Luis Buñuel: una moral surrealista

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Gracias al movimiento surrealista, Luis Buñuel fue capaz de levantar una moral personal que se opusiese a las convenciones sociales y religiosas que dominaron su educación católica. El espíritu surrealista se convertirá en la piedra angular tanto de la vida como de la obra del cineasta aragonés.

El surrealismo guarda una relación directa con la tradición romántica que surgió como respuesta al racionalismo de la Ilustración que había dejado de lado los sentimientos y cualquier cuestión vinculada con los instintos y la irracionalidad. El romanticismo intentó integrar la parte racional como irracional del ser humano. En cierto modo, el surrealismo también intentó ahondar en lo irracional del individuo con el objeto de penetrar en una realidad superior que iba más allá de la realidad aparente acotada por parámetros racionales.

Luis Buñuel criticó al neorrealismo por ser un movimiento que se limitaba a mostrar la capa más superficial del ser humano dejando de lado la dimensión onírica o cualquier experiencia vinculada con el inconsciente. A causa del poder hipnótico del cine, el nuevo arte se convertía en una herramienta ideal para profundizar en las capas más profundas de la naturaleza humana, en cierto modo, la consideraba una puerta directa al inconsciente. La revolución espiritual del surrealismo aspiraba a un aumento en la conciencia del ser humano, una mayor percepción de la realidad más inmediata con el objeto de integrar en una unidad tanto la realidad como el deseo con el objeto de lograr una mayor plenitud vital del individuo. Dicha integración se plasma en el final de Belle de jour (1967) en el que se produce una correspondencia entre el sonido y la imagen que viene a representar la integración de la realidad y el deseo de la protagonista.

Dentro de la experiencia más cotidiana de cualquier persona tiene cabida el mundo onírico que alcanza una enorme relevancia en Los olvidados (1950) o en El discreto encanto de la burguesía (1972). Los sueños de los personajes son mostrados como situaciones totalmente integradas a su realidad más cotidiana. El mundo de los sueños constituye una puerta al inconsciente que se mueve bajo las coordenadas de los instintos y del deseo. A través de los sueños tendremos cabida a los deseos más profundos de personajes como Simón, el Pedro de Los olvidados o Tristana. En El discreto encanto de la burguesía alcanzará una estructura circular y laberíntica acorte con la situación inicial: unos burgueses quedan para cenar pero por determinadas circunstancias nunca lo logran plenamente.

Los sueños también constituyen la materia prima de guiones como Un chien andalou (1929) construido a partir de una serie de imágenes oníricas tanto de Luis Buñuel como de Salvador Dalí entre las cuales pretendían eliminar cualquier tipo de relación causal o referencia cultural con el objeto de escapar con ello de cualquier interpretación unívoca e única.

Los surrealistas vieron la locura como un estado subversivo contra el orden establecido. Como en Don Quijote, la monomanía constituye un rasgo peculiar de protagonistas buñuelianos como Francisco (Él, 1953), Archibaldo de la Cruz (Ensayo de un crimen, 1955), Alejandro y Catalina (Abismos de pasión, 1954). Son personajes vistos como si fuesen insectos que se encuentran dominados por su instinto. En el caso de Francisco, su obsesión por los celos surge por el choque entre su educación católica y sus impulsos sexuales de posesión. En Archibaldo de la Cruz, una experiencia de la infancia –muerte accidental de su institutriz en un escarceo inicial de la Revolución Mexicana- le llevará a relacionar sexo y muerte vinculada con la enigmática cajita. Frecuentemente, las obsesiones estarán vinculadas a determinados objetos rompiendo la distancia sujeto – objeto que fue uno de los objetivos de los surrealistas, a veces, se convierten en fetiches cuando entran en juego los impulsos sexuales (Diario de una camarera, 1964).

El hombre debería moldear la realidad al deseo, y no al revés. Dicha premisa es básica dentro de la revolución espiritual a la que quería aspirar el surrealismo. El enfrentamiento entre la Realidad y el Deseo es una constante que va desde Un chien andalou hasta Ese oscuro objeto de deseo (1977). En La edad de oro (1930) los amantes configuran el impulso sexual que se rebela contra todas las trabas sociales que se oponen a su amor fou. Los surrealistas siempre se mostrarán fascinados por los instintos y por lo irracional que las convenciones sociales y religiosas siempre han pretendido relegar a un cuarto oscuro, intentando con ello enmascarar la naturaleza más primigenia del individuo. La creación artística debía surgir de lo irracional, de lo intuitivo, de lo onírico: atrapar o, mejor dicho, fundirse con los misterios de la existencia.

El deseo vinculado con la pasión amorosa, con el amor fou: máxima representación del amor surrealista que alcanzará su cenit cinematográfico con Abismos de pasión, adaptación buñuelesca de Cumbres borrascosas (1847), de Emily Brönte. La pareja protagonista, Alejandro y Catalina, se encuentran condenados a amarse pasionalmente ya que su amor está sellado por fuerzas inconscientes que les une tanto en la vida como en la muerte. El amor fou es un amor subversivo que se enfrenta directamente contra las convenciones sociales: es el instinto sexual que se rebela contra cualquier tipo de domesticación. Los amantes de La edad de oro o de Un perro andaluz son el paradigma de l´amor fou surrealista donde el individuo se ve arrastrado por las pulsiones más innatas. En dicha pasión amorosa, los amantes intentan aferrarse al deseo, conduciéndoles a romper con cualquier tipo de traba. El amante surrealista se rige por los impulsos más primarios actuando como si fuesen insectos, atendiendo más a la pasión irrefrenable que a todas las formalidades impuestas por la educación predominante en la sociedad.

La admisión de la existencia de la Providencia Divina supone la creencia de que cualquier suceso o acontecimiento está previsto de antemano, es decir, que cada ser humano posee su propio destino. Frente a un universo predeterminado, los surrealistas opondrán la concepción de azar en la cual entra en juego la casualidad negando la causalidad de acontecimientos. Nadie ni nada se encuentra cerrado de antemano: el hombre es posibilidad y la existencia, misterio. Será en El fantasma de la libertad (1974), donde Luis Buñuel ahondará en el concepto de azar hasta el punto de intentar imitarlo en la estructura y desarrollo de la película que se encuentra constituida por secuencias independientes cuyo hilo de unión roza lo anecdótico o el detalle prácticamente insignificante.

En el ámbito filosófico, el azar supone una cadena infinita de posibilidades donde alcanza un valor fundamental la percepción de la creación artística como juego en la cual la imaginación se convierte en la pieza clave. Ya no se trata de encontrar una verdad absoluta, sino de conjeturar múltiples posibilidades y, de este modo, ampliar nuestra conciencia sobre una realidad compleja y que presenta múltiples dimensiones.

La imaginación es la dimensión de la libertad absoluta, único ámbito de liberación de trabas morales. El surrealismo es, ante todo, una moral de la imaginación donde todo se encuentra permitido y los instintos y el inconsciente puede andar a sus anchas sin detenerse ante ninguna autocensura ni límite impuesto por los otros. Una libertad en la imaginación; no en la realidad más palpable donde el ser humano se ve condenado a comprometerse. La libertad absoluta sólo se puede lograr en la dimensión de la imaginación a través de la cual puede ampliarse nuestra concepción de la realidad, de un conocerse a nosotros mismos. De ahí su admiración por el Marqués de Sade como un auténtico pionero en descender y profundizar en los subterráneos del inconsciente con la intención de hacer aflorar la verdadera naturaleza humana que habitualmente se veía cohibida por las convecciones y prohibiciones impuestos por el poder reinante. Al mismo tiempo que se inicia un descenso a los instintos más primigenios se va desenmascarando el entramado de la clase dominante a la hora de esclavizar a los demás. El descenso a los infiernos no es gratuito ni responde simplemente a un sentimiento morboso, sino que saca a la luz los crímenes de la razón social frente a los instintos del individuo.

La rebelión interior es el primer paso para cambiar el exterior. No habrá revolución social, si antes no se ha producido una revolución individual: es necesario un cambio de paradigma respecto a nuestra actitud con la realidad más inmediata. Un cambio de mentalidad que se rebele contra todas las costumbres impuestas por la educación establecida. Luis Buñuel subrayará su encuentro vital con el surrealismo como el principal acicate a la hora de buscar una moral personal que oponer a la moral burguesa y católica que le fue impuesta en su infancia y adolescencia.

El fin último de los surrealistas no era la creación artística, sino cambiar la mentalidad del ser humano con la intención de reconciliarlo con sus instintos y el deseo que, habitualmente, eran mutilados por las convenciones sociales.

 

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