A la búsqueda de una definición de literatura

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Todo escritor y lector curioso se habrá interrogado alguna vez por cuáles son los rasgos específicos del fenómeno literario con el objeto de configurarse una concepción de la literatura. Si bosquejamos en su historia, nos encontraremos con innumerables propuestas que no acaban de ser del todo definitivas. Sin duda, nos hallamos ante una situación paradójica ya que somos incapaces de encerrar en conceptos toda una manifestación artística cuya esencia es la palabra. Tanto la definición de literatura como las obras literarias en sí son textos abiertos sobre los cuales jamás parece haberse dicho la última palabra. A pesar de los intentos de conceptuar la literatura, el círculo hermenéutico continúa abierto a no ser que pretendamos acotar el extenso espacio abarcado por el arte literario.

La literatura, cuya máxima expresión es la palabra mitológica, constituye a la vez repetición y renovación, como si encerrase en sí un secreto semejante a la renovación del ciclo de la naturaleza. Los textos literarios se mueven en una dimensión atemporal que amalgama en una sola las distintas coordenadas temporales que empleamos para dotar de cronología a nuestra experiencia externa del tiempo. Dicha atemporalidad del fenómeno literario está vinculada directamente con el acto de la lectura en el cual el lector rescata a la obra literaria escrita en el pasado para proyectarla en un aquí y en un ahora, en un presente permanente sobre el cual vuelve a relucir la verdad latente del lenguaje mitológico. De este modo, el acto de la escritura, perteneciente a un pasado más o menos remoto, cobra todo su sentido ya que la lectura lo convierte de nuevo en letra viva, en palabra vivificadora y vivificante. Ambos actos se fundamentan entre sí creando una auténtica relación de dependencia sin la cual no surgiría el fenómeno literario.

La filosofía del lenguaje, durante todo el siglo XX, centró todas sus energías en enmarcar cuáles eran las posibilidades y limitaciones del lenguaje como medio de expresión y conocimiento. Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus Logico-philosophicous, subrayó el isomorfismo entre la realidad, el pensamiento y el lenguaje, poniendo en evidencia la imposibilidad de profundizar en cuestiones metafísicas a través de dicho medio de expresión, ya que se encontraban más allá de la esfera abarcada por el lenguaje. Ante dicha evidencia, el primer Wittgenstein reclamaba un silencio absoluto ante todos aquellos temas que transcendían al lenguaje. Su análisis concluía con la idea de que nunca alcanzaríamos las verdades esenciales de la realidad si nos acercábamos a ella a través del lenguaje.

Frente a las limitaciones del lenguaje para adquirir conocimiento, otros lingüistas como Edward Sapir o Fritz Mauthner se habían dedicado a enfatizar la capacidad creativa del lenguaje cuya ambigüedad lo convertía en un medio de expresión totalmente abonado para la creación artística. Tal vez, a través del lenguaje no lleguemos a poseer el significado último de la realidad; sin embargo, no se puede negar que dicha capacidad humana nos ayuda a hacer nuestro todo lo que nos rodea. Un mayor dominio del lenguaje comporta una concepción más amplia de la realidad hasta el punto de que no somos conscientes de un fenómeno o cosa si no lo logramos verbalizar. Y no sólo el lenguaje nos posibilita apresar la realidad, sino que gracias a su naturaleza demiúrgica nos otorga la capacidad de ir más allá de sus límites al configurar todo un universo en el cual se funde la realidad con la ficción. De ahí el paralelismo recurrente de asociar al escritor con la divinidad por su don de crear un mundo autónomo a través de la palabra, rememorando el acto creacional primigenio que condujo del caos al orden. Dicho espacio ficcional de la palabra constituye el coto privado de la literatura que se proyecta en dos direcciones paralelas y, al mismo tiempo, subsidiarias entre sí. Por un lado, en el proceso de la escritura que se esfuerza en profundizar en nuestro mundo interior con la intención de hacer consciente y comunicar las verdades ocultas en nuestro espíritu. Por otro lado, el proceso de la escritura mediante el cual abrimos la puerta hacia al exterior por el hecho de ir más allá de nosotros mismos, estableciendo contacto con la otredad. Gracias a la lectura, la escritura se trasforma en un acto de comunicación que nos revela la esencia de lo humano guiados por la mirada de los otros, situándonos en una posición idónea para profundizar en nuestro propio espíritu y, de este modo, ir abriendo camino hacia el autoconocimiento.

María Zambrano entiende la escritura como un auténtico proceso de reconquista del lenguaje si lo que pretende el escritor es expresar plenamente su percepción y concepción de la realidad ¿Por qué emplea el término de reconquista si, en principio, hemos desarrollado la capacidad innata del lenguaje a través de nuestra lengua materna? De entrada, se ha de tener en cuenta que el individuo no elige su lengua materna, sino que viene dada por su entorno. Cada lengua, como subraya Sapir, muestra unas características específicas que la distinguen de las demás. Todo idioma constituye una auténtica tradición en el cual se recoge una singular percepción y actitud frente a la realidad la cual cosa hace que existan formas preconcedidas tanto en el ámbito del pensamiento como de la sensibilidad de las cuales, en un principio, el hablante materno no es plenamente consciente de ello.

Asimismo, las lenguas no son sistemas totalmente herméticos e inmutables, sino que están sujetos a cambios, como si se tratasen de un organismo vivo. Si se tiene presente que las lenguas son preexistentes al individuo, entonces entenderemos plenamente que no es el individuo quien se manifiesta a través del lenguaje, sino el lenguaje a través de él. Al principio, el hablante materno no es del todo consciente de las asociaciones de ideas predeterminadas y connotaciones que poseen ciertos aspectos de la lengua con la cual desarrolla su capacidad de lenguaje. El paso de lo inconsciente a lo consciente requiere, por tanto, un proceso de reaprendizaje. Desde dicho punto de vista, los esfuerzos del escritor se centrarán en desvelar los rastros ocultos de su lengua si lo que pretende es mostrar su propio rostro a través de su lenguaje. Un caso paradigmático corresponde al escritor irlandés Samuel Beckett que llegó a sustituir en su obra literaria su lengua materna por el francés. En este caso, el hecho de escribir en francés lo conducía a enfrentarse y deambular por un territorio totalmente enigmático y desconocido del cual carecía cualquier idea preconcedida. Para Beckett aprehender una lengua extraña constituía el primer paso a la configuración de un lenguaje plenamente suyo convirtiéndose, de este modo, de ser esclavo del lenguaje a ser dueño de su lenguaje. Beckett aspiraba a eliminar cualquier ejercicio de estilo que solía afectar a todo escritor que empleaba su lengua materna, con la intención de desgranar la esencia del lenguaje para dominarlo plenamente, y no ser dominado por él.

¿Por qué la escritura se convierte en un territorio abonado para la reconquista del lenguaje? Ante todo la escritura nos concede el distanciamiento necesario para desligarnos de todos los lazos asociados con la inmediatez de la comunicación oral. Dicha distancia también constituye la piedra angular de la teoría estética romántica en autores como William Wordsworth o Novalis en su intento de fusionar el pensamiento y el sentimiento a través de la palabra poética. Para el poeta inglés, la poesía es la emoción recordada en tranquilidad. Con ello, conecta con la aspiración romántica de configurar una nueva objetividad cuyo punto de arranque fuese la subjetividad del individuo. El proceso de la creación poética se iniciaba con el instante sensitivo, con la emoción a flor de piel la cual debía ser sometida al filtro de la memoria de la cual surgiría otra emoción que desvelaría una verdad poética universal. El acto de escritura no se debía encarar cuando el sentimiento estaba candente, sino en el momento en el que ya ha sido filtrado por el entendimiento. Por tanto, desde dicho punto de vista, la creación poética exige una situación de tranquilidad que permita contemplar y retener la emoción del instante en la memoria. Gracias a la soledad inherente a la escritura, el escritor podrá comenzar la búsqueda del lenguaje que mejor consiga plasmar su pensamiento y sensibilidad con el objetivo de verbalizar con su lenguaje propio todas las verdades interiores que se le irán revelando en el mismo proceso de la creación.

Siempre se ha comentado que cualquier escritor debe aspirar a la configuración de un estilo propio ¿Pero qué supone la consecución de un estilo personal? Según Marcel Proust, el estilo es una cuestión de mirada. Desde dicha perspectiva, la escritura se transforma tanto en el espejo como en la imagen reflejada de la autonomía y singularidad de la conciencia del escritor. El estilo envolvente y la retardación narrativa proustianos nos revelan su modo de profundizar en una realidad aparentemente unidimensional; pero en la cual van surgiendo infinidades de sensaciones y sentidos que al principio habían pasado desapercibidos. A través de la memoria involuntaria, se zafa de la percepción monocorde del hábito producto del contacto directo y cotidiano con la realidad. Gracias a ella, el narrador toma conciencia de un pasado, aparentemente sepultado y baldío, que alcanza una nueva significación en su presente vital. De este modo, la escritura se transforma en el medio a través del cual aprehende su experiencia de elevación desde lo más cotidiano hasta las esencias de las cosas. En su camino hacia ellas, no establece una separación radical entre el mundo del hábito y esos instantes de revelación dominados por la memoria involuntaria, sino que se encuentran profundamente interconectados. Se trata de una cuestión de mirada, de penetrar progresivamente en las sombras proyectadas sobre las paredes de la caverna platónica con el objeto de ir más allá de lo aparente.

Tanto la escritura como la lectura constituyen un proceso de conocimiento. El escritor no inicia su viaje con un trayecto totalmente planificado, sino que se irá desvelando en el mismo acto de escribir. A través de la escritura, la verdad poética alcanza una forma precisa y fija, cuando anteriormente a ella únicamente podía haber sido intuida por el poeta. Dicha verdad queda atrapada en palabras e imágenes cuya traducción únicamente provoca el empobrecimiento del mensaje. La palabra poética no sólo se transforma en instante de revelación, sino que lo eterniza pulverizando lo fugitivo inherente a la comunicación oral cotidiana.

La creación literaria como revelación y eternización del instante constituye la idea clave sobre la cual gravita el proyecto de Virginia Woolf a la hora de configurar la novela lírica moderna, recogiendo toda la herencia de los simbolistas franceses y la experiencia estética kantiana, cuya máxima manifestación será Las olas. Dicha novela se encuentra estructurada en dos discursos aparentemente independientes. Por un lado, la descripción objetiva de un paisaje, situado al inicio de las diferentes secciones, en la cual se muestra el transcurso de un día completo desde el amanecer hasta el anochecer absoluto y, por otro lado, los monólogos interiores de las voces protagonistas que recogen momentos de su transcurrir vital desde la infancia hasta la muerte. Según vamos avanzando en la lectura, se van estableciendo conexiones entre los dos discursos, en principio antagónicos, atrapando con ello las relaciones entre el mundo exterior (la descripción del paisaje) y el mundo interior de las voces narrativas, a través de las cuales se revelan el misterio de la unidad de la naturaleza suspendiendo momentáneamente, como ocurre en la experiencia estética kantiana, la escisión de la condición humana, debido a la separación existente entre la naturaleza y el mundo interior del hombre. A través de la tela de araña que va tejiendo la escritora inglesa, en el desarrollo telúrico de la novela va atrapando las misteriosas relaciones existentes entre todo lo existente. Con ello muestra al lector, aunque no explica, el enigma que supone la naturaleza para la conciencia humana, el milagroso mecanismo de la renovación vital que pretende ser captado y desvelado por la palabra poética.

Las lenguas son auténticos sistemas orgánicos que se renuevan constantemente en cada acto comunicativo, al igual que el discurso mitológico, constituyen tanto repetición como renovación. El mito siempre esconde tras de sí una verdad eterna que surge a la superficie presentando múltiples caras. La palabra mitológica como el texto literario se renueva en un aquí y en un ahora a partir del acto de la lectura. Un texto literario está sujeto, a un mismo tiempo, tanto a la fijeza como al cambio, de ahí, que se hable de la contemporaneidad de los autores clásicos. Las grandes obras literarias estarán siempre de candente actualidad al interrogarnos y respondernos sobre las problemáticas vinculadas con toda la condición humana. Su círculo hermenéutico no se cierra nunca ya que siempre estarán abiertas a posibles nuevas interpretaciones. No están esclavizadas a un significado unívoco, sino que su interpretación variará dependiendo de numerosos factores que van desde el contexto histórico-cultural hasta la mirada del lector. Un caso evidente es El Quijote cuyos contemporáneos apreciaron ante todo la parodia y el ataque a los libros de caballerías; en cambio, los románticos hicieron suya la obra cervantina al proyectar sobre ella la problemática entre lo material y lo espiritual, entre la realidad y lo ideal. Sin embargo, no sólo un texto literario mantiene una puerta abierta a nuevas interpretaciones, sino que sin su existencia no podido haberse escrito otras obras posteriores ¿Alguien puede poner en tela del juicio que sin El Quijtote no hubiesen aparecido obras como Madame Bovary o El idiota? La verdad mítica encerrada en la novela cervantina vuelve a florecer bajo otras formas en Gustave Flaubert y en Fiódor Dostoyevski.

Dicha relación de dependencia nos alerta sobre el error de entender la literatura como una serie de átomos independientes sin tener en cuenta las múltiples relaciones que se establecen entre los textos pasados y los que todavía están por venir. Al mismo tiempo, un texto futuro bien puede modificar o aclarar una obra anterior a través de la relectura. No obstante, el texto literario siempre se reinterpretará en la contemporaneidad inherente a toda lectura. De este modo, el lector se convierte en un factor determinante en la comunicación literaria, tal y como lo muestra Borges en su relato Pierre Menard, autor del Quijote en el cual recoge dos fragmentos aparentemente idénticos, uno de ellos escrito por Cervantes y otro reescrito por Pierre Menard. Aunque Pierre Menard no ha variado absolutamente nada, el sentido del texto ha cambiado porque son interpretados desde ópticas distintas que corresponden a la de un lector de principios del s. XVII y a la de otro del s. XX, donde las ideas expuestas se han transformado considerablemente.

Desde el acto de la lectura, la obra literaria aparece como una espiral que se va proyectando hacia el infinito ampliando su radio de acción. A través de la lectura, se produce el contacto con la mirada del otro la cual se funde con las voces que se hallan amalgamadas en el texto literario. De ahí la naturaleza polifónica de las obras literarias en las cuales conviven la enunciación personal con la apersonal, el discurso del escritor con el discurso de la otredad. Desde dicho punto de vista, ya no se puede considerar la voz del autor como la única referencia a la hora de profundizar en el análisis del texto literario, ya que resuenan en él toda una serie de voces donde prácticamente nos resulta imposible dilucidar su origen. La renuncia a la entidad-autor como clasificación sistemática de las obras literarias nos conduce a la imagen mallarmeana del gran y único libro de la literatura constituido por todos los textos escritos y los que están todavía por escribir. Desde dicha perspectiva, toda la producción literaria de la humanidad constituye un único libro escrito por el espíritu humano que se proyecta casi hasta el infinito como la biblioteca de Babel borgeana. Stéphane Mallarmé pretendió crear un texto poético a través de Un coup de dés (1897) que posibilitase infinitas interpretaciones, explotando al máximo la ambigüedad y arbitrariedad del signo lingüístico, como si fuese una muestra reducida de su concepción de la literatura entendida como una inabarcable y única obra de toda la humanidad. Con ello saldría a relucir la polifonía y la polisemia, rasgos fundamentales del lenguaje literario, productos de la fusión del discurso personal con el apersonal como de los múltiples matices del yo con la otredad, en definitiva, de la escritura con la lectura.

La pesadilla borgeana de la Biblioteca de Babel bien puede representar la angustia del lector ante la imposibilidad de acotar toda la literatura la cual parece proyectarse hasta el infinito, sin encontrar un centro objetivo que imponga un orden sobre las inabarcables estancias por las que ha transcurrido la vida del bibliotecario protagonista. El lector, ante dicha situación, se siente perdido en el laberinto a causa de la dificultad de encontrar el hilo de Ariadna que le permita no perderse en una biblioteca inmensa cuyas salas no terminan de multiplicarse y de conectarse entre sí. Dicha imagen se asocia con la idea de intertextualidad a través de la cual la literatura aparece como una serie de innumerables redes interconectadas que se expanden en dos direcciones. Por un lado, el laberinto que se cierra sobre sí mismo en el ámbito de la metaliteratura y, por otro lado, un segundo que se expande como una espiral a la configuración de múltiples universos cuyo motor generador es la palabra creadora capaz de levantar mundos ficticios regidos por una lógica interna y autónoma. Ambos no se extienden en direcciones totalmente separadas, sino que comparten múltiples puntos de encuentro entre ellos hasta el punto de no concebirse el uno sin el otro.

La creación literaria moderna se caracteriza sobretodo por ahondar y reflexionar sobre los aspectos literarios. Sin embargo, la metaliteratura no es un fenómeno exclusivo de la modernidad, sino que ya se convirtió en una constante de toda la producción cervantina donde van cogidas de la mano tanto la crítica literaria como la creación, o en sus reflexiones sobre la levedad del espacio fronterizo que separa a la realidad de la ficción. La fusión entre la metaliteratura y la praxis literaria se sintetiza admirablemente en los relatos de Borges en los cuales podemos bosquejar ideas como el palimpsesto, la intertextualidad o la teoría de la recepción que serían ampliadas por la crítica literaria de la 2ª mitad del s. XX.

Dentro de la tendencia moderna de la metaliteratura, ha surgido la corriente asociada con la Literatura del No que ahonda en todas las cuestiones y situaciones vinculadas con la imposibilidad y la renuncia a la escritura. El abandono de la creación literaria abarca múltiples matices que van desde el silencio atronador de Arthur Rimbaud hasta la consideración del silencio como la única forma de perfección anunciada por Mallarmé como conclusión de toda su obra poética. Después de elaborar toda su producción poética, el poeta parisino consideró que el ser humano no sólo podía alcanzar el ideal, sino que tampoco lo podía expresar en su plenitud a través de la palabra poética. En Mallarmé se condensa una de las paradojas de la literatura moderna que consiste en mostrar la imposibilidad de la obra poética, haciéndola. Como el director de Fellini 8 y ½ renuncia a llevar a cabo la obra deseada sin darse cuenta que se ha ido haciendo el film de Federico Fellini que trataba sobre la imposibilidad de llevar a imágenes su ideal artístico. El suicido ficticio del protagonista conecta directamente con el dictamen final del poeta francés que frente al balbuceo del lenguaje poético y el tímido reflejo del ideal artístico en el que desemboca la poesía, únicamente, queda la perfección y la dignidad del silencio. Es el punto y final del trayecto mallarmeano por el territorio sin sentido de la escritura, donde todos los esfuerzos son vanos a la hora de dar forma a los ideales de nuestro espíritu. Desde otra perspectiva, el silencio repentino y estruendoso de Rimbaud responde a la inutilidad de malgastar toda su vida en la búsqueda de un ideal inalcanzable, debido a la soledad y los sacrificios que requería consagrar toda una vida a la creación de una obra poética. De este modo, la escritura no es vista como una forma de dar sentido a la existencia humana, sino como una renuncia a ella. Como Fausto, abandona su féretro de libros por el mundanal ruido al encuentro de experiencias vitales.

Según Virginia Woolf, todo gran novelista se distingue por su capacidad de dar forma a un mundo singular e inimitable que responde a una lógica interna e independiente de la realidad circundante. Son creadores de un universo que a pesar de pertenecer al espacio de la ficción; no por ello, lo encontramos menos vivo. Todo lector sufre en mayor o menor grado el síndrome Quijano. Es decir, la confusión entre la realidad o la ficción o, mejor dicho, la imposibilidad de vivir sin la ficción. Proust subraya que suele ser recurrente sentir con más intensidad y curiosidad las vivencias de personajes ficticios que la de personalidades históricas o incluso la de personas con las que convivimos diariamente. A través de la lectura nos introducimos en un universo volátil, pero que nos resulta imprescindible para continuar respirando. El lector necesita de la ficción, ya que las lecturas se convierten en auténticas experiencias vitales cuyo efecto nos puede hacer cambiar la percepción de nuestra realidad más cercana. De ahí que se pueda llevar a cabo un resumen de nuestra trayectoria vital partiendo de una biblioteca personal. Los libros leídos hablan por sí solos de nuestro carácter y sensibilidad que se han ido formando paralelamente con nuestras lecturas. De este modo, la lectura se convierte en una puerta abierta a la hora de experimentar tanto experiencias como sensaciones, aunque se proyecten desde el plano de la imaginación.

La capacidad ilusionista de la palabra se convierte en una auténtica piedra de toque para que en la lectura nos traslademos a una dimensión espacio-temporal distinta a la de nuestras circunstancias vitales. De ahí nuestra sensación de abandono, de ausencia a causa del cruel despertar a la otra realidad una vez que se desvanece el mundo imaginario de la ficción creado por el novelista. De nuevo, los lectores hemos sido enviados al Este del Edén, se ha consumado otra vez la expulsión del Paraíso.

Si Rimbaud abandonó la poesía a favor de vivir su vida; en cambio, no se puede negar que la lectura se convierte en una auténtica vía para experimentar a distancia situaciones o sensaciones que, de otra forma, nos serían vetadas. Proust desconfía de que la lectura se convierta en el motor principal de las creaciones de los grandes escritores, ya que sus aspiraciones deben proyectarse a la configuración de una voz propia; sin embargo, no deja de valorar la lectura como vehículo que nos transporta al terreno fronterizo a partir del cual comenzar a profundizar en nuestro espíritu, con el objeto de plasmar nuestra percepción y concepción de la realidad acorde con nuestro temperamento. Y si ello es posible, tal vez, venga dado porque la literatura es capaz de englobar toda la complejidad que encierra la condición humana.
En el prólogo a su Biblioteca personal, Borges incide en la importancia de la figura del lector en el fenómeno literario, ya que sin él las obras literarias perderían todo su sentido. El destino de cualquier libro no es otro que el de encontrar su lector que sea capaz de rescatarlo del olvido activando toda la belleza estética escondida tras sus páginas. Frente a su condición de escritor afirma que, ante todo, se siente orgulloso de considerarse un excelente lector valorando mucho más los libros leídos que, en cambio, toda su obra literaria.

Según el escritor argentino, la lectura es una actividad que requiere una dedicación y actitud tan intensa como la escritura. Se ha de ejercer como una auténtica vocación y guiarse únicamente por los gustos estéticos de cada lector. Hay tantas concepciones de literatura como de lectores, aunque siempre tendrá mayor criterio el buen escritor que, según Virginia Woolf, debe reunir a la vez capacidad imaginativa, intuición y erudición. A partir de dichas cualidades, debe configurarse una escala de valores con el objeto de poder comparar y extraer la calidad estética de todas sus lecturas.

Una lectura profunda y analítica de un texto literario lo que hace, ante todo, es enriquecerlo ampliando su valor estético que hasta entonces podía haber pasado desapercibido. A diferencia de Proust, la escritora inglesa sí considera que la lectura puede servir como inspiración y motivación para la creación literaria. La revelación estética de la lectura no se da en el propio acto, sino que aparece instantáneamente en el recuerdo quedándose retenida en nuestra conciencia. El distanciamiento no sólo se da en el acto de escritura, sino que también es preciso a la hora de experimentar los valores estéticos de una obra literaria, estableciendo una conexión directa y paralela entre los dos procesos cuya dependencia se hace evidente.

A lo largo de esta búsqueda de una concepción de literatura, ha salido a relucir la polifonía y la polisemia como características evidentes del lenguaje literario, se ha incidido en las conexiones de intertextualidad de las obras literarias, en la naturaleza del lenguaje como tradición y renovación o en el distanciamiento inherente tanto al acto de escribir como al acto de leer. Ante la imposibilidad de encerrar y delimitar en conceptos una actividad artística cuyo campo de extensión abarca todo lo relacionado con la condición humana, la única certeza indiscutible es que el fenómeno literario necesita tanto de un escritor como de un lector sin los cuales la comunicación literaria sería totalmente imposible. Tanto la escritura como la lectura son los vasos comunicantes de un mismo sistema sanguíneo en los cuales fluye la savia de la literatura impulsada por el espíritu humano.

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