Reflexión borgeana sobre el tiempo a través de la iconografía cristiana medieval
Pública En la imagen del reloj de arena se sintetiza la finitud del ser humano que se convierte en un actor arrojado a un escenario inhóspito donde se escenifica una partida de ajedrez frente a la muerte, devoradora insaciable, dispuesta a contarnos el débil cordón umbilical que nos une, latido a latido, al constante anhelo en el que se compendia la esencia de la vida. Sabemos de antemano que dicha “partida” esconde el designio al cual nos encontramos condenados. El desenlace se haya ya escrito en nuestra conciencia, lo único que cambia es la elección de la máscara con la cual afrontaremos nuestra representación. El conocimiento de nuestro final trágico condicionará la actitud ante el fluir inevitable de nuestra existencia. Un continuo fluir atormentado por su ineludible desembocadura o que opta por exprimir, instante a instante, el curso por el cual deambula nuestro destino.
El ser humano adapta su interpretación de la melodía existencial, partiendo de la coda final. El recuerdo constante del último acorde condiciona el desarrollo de toda la partitura. Como una pieza musical, el último suspiro de una vida humana nos conduce a interrogarse a dónde escapará la voz que lo unió a la vida. Al observar un cadáver, somos incapaces de describir con palabras el rostro enigmático de la muerte cuyo reflejo nos inquieta con una respuesta ilógica a la lógica humana.
¿Cómo esculpir la mirada vacía de lo tangible a través de lo simbólico? La iconografía medieval dibuja una figura siniestra donde el color negro cobra una connotación de pánico, al ser teñida por la actitud trágica del sentimiento cristiano ante una concepción de la existencia engullida por la sombra lúgubre de la muerte. La putrefacción de las caras engendra el esqueleto sobre el cual se sustenta una realidad concreta que se transforma en símbolo a través de la guadaña. En su filo se vislumbra todas las fantasmagorías de El Bosco, producto de una sociedad dominada por una catarsis apocalíptica.
¿Cuál es la respuesta del Cristianismo ante el interrogante al que nos enfrenta la vasta sombra? Ante todo apunta al menosprecio de todo lo relacionado con lo mundano entre lo que se incluyen los placeres terrenales y los bienes materiales, que nos otorgará una esperanza en un paraíso de ultratumba dominado por la eternidad. Esta promesa provoca que el cristiano oriente su vida mundana hacia la conquista de la vida eterna. En este caso, tanto el Cristianismo como el Platonismo surgen de la búsqueda de un mundo ideal que contraste con el mundo terrenal (mundo de las cosas) marcado por lo efímero y la imperfección. Dicha dualidad se observa en la constitución del hombre donde encontraremos el cuerpo, relacionado con la tierra y la finitud, y el alma asociado con la divinidad la cual equivale a la inmortalidad.
Cualquier reflexión sobre la muerte desemboca en un intento vano de explicar el canibalismo del tiempo que constituye la esencia de la naturaleza humana. La conciencia del paso del tiempo viene dada por el carácter efímero del ser humano. Sin embargo, en la eternidad, el tiempo carecería de sentido, ya que la inabarcable arena destrozaría el cristal del reloj que, anteriormente, al acotar el espacio temporal permitía su medida. En este caso, la fe cristiana pretende hacer añicos los límites constituidos por la cuna y la sepultura. La resurrección de la carne se puede equiparar a todos los artificios humanos que pretenden negar la finitud temporal la cual corroe lentamente nuestras entrañas. Al postular la posibilidad de alcanzar una vida eterna, se produce una infravaloración de la vida terrena sellada por la brevedad. Este desprecio afecta a la belleza física inherente al cuerpo humano y a los bienes materiales ligados al concepto medieval de Fortuna.
La civilización cristiana medieval creó una sociedad basada en el inmovilismo con la finalidad de evitar el desgarro temporal que, inevitablemente, va desangrando a todas las sociedades. Su objetivo era alcanzar la perpetuación de su cosmovisión al construir una sociedad estamental a imagen y semejanza de la divina constituida por tres jerarquías de ángeles. De este modo, se intentaba trasladar la eternidad celestial al plano de la vida terrenal entendida como civilización. Y, con ello, también quedaban justificadas las desigualdades estamentales que contrastaban con la igualdad biológica y la celestial. Según el Cristianismo medieval, todos los hombres eran iguales ante Dios que los juzgaría a partir de las obligaciones que correspondían a su estamento, tal y como se canta en la copla XXXVI del magistral poema de Jorge Manrique, así como la igualdad biológica basada en la muerte la cual no entendía ni de edad ni de estamento social (coplas XIV, XVII, XVIII). De esta forma, la muerte adquiría un rango “democrático” que rompía con las diferencias creadas por la sociedad a través de leyes.
Dicha dialéctica conduce al enfrentamiento entre phýsis (naturaleza) y nómos (ley). Sofistas como Antifonte considerarán que la única ley se encuentra constituida por la Naturaleza, oponiéndose a las leyes institucionales (nómos) creadas con el objeto de colocar los pilares sobre los cuales se asienta una sociedad. Dicha idea será recogida por el Marqués de Sade para poner en evidencia el pensamiento cristiano. El divino Marqués afirma que la Naturaleza no entiende de principios morales y, por tanto, la dualidad entre el Bien y el Mal es un artificio creado por el ser humano. Esta oposición constituye el fundamento de la moralidad cristiana que se apoya en la idea de la Divina Providencia la cual justifica la existencia de una verdad absoluta. De ahí que el pensamiento escolástico medieval se apoye en dogmas.
El pensamiento dogmático rechaza la dialéctica, ya que cualquier interpretación que se aleje de la versión dada por las autoridades eclesiásticas será considerada una herejía. Las herejías cobraron un sentido de transgresión al rechazar las verdades institucionales. Fueron perseguidas, creándose instituciones como la Santa Inquisición, ya que atentaban contra el inmovilismo intelectual que intentaba evitar cualquier fractura de la sociedad estamental. Al mismo tiempo, la transgresión se manifestará en la sátira con composiciones como La nave de los locos (Das Narrenschiff, 1494) de Sebastian Brant y La danza de la muerte cuya influencia es patente en Las coplas de Jorge Manrique, aunque el tono de las dos composiciones sea muy diferente.
Las interpretaciones más profanas de La danza de la Muerte se centran en su ambigüedad ya que en su corteza se reflejaría la idea fundamental de la enseñanza ascética cristiana de que la muerte inevitable debe sugerir a las almas el pensamiento de la caducidad de la vida terrenal; en cambio, en su meollo se esconde una sátira feroz contra la condición humana y un desenmascaramiento de la sociedad cristiana que une, al mismo tiempo, la evangelización con la espada.
La sátira va ligada íntimamente con el humor negro que es una forma de relativizar acontecimientos trágicos. Esta idea se sintetiza en la fórmula de Lester, personaje de Delitos y faltas de Woody Allen, donde la comedia equivale a tragedia más tiempo (Comedia = Tragedia + Tiempo), ya que el distanciamiento temporal permite burlarse de acontecimientos trágicos a nivel social. En dicha película, Woody Allen reflexiona sobre la educación religiosa judía la cual se apoya en la imagen de un Dios tiránico que castiga cualquier violación de las leyes divinas. En este caso, el castigo va ligado a la concepción de pecado que conduce al sentimiento de culpa al tener conciencia de haber transgredido el designio divino ante la mirada omnipresente de Dios. Dicha asociación “transgresión – castigo” muestra relación con la concepción de Dike, presente en la tragedia griega, que hace referencia a las leyes que regían el equilibrio del Cosmos y, por tanto, su violación se debía expiar con un castigo que podía recaer sobre el infractor, generaciones posteriores o su comunidad.
En la concepción griega, la finalidad del castigo es restablecer el orden anterior. En cambio, en el pensamiento cristiano, el castigo, asociado con el concepto de pecado, era utilizado con la finalidad de mantener atemorizada a la población y, de este modo, permitir su control, reforzando sus intenciones inmovilistas. La graduación del castigo, en el cristianismo, alcanza un valor dantesco al equipararse con el fuego eterno donde arderán las almas de los pecadores. En este caso, la condena cristiana resucita la figura de Sísifo quien se verá obligado a arrastrar constantemente en el Hades un enorme peñasco hasta lo alto de una colina que al punto volvía a caer.
Las representaciones artísticas sacras se encontrarán dominadas por el maniqueísmo de la moral cristiana. El Pantocrátor, síntesis de un Cristo apocalíptico, se conjugará con imágenes donde se muestran con todo lujo de detalles la putrefacción de la carne que contrasta con la resurrección de Cristo. Asimismo, el Cristianismo adecuará elementos paganos, adaptándolos a sus circunstancias. En otras ocasiones, las obras sagradas recogerán temática pecaminosa con la finalidad de combatirla. Sin embargo, en obras como el Libro de la Sabiduría, aparecerán fragmentos que pueden ser considerados verdaderas lecciones de ateísmo, sobre todo, cuando los impíos se apoderan de la voz narrativa: “Dijeron, pues, los impíos entre sí discurriendo sin juicio: corto y lleno de tedio es el tiempo de nuestra vida. No hay consuelo en el fin del hombre, ni después de su muerte, ni se ha conocido a nadie que haya vuelto de los infiernos o de otro mundo. Pues nacidos hemos de la nada y pasado el presente seremos como si nunca hubiéramos sido. La respiración o resuello de nuestras narices es como un humo ligero, y el habla o el alma como una transitoria chispa con la cual se mueve nuestro corazón, apagado que sea, quedará nuestro cuerpo reducido a cenizas y el espíritu se disipará cual sutil aire. Desvanecerse ha como nube que pasa y desaparecerá como niebla herida de los rayos del sol y disuelta en su calor. Caerá en olvido con el tiempo nuestro nombre sin que quede memoria de nuestras obras… Ninguno de nosotros falle a nuestras orgías, quede por doquier rostro de nuestras liviandades, porque ésta es nuestra porción y nuestra suerte”. En este caso, la finitud del hombre y la asociación de la muerte con la nada dejarán vía libre a lo instintivo; en cambio, ante ello el Cristianismo creará una Torre de Babel que otorgue una esperanza ante el horror vacui, cuya única respuesta será el silencio de Dios.
Ambas concepciones sobre la vida humana surgen del sentimiento de angustia provocado por una reflexión cuya pieza clave es el tiempo terrenal acotado por el nacimiento y la muerte. La aceptación de la nada, en el ateísmo, tendrá como consecuencia una valoración de los instintos: en cambio, el cristianismo intentará refutar el vacío a través de la eternidad subyacente a una vida ultraterrena. Es decir, el pensamiento cristiano desemboca en una infravaloración del tiempo vital al contrastar con la eternidad otorgada después de la muerte.
En definitiva, toda la ideología cristiana es un artificio que pretende dar una concepción temporal que finalice con la angustia vital que provoca el fluir constante del tiempo el cual quedó grabado, únicamente, en nuestra conciencia. La idea del tiempo, inherente a la razón humana, no tiene cabida en la Naturaleza. El pensamiento humano se mueve bajo unas premisas distintas a los fenómenos naturales. Por ello, se dedica a realizar quimeras metafísicas con las que intenta englobar una visión totalizadora del universo. El hombre intenta acotar, debido a sus limitaciones, lo inabarcable a través de conceptos o abstracciones. Si pudiésemos reunir todas las concepciones humanas sobre el tiempo, conseguiríamos una lectura poliédrica de la civilización humana. Un Aleph temporal imaginado por la mente humana que sintetiza los cimientos de todas las civilizaciones humanas creadas para evitar la desaparición de la especie que supondría, paradójicamente, la exterminación de la mente humana. En otras palabras, el tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema; la eternidad un juego o una fatigada esperanza, como diría Borges.
Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.