El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov: la auténtica revolución de lo fantástico
Pública Si queremos profundizar plenamente en cualquier obra literaria, se hace absolutamente necesario conocer su contexto cultural e histórico. Entre 1928 y 1940, periodo de realización de la obra maestra de Mijaíl Bulgákov, se proclamó, en la URSS, al realismo socialista como el único movimiento y estilo para todos aquellos escritores adheridos a la causa revolucionaria. Dicha imposición nos ayuda a entender el espíritu transgresivo de El maestro y Margarita que se convierte en una auténtica alegoría de la situación penosa que tuvieron que padecer los literatos que abogaron por la libertad creativa. Salta a la vista la contradicción existente entre una revolución presuntamente liberadora y que, en cambio, prefería un realismo más propio del s. XIX que la revolución estética de la novela de las primeras décadas del s. XX. El realismo socialista otorgó prioridad al contenido frente a la forma. Toda obra vinculada con la revolución política debía atender a las premisas dictadas por el partido comunista lo cual coartaba y limitaba la gran revolución literaria del s. XX que apuntaba sobre todo a la búsqueda de nuevas formas narrativas que abriesen nuevos caminos a la novela. Desde el plano estético, la obra de Bulgákov está cargada de un mayor espíritu revolucionario que la mayoría de las producciones vinculadas con la novela realista de corte comunista.
En El Maestro y Margarita, tanto el contenido como la forma van totalmente ligados hasta el punto de que no se pueden entender el uno sin la otra. Cualquier obra literaria es el reflejo y plasmación de una sensibilidad que se esfuerza por alcanzar su estilo, o mejor dicho, sus estilos, en el caso de la novela citada, a la hora de levantar todo un universo de ficción en el cual se amalgaman la experiencia vital y la imaginación del autor. Cuando nos acercamos por primera vez a El Maestro y Margarita nos sorprende el predominio de lo fantástico y lo imaginario intercalado con situaciones que se daban cotidianamente en la Unión Soviética de Stalin. Debido a la particular situación causada por la férrea censura del estado estalinista, la introducción de los elementos mágicos se recubre de una elevada carga política. Dicha obra constituye la respuesta del escritor libre e independiente al materialismo histórico estalinista que dejaba de lado cualquier suceso irracional que escapase de los parámetros de la mentalidad comunista. Frente a la aparente sociedad homogénea del ideal comunista donde prevalece la masa ante cualquier manifestación individual, Bulgákov opone la libertad del creador, representada en la figura del Maestro, a la hora de concebir su obra. El escritor soviético incide en la relación conflictiva entre el creador y su sociedad, entre el escritor y el poder, tal y como se refleja en el encuentro entre Jesús y Poncio Pilatos. A través de la escritura, se consigue establecer paralelismos entre dos periodos históricos distintos: Judea y el Moscú de las primeras décadas del s. XX. La experiencia de Cristo como la del Maestro es una nueva muestra de la persecución de todo individuo que se enfrenta contra el poder establecido.
Su denuncia afecta a la vez al ámbito formal, ya que se opone a la estética impuesta por el realismo socialista. En primer lugar, Bulgákov escapa del maniqueísmo tan característico de la literatura del Partido Comunista. Por un lado, tanto Margarita como el Maestro son personajes que van evolucionando, según va transcurriendo la acción narrativa, y, al mismo tiempo, ofrecen claroscuros en sus acciones y personalidad. Por otro lado, la masa moscovita carece de la visión excesivamente benevolente con la que era retratada en las obras del realismo socialista. Frente a la presunta bondad y fraternidad entre los camaradas, sale a relucir la ambición, las querellas y su codicia por el dinero las cuales habían sido ocultadas por la versión oficial estatal. Dicha denuncia repercute, al mismo tiempo, sobre los escritores del Régimen Comunista, ya que sus discursos sobre la igualdad entre los camaradas contrastan con los privilegios que gozaban respecto a los proletarios. Para Bulgákov, el verdadero escritor es el artista que posee talento, y no quien posee el carné de escritor expedido por el Partido Comunista. Con ello se hace eco del injusto ostracismo al que fueron condenados autores como Dostoievski porque sus creaciones, como las del propio Bulgákov, no conjugaban con la ideología comunista. Frente a los grotescos escritores oficiales, se alza la figura del Maestro que ha sido internado en un manicomio al guiarse por sus instintos creativos.
Las limitaciones impuestas por el partido bolchevique a la creación literaria también afectaban al ámbito estilístico. lo cual provocaba un empobrecimiento de la calidad literaria, ya que el escritor si quería ver publicada su obra debía atenerse a las pautas estatales. Bulgákov se rebela creando una obra coral que presenta una gran variedad de estilos que van desde el tono satírico burlesco, presente sobretodo en los episodios que transcurren en Moscú, pasando por el lirismo asociado a los momentos de abordar la historia de amor entre el Maestro y Margarita, y desembocando en la forma épica predominante en la novela del Maestro que relata el encuentro entre Poncio Pilatos y Jesucristo. No sólo se conforma con la amalgama de estilos, sino que va mucho más allá ya que en múltiples episodios predomina el aspecto teatral frente al novelístico, introduciéndose con derecho propio en la nómina de autores que se esforzaron por romper con las barreras que separaban a los distintos géneros literarios considerado el principal logro de la novelística del s. XX a partir de autores como Marcel Proust, James Joyce o Virginia Woolf que fueron condenados a la hoguera por la crítica marxista debido a sus tendencias meramente esteticistas.
Sin duda, la autentica revolución se hallaba en el ámbito de lo fantástico, demostrando que no hay revolución social posible si antes no se ha producido una revolución interior en el individuo. De ahí que era básico que el lenguaje de la revolución se plasmase a través de las nuevas formas que alumbraban el arte de las Vanguardias del primeras décadas del s. XX, como lo fue en sus inicios a través del lenguaje cinematográfico de directores soviéticos como Serguéi Eisenstein, Dziga Vértov y Lev Kuleshov.
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