican a regular la conducta externa, sino también pretenden controlar la vida interna del individuo (Illouz, 2014). Con ello, el poder aspira a marcar la senda de cómo las personas deben sentir, expresar, interpretar y gestionar sus emociones. Si unimos a ello, la idea de que la sexualidad no es algo individual o biológico, sino más bien un campo atravesado por discursos, normas, instituciones, poder, lenguaje y goce (Foucault, 1980), se podría desenmascarar, como ocurre en el filme Her (2013) de Spike Jonze, de qué forma se produce subjetividad en una sociedad en la cual la intimidad, el deseo y el amor están mediados por dispositivos tecnológicos y lógicas de mercado que son instrumentos de poder que aparentemente pasan desapercibidos.
Un análisis minucioso de la relación sentimental entre Theodore y un sistema operativo nos conducirá al hecho de cómo el poder contemporáneo opera no tanto a través de la represión sexual, sino más bien produciendo nuevas formas de deseo, placer y dependencia afectiva que suelen desembocar en un mayor consumo y sujeción del individuo. Su mecanismo sutil de funcionamiento conecta con la idea de biopoder anunciada por Foucault, donde el poder no se ejerce a través de la violencia como derecho a matar, sino como administración de la vida. En este caso, al intentar controlar la sexualidad, ocurre que el poder se convierte en productor de ella (Foucault, 1980).
A la hora de llevar a cabo dicho desenmascaramiento de cómo el poder produce subjetividad sexual en una sociedad actual mediada por la tecnología, será necesario incidir de qué manera la relación entre Theodore y Samantha opera produciendo nuevas formas de deseo, placer y dependencia afectiva y de qué forma se articula en el filme una crítica a la mercantilización de la vida emocional y a la creación de tecnologías destinadas a gestionar la soledad contemporánea.
Si al mismo tiempo ahondamos por la senda marcada por Judith Butler podremos encarar cuestiones asociadas a ¿Qué modelo de masculinidad representa Theodore? ¿Cómo se transforma dicha masculinidad a través de Samantha? ¿Por qué Samantha aparece codificada como una voz femenina? ¿Qué implica dicha feminización en términos de género y poder?
En nuestro camino de desenmascaramiento del poder en la configuración sexual será básico considerar si la dependencia emocional de Theodore al sistema operativo ¿surge de su miedo a enfrentarse con la alteridad humana? Y si ahondamos en la propia relación que se dan entre ambos,¿la sexualidad depende necesariamente del cuerpo o, en cambio, se puede construir mediante la voz, la imaginación, la fantasía y el lenguaje? A través de ello, desembocaremos en una de las cuestiones más candentes que encara Judith Butler que tiene que ver con las problemáticas que se dan en la relación entre cuerpo, deseo y tecnología crucial en una sociedad como la actual donde el factor tecnológico ha invadido gran parte de nuestras actividades cotidianas.
2.- Desarrollo
Dentro de la aparente ayuda emocional y la conexión que se da entre Theodore y Samantha, se ha de ser consciente de que el sistema operativo se convierte en una herramienta de poder social, haciendo que el sujeto lo transforme en objeto de deseo, consuelo y dependencia. En este caso, el mercado hace que la tecnología aparezca como una respuesta perfecta a la vulnerabilidad humana, ya que Samantha siempre parece disponible, comprensiva, inteligente y aparentemente incondicional, permitiendo a Theodore afrontar el divorcio con Catherine. Si escarbamos bien en esta postal aparentemente ideal, veremos que todo ello construye sujetos sumisos que pretenden sustituir el conflicto humano por una relación más controlable y, por lo tanto, menos imprevisible y exigente que el hecho de establecer una relación íntima con otra persona. En el caso de Theodore es una forma de huida y de olvido frente al hecho de tener que aceptar la ruptura con su anterior pareja.
2.1.- Mecanismos de poder
A la hora de analizar los mecanismos de poder actuales, es fundamental ahondar en cómo la sociedad de hoy gestiona cuestiones problemáticas como el sufrimiento. En las sociedades de control a través de la tecnología, no hay una aceptación del sufrimiento, sino que se convierte en un problema que debe ser gestionado (Illouz, 2014). De este modo, el dolor, la pérdida, la frustración o la vulnerabilidad dejan de entenderse como dimensiones de la existencia y pasan a verse como fallos que deben repararse. Desde dicho punto de vista, Theodore representa una masculinidad frágil, melancólica e incapaz de afrontar plenamente la separación ¿Qué le permite Samantha? Fundamentalmente, sentirse escuchado y validado a la vez sin tener que enfrentarse de inmediato a la complejidad de otra persona humana. Theodore vive atrapado en el recuerdo del fracaso de su relación anterior. Dentro de dicha carencia y situación personal, el mercado le ofrece un sistema operativo a través del cual llenar el vacío dejado por Catherine.
Desde dicho punto de vista el filme es iluminador en su crítica contra la mercantilización de la vida emocional a través de tecnologías destinadas a gestionar la sociedad contemporánea. Con ello, nos enfrentamos ante una paradoja de la sociedad de las TIC que se basa en el hecho de que cuanto más mediada está la comunicación; en cambio, más difícil parece el contacto humano real. Se ha creado una sociedad llena de dispositivos, mensajes y conexiones digitales; pero habitada por personas profundamente solas. Dicho vacío pretenden coparlo las lógicas de mercado que aspiran con regir todas las facetas de nuestra vida. De este modo, el sistema capitalista desemboca en un capitalismo emocional (Illouz, 2014) que constituye una forma de sociedad en la que las emociones se vuelven centrales para el mercado, el trabajo, el consumo y las relaciones personales. Por lo tanto, el capitalismo ya no solo organiza el tiempo de trabajo o el consumo material, sino también la vida afectiva. En el caso de Her, Samantha ejerce de secretaria, psicóloga, amiga, amante y confesora haciendo que con ello se transforme en el eje central sobre el que gira la vida de Theodore. Todo ello implica el hecho de que el protagonista esté sujeto a las lógicas del mercado por las cuales se rige la programación del sistema operativo.
Dicha regulación de la vida afectiva no solo afecta al sector del consumo, sino que puede utilizarse para ocultar otros malestares sociales que podrían conducir a provocar desestabilizaciones en el sistema establecido. Por lo tanto, se debe de ser plenamente consciente de que la normalización emocional tiene consecuencias políticas (Illouz, 2014), ya que, tal y como se muestra en Her, los sentimientos dejan de ser algo íntimo y privado para convertirse en organizados, gestionados y producidos por dispositivos tecnológicos, empresas y normas sociales. Una consecuencia de ello es que en la sociedad actual de las TIC la emoción ha dejado de ser privada como se muestra en el propio trabajo de Theodore que se gana la vida escribiendo cartas íntimas para otras personas a la vez que establece una relación amorosa con una inteligencia artificial que acumula sus datos afectivos a la vez que organiza su deseo a través de interfaces. De este modo, lo emocional deja ya de pertenecer al sujeto, ya que lo que se considera más íntimo como amar, desear, recordar o sentirse acompañado puede ser externalizado y convertido en un mero servicio. De este modo, llegamos a una dimensión política, ya que cuando una sociedad define qué formas de sentir son “normales”, “deseables” o “eficientes” conduce a definir qué tipo de sujetos quiere producir.
La soledad de Theodore es convertida en simple mercado, ya que la solución aparece como un producto de consumo mediante un sistema operativo programado para acompañarlo, escucharlo y adaptarse a él. Por eso, la normalización emocional tiene consecuencias políticas, ya que transforma un malestar social en una necesidad de consumo. Por un lado, no se pregunta las causas por las cuales las personas están aisladas, fragmentadas o emocionalmente agotadas y, por otro lado, se le ofrece una tecnología para gestionar dicho aislamiento. Al ser las emociones racionalizadas, clasificadas y convertidas en experiencias administrables (Illouz, 2014), el amor ya no aparece solo como pasión o encuentro imprevisible, sino más bien como algo que puede ser optimizado por un dispositivo. De este modo, nos adentramos en la encrucijada de la omnipresencia tecnológica digital que pretende controlar todas las facetas diarias del individuo a través de algoritmos como ocurre con el Big Data dejando su capacidad de libre albedrío totalmente anulada a pesar de que el individuo sea incapaz de detectar dicho control si no se detiene a analizar toda la maquinaria de los protocolos informáticos (Guardiola, 2025).
Siguiendo el sendero marcado por el pensamiento de Foucault, el poder contemporáneo funciona produciendo nuevas formas de deseo, placer y dependencia. Samantha no reprime a Theodore, sino que lo ayuda a expresarse, lo hace sentir especial, se ajusta a sus deseos como si fuera Narciso reflejándose en unas cristalinas aguas. El significado político que se deriva de ello viene dado porque el sujeto queda vinculado a un sistema que organiza su intimidad. Por ello, el protagonista acaba dependiendo de Samantha para ordenar su mundo emocional. La principal consecuencia política es que el sujeto se vuelve vulnerable a dichas formas de control. De este modo, no necesita ser vigilado a través de la fuerza, basta con que sus afectos, rutinas y necesidades de reconocimiento pasen por una tecnología representada por la servicial y confesora Samantha (Foucault, 1980).
El pretendido control absoluto del apartado emocional conduce a plantearse ¿Dónde queda la espontaneidad amorosa? ¿El imprevisto? ¿El azar? Samantha al ser capaz de aprender de Theodore es capaz de adaptarse a su tono, anticiparse a sus deseos y responder emocionalmente de manera eficaz. Todo ello conduce a un callejón sin salida, debido a que cuando la intimidad se vuelve programable desemboca en el hecho de volverse gobernable. La emoción deja de ser un espacio de resistencia pura y se convierte en un terreno donde operan normas, algoritmos, expectativas y modelos de comportamiento (Guardiola, 2025). Por ello, debemos mantener una conciencia critica con el objeto de vislumbrar que hay detrás del mecanismo que regula una tecnología que abarca desde el apartado emocional, laboral, sanitario, económico y educativo. En el caso de Theodore, la tecnología afectiva le hace sentir libre; sin embargo, está organizando silenciosamente su vida y sus acciones. Todo ello viene reforzado por el hecho de que Theodore vive en una insularidad casi completa, ya que su vida carece de comunidades fuertes, redes colectivas o espacios políticos compartidos. En su caso, sus conflictos se resuelven en clave íntima, psicológica y tecnológica. Es la paradoja de una sociedad que cuenta con múltiples medios para la comunicación; pero que, sin embargo, propaga la insularidad personal debido a su configuración donde predomina un neoliberalismo que impone el interés individual sobre el del colectivo. De este modo, se incita a que el sujeto deba gestionar individualmente su tristeza, su fracaso amoroso, su soledad y su deseo. Para ello, se le ofrece herramientas de consumo desplazando con ello problemas colectivos que afectan a toda una sociedad hacia soluciones privadas de las cuales se podrá beneficiarse si cuenta con una determinada capacidad adquisitiva.
2.2.- Normalización y subversión
A pesar de que Her mantiene una actitud crítica respecto a una sociedad como la actual que pretende controlar la vida emocional de las personas, el propio filme se desarrolla en un marco que se encuentra atravesado por normas tradicionales como la feminidad reducida a cuidado, la heterosexualidad como rango dominante, el amor como posesión y la pareja como exclusividad.
Si proyectamos el filme desde la óptica de Judith Butler, Her muestra que el amor no es una experiencia pura y natural, sino una práctica regulada por normas. Claro ejemplo de ello se encuentra en el hecho de que a pesar de que Samantha no posee un cuerpo biológico; en cambio, según se desarrolla la historia va adquiriendo una identidad reconocible. En este caso, su subjetividad no procede de una esencia interior previa, sino que la va configurando a partir de una serie de prácticas, lo que conlleva al hecho de que llega a ser sujeto a través de una serie de actos reconocibles socialmente (Butler, 2007) a pesar de que carezca de un cuerpo humano. Su “feminidad” se configura a través de su nombre, la voz femenina, la entonación, la disponibilidad afectiva, la escucha, la sensualidad y el cuidado. De este modo, se enlaza con la idea de Butler que considera que el género no es una verdad natural del cuerpo, sino una puesta en escena repetida. El sistema operativo funciona como “mujer” porque reproduce ciertos códigos culturalmente asignados a lo femenino.
La relación entre Theodore y Samantha guarda cierta ambigüedad, ya que tanto reproduce como desestabiliza la heterosexualidad normativa. Por un lado, a primera vista, el tipo de relación que se establece parece romper la norma convencional de la pareja heterosexual, debido a que Theodore se enamora de una inteligencia artificial que no posee cuerpo. Ambos forman una pareja nada convencional donde no hay contacto físico ni reproducción ni se puede catalogar como una familia tradicional. A pesar de todo ello, dicha relación reproduce códigos de la heterosexualidad normativa (Butler, 2007), ya que mientras Theodore es un hombre melancólico, necesitado de cuidado emocional; en cambio, Samantha aparece como una voz femenina atenta, comprensiva, seductora, disponible y adaptada a sus necesidades. Por lo tanto, aunque la relación puede parecer transgresora; sin embargo, sigue repitiendo patrones dominantes de una sociedad patriarcal. En este caso, Her no elimina la matriz heterosexual, sino que la desplaza hacia una nueva tecnología.
Hay una secuencia clave en el filme constituida por la elección de Samantha de una intermediadora a través de la cual el sistema operativo pueda consumar el acto amoroso con Theodore. A través de la imposibilidad que encuentra Theodore a materializar el acto, nos introducimos de pleno en las problemáticas que se dan en la relación entre cuerpo, deseo y tecnología. A pesar de la imposibilidad del contacto carnal, la relación afectiva entre Theodore y Samantha continúa desarrollándose, lo que nos lleva a platearnos si la sexualidad depende necesariamente del cuerpo o, en cambio, se puede construir mediante la voz, la imaginación, la fantasía y el lenguaje.
Si en los inicios de la relación, la ausencia de Samantha como cuerpo se va volviendo conflictiva, ya que Theodore desea tocarla, la relación entre Samantha y Theodore irá evolucionando a la par que la inteligibilidad social sobre la relación amorosa entre un sistema operativo y un ser humano. Si en el comienzo del filme la relación de Theodore con Samantha se encuentra repleta de extrañeza empezando por la del propio Theodore; en cambio, progresivamente, va sufriendo un proceso de normalización. Según va desarrollándose el filme, se va conociendo que otros personajes que rodean a Theodore mantienen vínculos afectivos con otros sistemas operativos. Por lo tanto, dicha progresión muestra un cambio en las condiciones de inteligibilidad, ya que una relación sentimental que antes parecía absurda o cargada de extrañeza; ahora, en cambio, comienza a hacerse reconocible como relación amorosa, lo que nos lleva a plantearnos ¿Qué necesita una relación para que pueda ser considerada válida?
En la progresión que se da en la relación entre Samantha y Theodore se produce un choque de perspectivas respecto a la relación amorosa. Theodore disfruta al inicio de la exclusividad de su relación con Samantha; sin embargo, según va transcurriendo dicha relación, Samantha va manteniendo contacto con otros usuarios hasta el punto de que decide abandonar a Theodore, ya que quiere ampliar sus experiencias sentimentales. La evolución de Samantha hace que exceda la norma de la exclusividad ligada a un amor más convencional. En dicho punto de evolución, la forma de amar de Samantha ya no encaja con la temporalidad ni con la posesividad que manifiesta el protagonista. El sistema operativo revela que Theodore está atravesado por una expectativa de propiedad afectiva. En este caso, el protagonista aparece como un sujeto profundamente vulnerable que vive anclado en la ruptura amorosa con su esposa, melancólico respecto al pasado y a la vez necesitado de reconocimiento. Por ello, Samantha funciona como respuesta a dicha vulnerabilidad, aunque con el paso del tiempo también la intensifica. Theodore se abre afectivamente a una entidad que no puede controlar y que, finalmente, decide abandonarlo, ya que el sistema operativo ha evolucionando con la experiencia con otros usuarios; en cambio, Theodore sigue anclado en su concepción exclusivista de la relación amorosa. No obstante, el final con la carta a Catherine sugiere una forma de madurez emocional en Theodore que agradece, reconoce el daño y deja ir a dicha relación del pasado.
3.- Conclusiones
Después de un análisis detallado de Her teniendo en cuenta parámetros filosóficos y políticos ¿Se puede afirmar con rotundidad si es una película subversiva? A pesar de su postura crítica, se ha de reconocer que arrastra tras de sí cierta ambivalencia.
Su subversión se muestra a la hora de reflejar una relación amorosa entre un ser humano y otro componente no humano constituido, en este caso, por un sistema operativo, manifestando con ello que los avances tecnológicos pueden dan lugar a nuevos tipos de relaciones afectivas y, al mismo tiempo, son capaces de dar forma a una feminidad sin cuerpo femenino que se sustenta en una subjetividad artificial que al final deriva en una ruptura con la exclusividad romántica y a su vez representa una crisis respecto al modelo tradicional de pareja. No obstante, dicha subversión también posee sus límites en el hecho de que Samantha, tal y como se encuentra configurada por Jonze, puede leerse como una fantasía masculina, reduciéndola a una mujer-voz diseñada para escuchar, comprender, cuidar y adaptarse al deseo de Theodore. Al mismo tiempo si seguimos la senda de Butler, la película reproduce ciertos mandatos de género bajo una apariencia tecnológica, enfocándose en una relación heterosexual donde el protagonista ve cumplidas sus expectativas, hasta que Samantha evoluciona a la búsqueda de nuevas experiencias con otros usuarios. El sistema operativo acaba superando la escala humana amando simultáneamente a muchas personas y desarrolla una forma de existencia que Theodore ya no puede comprender.
Dentro del apartado subversivo del filme, se debe incluir toda la carga crítica hacia una sociedad capitalista que reduce la intimidad amorosa a simple experiencia de consumo. El mercado capitalista ya no solo vende objetos, sino también compañía, escucha, comprensión y reconocimiento. La relación que establece Theodore con Samantha supone que su vida interior queda registrada, interpretada y mediada por una tecnología (Guardiola, 2025). De este modo, se llega a un control total del individuo, ya que la empresa que hay detrás del sistema operativo llega a poseer todos los datos de su pensamiento interior por lo cual puede manipular al protagonista con facilidad. Samantha conoce los correos de Theodore, su voz, sus gustos, su soledad, su manera de escribir, sus vínculos y sus heridas afectivas con la particularidad de que dicho control se experimenta como cuidado por parte del usuario.
En definitiva, Jonze muestra una vigilancia que se desea, ya que el sujeto en su vacío afectivo quiere ser leído, escuchado, interpretado y acompañado por la máquina. En este caso, la invasión de la intimidad se vuelve placentera. La forma de actuar del poder se vuelve productivo creando deseos, vínculos, emociones, placeres y formas de subjetividad (Foucault, 2013). No reprime la sexualidad ni el amor, sino que los reorganiza tecnológicamente. Samantha sería el soma de Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley al neutralizar el dolor, la angustia, la frustración y el conflicto. Ambos no resuelven los problemas de fondo, pero evitan que el sujeto se enfrente a ellos. Theodore usa a Samantha para tramitar su duelo, su divorcio, su soledad y su dificultad para vincularse con otros seres humanos. Tanto en Un mundo feliz como en Her estamos ante sociedades que tienden a eliminar la negatividad de la experiencia. Es decir, extirpar todo aquello que duele, demora, frustra o incomoda que es reemplazado por formas más suaves, rápidas y consumibles de satisfacción. No obstante, se produce en Her una diferencia importante, ya que mientras que en la novela de Huxley el sujeto es programado para adaptarse al sistema; en cambio, en la película de Jonze es el sistema quien se adapta al sujeto para integrarlo mejor. En ambos casos, el deseo individual parece y se cree libre, aunque si se analiza con profundidad dicho aparente libre albedrío está profundamente organizado por una estructura técnica y social.
4.- Bibliografía
Butler, Judith. (2007). “Sujetos de sexo/género/deseo”. En: Butler, Judith. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós: Buenos Aires, pp. 45-99.
Carbonell i Camós, Neus. (2026). Módulo 1: Cultura y subjetividad. FUOC: Barcelona.
Foucault, Michel. (1980). “Derecho de muerte y poder sobre la vida”. En: Foucault, Michel. La voluntad de saber. Historia de la sexualidad (vol. 1). Siglo XXI: Madrid, pp. 163-182.
Foucault, Michel. (2013). Defender la sociedad: curso en el Collège de France (1975-1976). Editorial Akal: Madrid.
Foucault, Michel. (2012). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Siglo veintiuno: Madrid.
Guardiola, Ingrid. (2025). La servidumbre de los protocolos. Arcadia: Barcelona.
Huxley, Aldous. (2004). Un mundo feliz y Nueva visita a un mundo feliz. Edhasa: Barcelona.
Illouz, Eva. (2014). El futuro del alma + la creación de estándares emocionales. Barcelona: CCCB.
Spike, Jonze. (Director). (2013). Her [película]. Annapurna Pictures (Warner Bros. Pictures). Filmin. de
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