El azar y el destino: máscara y desenmascaramiento en Jorge Luis Borges
Pública Los conceptos de azar y de destino se han presentado casi siempre a lo largo de la historia de la literatura como términos antitéticos. En la literatura medieval, dicha dicotomía suele ser observada a través del enfrentamiento entre la Fortuna y la Divina Providencia. En cambio, en la literatura borgeana, el azar y el destino constituyen las dos caras de una misma moneda. Es decir, el destino se presenta como un tema recurrente en relatos como La muerte y la brújula, El muerto o Las ruinas circulares, donde el ser humano es presentado como un autómata, ya que todo ha sido prefijado por la “divinidad”. Al mismo tiempo, Borges siempre consideró que su vocación literaria estuvo íntimamente ligada a su destino. A pesar de esto, se debe tener en cuenta el hecho del que el azar constituye una pieza clave en su concepción de la literatura, donde la imaginación se convierte en el principal motor del acto creativo.
Antes de nada, es importante remarcar: ¿qué implica la aceptación del dominio del azar? Según los surrealistas, el azar supone una concepción de la Historia dominada por el misterio, el cuestionamiento de la libertad y la existencia de la conciencia moral. Al mismo tiempo, en el ámbito surrealista, el azar se encontraría marcado por un carácter transgresor, ya que negaría todas las causas primeras utilizadas por el poder establecido con el fin de apoyar la “versión oficial” de los acontecimientos históricos. Por lo tanto, la negación de la “versión oficial” conecta con la concepción borgeana de la Historia, donde se señala que lo más importante es cómo se cuenta un determinado hecho, quedando en un segundo plano la “veracidad” del acontecimiento histórico. En este caso, Borges intenta desenmascarar la realidad oficial creando una máscara a partir de la representación literaria, ya que nos muestra que la apreciación de un determinado suceso histórico es inherente a una visión marcada por la subjetividad.
Al mismo tiempo, Borges incide sobre la manipulación lingüística, que se apoya en la imposibilidad de conocer lo que verdaderamente ha sucedido en un acontecimiento puntual, utilizada con la finalidad de reforzar la idea de una “verdad oficial”. A este respecto, el escritor argentino no denuncia dicha manipulación de forma directa, sino que la aplica con el objeto de crear sus propias ficciones literarias. Todo ello se puede bosquejar en relatos como Tres versiones de Judas, La secta de los treinta, La casa de Asterión o El evangelio según Marcos en los cuales se demuestra que los acontecimientos históricos pudieron suceder de forma distinta a la versión oficial. En este caso, la maestría de Borges consiste en conseguir hacer verosímil las múltiples conjeturas que se pueden derivar de un determinado suceso histórico. Por lo tanto, Borges “juega” con las infinitas conjeturas que posibilita la imposibilidad de conocer la “Verdad” con el fin de convencer al lector de la tesis propuesta en el relato. Es decir, se apoya en la relatividad histórica en vistas a crear relatos de ficción a través de la manipulación lingüística.
Lo anteriormente subrayado apunta que el concepto de relatividad es fundamental en la literatura borgeana, sobretodo, si queremos entender su concepción de la interpretación de la obra literaria y del rol del lector en el acto comunicativo que se establece con el escritor a través del texto literario. Aparte, la aceptación de la relatividad nos puede conducir a replantearnos nuestra concepción del mundo o de un acontecimiento determinado. En este caso, destaca La casa de Asterión, donde se narra el mito de Perseo desde el punto de vista del Minotauro. De este modo, Borges trata este mito griego desde otra perspectiva que difiere considerablemente de la versión oficial. Asimismo, el escritor bonaerense consigue con la descripción de los rostros humanos por parte de Asterión, reconsiderar nuestros patrones estéticos: “Por lo demás, algún atardecer he pisado las calles; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que. Infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas como la mano abierta (…)”. Un punto fundamental del relato es que se estructura a partir de un cambio de perspectiva (Asterión / Perseo). Al principio, todos los elementos del relato se subordinan a la perspectiva de Asterión y únicamente, al final, al aparecer Perseo conoceremos su identidad, la cual corresponde a la del Minotauro. Dicho relato es una muestra magistral de la utilización de la paralipsis, que en los relatos de Borges, es empleada con el objeto de esconder hasta el final la pieza clave que nos permita entender el texto, aumentar el caos que se ha ido creando a partir del desarrollo del relato o confundir al lector al romper la barrera que separa el plano de la realidad y el del sueño, tal y como sucede en Avelino Redondo.
Si retomamos la idea de que un determinado suceso histórico es inherente a una concepción subjetiva, tal y como aparece en la Historia de Rosendo Juárez y el Hombre de la esquina rosada, ya que en ambos relatos se muestra que un mismo suceso puede variar dependiendo desde la perspectiva desde la cual se cuente. Por ejemplo, en el Hombre de la esquina rosada, Rosendo Juárez aparece desde el punto de vista del anónimo narrador quien lo presenta como un cobarde al no entender por qué Rosendo no quiso pelear con Francisco Real. En cambio, en la Historia de Rosendo Juárez, Borges reelabora la historia refiriendo el episodio acaecido esta vez desde el punto de vista del protagonista. En este caso, Rosendo no sólo rechaza las acusaciones del otro, sino que de paso se desquita asegurando que al Corralero “lo mataron a traición esa misma noche”.
Otra idea vinculada con la aceptación del reino del azar consiste en la negación de una causa primera que suele ser utilizada con la finalidad de dar una posible explicación al universo. Dicha idea enlaza con el pensamiento borgeano que considera que ante la imposibilidad humana de comprender todo lo que le rodea, el hombre inventa un universo ficticio en el cual se instala. Por lo tanto, desde dicha perspectiva borgeana, tanto la filosofía tradicional como la literatura se han sustentado en el artificio, en las falsas formulaciones con las que el hombre justifica su propio raciocinio. Pero, dicha imposibilidad de comprender el cosmos se convierte, en la obra borgeana, en la posibilidad de realizar infinitas especulaciones que desembocarán en una finalidad estética, ya que su meta será la creación de textos literarios. Es decir, tanto la filosofía como la literatura se convierten en un juego especulativo sobre problemas que quedan siempre por resolver. Por lo tanto, Borges utiliza un material que previamente ha refutado; en suma, elabora teorías especulativas con materiales de desecho. Dichos materiales se encuentran constituidos por la cábala hebrea (El Aleph), la teología (Los teólogos), Aristóteles (Deutches Réquiem), Platón (La biblioteca de Babel), Berkeley (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius), el estructuralismo (La biblioteca de Babel), Schopenhauer (La forma de la espada, Las ruinas circulares) o Nietzsche (La intrusa).
¿Cómo se reflejan las ideas vinculadas con el azar en relatos borgeanos tan paradigmáticos como El jardín de los senderos que se bifurcan, El congreso, El Aleph o La biblioteca de Babel? En El jardín de los senderos que se bifurcan, el universo aparece como caos al ser comparado con un libro de estructura caótica convertido en “invisible laberinto del tiempo”. Asimismo, la imposibilidad humana de comprender el universo se refleja en El congreso donde se intenta ordenar el universo según los principios de la razón y la inteligencia con un resultado totalmente negativo, ya que ordenar el mundo implica comprenderlo, algo fuera del alcance humano. Por otro lado, en El Aleph, Borges muestra que aunque el hombre pudiese acceder a la visión del “inconmensurable universo” a través de un número infinito de imágenes que reprodujesen todos los actos del mundo; sin embargo, el ser humano no podría soportar ciertas revelaciones decepcionantes como le sucede al narrador cuando descubre unas cartas obscenas de su amada dirigidas a otro hombre. Por lo tanto, lo mejor para el hombre es que su mente sea “porosa para el olvido” (Funes el memorioso). Por último, en La biblioteca de Babel, la denuncia de las contradicciones de los sistemas filosóficos que intentan establecer constantes en lo casual, y así, el universo de Babilonia, símbolo del múltiple desorden, se identifica con el destino humano, que “no es otra cosa que un infinito juego de azares”. Por lo tanto, la lotería representa las cosmogonías a las que se somete el hombre para justificar su existencia.
La aceptación del azar, en vez de suponer angustia ante la negación de la causa primera que permita comprender el universo, puede conducir a la concepción de la vida y de la creación artística como un juego donde todo puede ser imaginado. Así lo concibieron los surrealistas y el propio Borges, ya que, en el universo borgeano, el texto literario se convierte en un tablero de juego que permite una relación de complicidad entre el escritor y el lector. Así pues, es tan importante la “actuación” del escritor como el rol que debe jugar el lector, debido a que es este último “actor” quien finalmente da sentido al texto. Dicha idea enlaza con la concepción medieval sobre el símbolo y la lengua escrita, ya que se consideraba que ambos no alcanzaban un significado pleno hasta que eran descodificados por el lector. A pesar de esta semejanza, la escolástica medieval daba mayor validez a la interpretación religiosa; en cambio, Borges acepta la total relatividad interpretativa al señalar que un texto literario puede poseer infinitas interpretaciones como plasma en el relato Tlön Uqbar, Orbis Tertius donde introduce el mito del sueño bibliográfico.
A todo esto, en la relación establecida entre el escritor y el lector a partir de la representación literaria, cobra una importancia vital la manipulación lingüística, ya que permite al director de escena (escritor) apropiarse del pensamiento del “actor principal” (lector) al hacer verosímil lo inverosímil, al provocarle confusión cuando rompe la barrera que separa la realidad y el sueño o al causarle inquietud cuando pone en duda su concepción de la realidad. A este respecto, la capacidad de sorprender y manipular al lector se observa si comparamos El Sur y La historia de Rosendo Juárez, ya que Borges nos presenta un desenlace imprevisto, ajeno a la personalidad de los protagonistas. Por un lado, el protagonista de El Sur (Dahlmann) es un hombre de lecturas condenado a la inacción y, a pesar de esto, tendrá un final heroico. En cambio, Rosendo es un hombre de acción que finalmente rechazará el desafío. En ambos relatos, el desenlace paradójico no es inverosímil, porque Borges nos ha presentado algunos datos que dan coherencia a la decisión final de los protagonistas. En El Sur, Dahlmann es descendiente de Francisco Flores (hombre de acción), en sus venas fluye sangre germánica, profesa como criollo un cierto regionalismo y se sabía de memoria las estrofas del Martín Fierro. En el relato sobre Rosendo Juárez, dichos indicios se encuentran constituidos por su amistad con Luis Irala, hombre trabajador y pacifico, y por la revelación que tiene cuando se ve reflejado como “un botarate provocador” en el Corrolarero. Por lo tanto, aunque ambos personajes asumen una ética completamente distinta a la que hasta por entonces había determinado sus vidas, las dos historias se hacen verosímiles debido a los indicios que había colocado de forma prácticamente latente en ambos relatos.
En El Sur se refleja la concepción borgeana de la aceptación de las infinitas interpretaciones del texto literario a través del juego que establece con la fusión de lo real y lo soñado. Dicho relato tiene su punto de inflexión cuando Dahlmann se encuentra inconsciente en el hospital. En este caso, la sensación de irrealidad aparece si interpretamos que lo narrado posteriormente se encuentra constituido por una proyección de Dahlmann. Dicha interpretación apunta a que su viaje hacia el Sur es un delirio del protagonista, una proyección de una muerte deseada cuyo germen se inició con lecturas como la del Martín Fierro, de José Hernández. Dicha exégesis se puede argumentar a través de los múltiples detalles oníricos, inherentes al relato, entre los que se incluyen la confusión del patrón con los empleados del sanatorio y los indicios que apuntan a un viaje soñado. Por lo tanto, se funde el plano real, constituido por su condición de bibliotecario y bibliófilo, su posesión de una casa en el Sur y la consideración del Sur como un sueño, y el plano imaginario dominado por una vida soñada repleta de aventuras y peligros.
Otras veces, la manipulación lingüística se encuentra ligada a la idea de “paratexto” que nos conduce a la concepción borgeana de la literatura como una continua creación de textos sobre textos. En este caso, el escritor argentino juega con dicha idea al inventar libros y autores, enfrentando tesis opuestas e introduciendo traducciones falsas como en Undr donde crea diferentes niveles narrativos. A este respecto, nos interesa el nivel extradiegético que se encuentra constituido por un narrador (“mero aficionado argentino”), marcado por una focalización externa, que afirma que el texto es una traducción suya de la Analecta Germánica (Leipzig, 1894).
Antes de pasar a tratar el tema del destino en los relatos borgeanos, es importante subrayar que el azar otorga al hombre una cierta posibilidad para dirigir su vida, ya que su futuro dependerá, relativamente, de sus circunstancias y, sobretodo, de su actitud ante las vicisitudes de su vida. A este respecto, es crucial la importancia que cobra la capacidad de decisión del individuo ante los infinitos senderos que se bifurcan, ya que el hombre es incapaz de abarcar todas las posibilidades. Por lo tanto, sus elecciones determinarán su personalidad y su actitud ante la vida, ya que el ser humano debe una perspectiva sartriana no es más que la suma de sus decisiones.
Como puente entre el destino y el azar en los relatos borgeanos, destacan los textos dominados por la idea del superhombre que debe asociarse al individuo que se ha superado a sí mismo, que elige su destino al imponerse una tarea y realizarla a toda costa. En Deutschen Requiem, Otto Dietrich zur Linde, símbolo del Superhombre, decide eliminar sus sentimientos de piedad por el hombre superior y, por eso, se dedica a destruir minuciosamente al poeta sefardí David Jerusalem que, al final, renegará de lo que había celebrado: la vida. Desde la perspectiva del nazi, la destrucción moral del poeta representa la culminación, el término de la tarea que se había impuesto. Del mismo modo, en La intrusa, Cristián mata a Juliana con el objeto de eliminar el obstáculo que se había interpuesto entre los hermanos Nelson y que ponía en peligro el lazo de sangre que los unía. En este caso, Cristián se sobrepone a sus sentimientos y hace un sacrificio personal al asesinar a la mujer que ama. De este modo, se produce una ruptura con la tradición literaria, ya que en el triángulo amoroso presentado por Borges, Cristián decide matar a su amante; y no a su rival.
Si el azar se encuentra cadente tanto en la temática como en la concepción misma de creación literaria en la obra borgeana, el destino alcanzará un lugar clave en relatos como el Tema del traidor y del héroe, El muerto, La muerte y la brújula y Las ruinas circulares, donde el ser humano es presentado como un autómata, ya que todo ha sido prefijado por la divinidad. Al mismo tiempo, los hechos se presentan desde la perspectiva de los personajes que representan al hombre (autómata) y, únicamente, al final, aparecerán los hechos desde la perspectiva de los personajes que se asocian con la divinidad. Es decir, la revelación se encuentra asociada directamente con el recurso de la paralipsis y la utilización de diferentes niveles narrativos.
En La muerte y la brújula, la estructura policíaca, posible alegoría de la existencia divina, le sirve para advertir que la realidad es tan indescifrable como el argumento del relato, en donde el detective Lönnrot teje su propia muerte al intentar resolver el enigma que ha trazado su enemigo, quien acaso no sea más que un instrumento para castigar a los que se rebelan contra Dios. En este caso, Lönnrot intenta recomponer el rompecabezas a partir de los indicios dejados a propósito por Red Scharlach. Un hecho a destacar consiste en que casi todo el relato será presentado bajo la perspectiva de Lönnrot y, únicamente, al final se producirá la reinterpretación de Scharlach que desvelará el laberinto creado con el objeto de vengarse de Lönnrot, ya que había encarcelado a su hermano. A todo esto, Borges rompe con la estructura clásica del relato policiaco, debido a que será el asesino quien revele el enigma que escondía el relato.
En El muerto Benjamin Otálora, autómata, tendrá un final trágico decidido por Bandeira, divinidad. En el inicio del relato, Otálora salva la vida a Bandeira lo que conducirá al establecimiento de una deuda. Bandeira se la pagará dejando que Otálora cumpla sus deseos al apropiarse de su mando, su caballo y de su mujer. Al establecer dicho pacto, aparecerá el elemento transgresor cuando Otálora intente asesinar a Bandeira para suplantarlo como jefe. Finalmente, será Bandeira quien asesine a Otálora con el objetivo de restablecer el orden anterior.
En el Examen de la obra de Herbert Quain el relato se presentará desde el punto de vista de la divinidad. En la narración se hubiese enfocado desde la perspectiva de Borges (hombre), se iniciaría con la lectura de Statements y el deseo de escribir; sin embargo, Borges vislumbraría un argumento, que correspondería al de Las ruinas circulares extraído de The Rose of Yesterday, para descubrir que todo había sido previsto por Quain.
Desde otro enfoque, el tema del destino se encuentra íntimamente ligado al problema de la identidad de los protagonistas de los relatos borgeanos, ya que su sino se revelará en un instante mágico de autocomprensión y autorrealización en que llegan al centro de su propio laberinto y descubren el significado de su existencia. Dicha afirmación se puede argumentar con palabras de la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829 – 1874): “cualquier destino (…) consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Por lo tanto, dicha revelación supondrá desenmascarar la identidad del propio individuo que tomará conciencia de su condición humana marcada por lo monstruoso y lo miserable, lo que permite hacer paralelismos con el Edipo, rey de Sófocles. A este respecto, el mito de Edipo subyace en los textos borgeanos en los que se plantea el problema de la identidad y el de las verdaderas posibilidades de la inteligencia humana como instrumento para penetrar la realidad y, sobretodo, para regir el destino del hombre. En este caso, la revelación de la verdad implica el reconocimiento de una divinidad que destruye al hombre. Esto puede ser observado tanto en La muerte y la brújula como en Edipo, rey, ya que en ambos casos el conocimiento desembocará en la revelación que supondrá la aniquilación de los protagonistas. Por lo tanto, Borges insiste en plasmar la imagen de un hombre totalmente dominado por la divinidad, configurando una imagen trágica de la existencia humana, ya que la concepción de Dios implica la narración absoluta del libre albedrío y, en consecuencia, la condena del ser humano a un destino marcado por la fatalidad y su carácter inevitable.
Por último, la figura del gaucho alcanzará un nivel trágico paralelo a los héroes de la Iliada y La Odisea. En este caso, el gaucho responde a los individuos que deciden enfrentarse a su destino como se dan en relatos como El encuentro, El duelo y El otro duelo. Asimismo, la importancia del cuchillo en la figura del gaucho, ya que se convertirá en el símbolo de su coraje hasta al punto de que en El encuentro, la lucha se mudará a los cuchillos que perpetuaban en su alma de acero el odio y la rivalidad de las antiguas manos que los manejaron. Al mismo tiempo, Borges llegará a afirmar que la historia de Argentina se encuentra reflejada en la figura de Martín Fierro, ya que ambos están marcados por la violencia y por un destino que trágicamente los arrastra a “un duelo a cuchillo”. Por lo tanto, Lapida y Dahlmann son víctimas del destino sudamericano. Un destino cuya ley ciega -la lanza, el cuchillo- se opone a otra ley, a la del derecho escrito y a la literatura. Lapida, hombre de leyes, y Dahlmann, hombre de letras, sucumben aplastados por una ley más fuerte, la ley de la sangre. Es decir, como en El matadero de Esteban Echevarría, la barbarie devora a la civilización.
En definitiva, el azar y el destino constituyen las dos caras de una misma moneda en la obra borgeana. Es decir, por un lado, el azar es una pieza clave sobre la cual se apoya la concepción borgeana de la creación artística a través de la cual se configurará la máscara que siempre se encuentra inherente a la representación literaria; en cambio, el destino se asociará con el momento de revelación en el cual se producirá el desenmascaramiento de la condición humana, ya que, en dicho instante, se mostrará el verdadero rostro del ser humano marcado por la fatalidad y el carácter trágico de su existencia. Por lo tanto, el arte se convierte en este espejo (máscara) que nos revela nuestro propio rostro.
Bibliografía:
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