A la búsqueda del liberalismo originario
Pública Si seguimos la trayectoria dejada por el liberalismo desde el s. XVIII hasta nuestros días se nos configura una imagen borgeana de un camino que se bifurca en múltiples senderos que incluso ,a veces, conducen a direcciones opuestas como es el caso del neoliberalismo y el liberalismo progresista de la actualidad. Entre dicho laberinto liberal se hace necesario desandar las huellas históricas dejadas por las diferentes corrientes liberales con el objeto de ser conscientes de cuáles fueron los objetivos originarios del liberalismo y cuántos fueron los que lograron, con la intención de hacer un balance justo de su irrupción en la Historia.
A la hora de intentar delimitar una definición exclusiva y definitiva del liberalismo nos encontramos ante una realidad enmarañada (Vallespín, 1997, 53) cuyas primeras dificultades ya las hallamos en el debate sobre su origen, ya que dependiendo de la concepción que se tenga sobre dicha corriente política su manantial primigenio se sitúa o bien en la Inglaterra del s. XVII, o bien en la Revolución Americana (1776) o ciertos historiadores apuntan a la Revolución Francesa (1789).
Fernando Vallespín sitúa la simiente originaria del liberalismo en la Revolución Inglesa de 1640 – 1660 que enfrentó al Parlamento británico y a la Corona inglesa al ser la 1ª vez en la que se planteó cuál era el límite del poder de la monarquía (Vallespín, 1997, 54). Dicho politólogo asocia el surgimiento del liberalismo con distintas revoluciones vinculando su origen a las revoluciones inglesas de 1648 y 1688 (Vallespín, 1997, 54), considerando una fecha clave la de 1689 al asentarse los presupuestos de la supremacía parlamentaria, al permitirse el acceso al poder político a las elites mercantiles y bancariasy al impulsarse la libre empresa y el individualismo (Vallespín, 1997, 55). Todo ello, vendrá derivado de la Revolución Gloriosa en la que Jacobo II se vio obligado a dejar el trono a Guillermo d´Orange. A partir de ella, John Locke llevará a cabo una racionalización de dicha revolución colocando, de este modo, los pilares del liberalismo clásico y dando forma al individualismo posesivo que constituyó la configuración del marco de la propiedad burguesa y capitalista (Vallespín, 1997, 55).
Frente a dicho origen británico del liberalismo, se opone la visión de Helena Rosenblatt la cual señala a la Revolución Francesa como cuna y expansión del liberalismo (Rosenblatt, 2020, 15), situando la formación del núcleo de la ideología liberal en figuras francesas como Lafayette, Madame de Staël y Benjamin Constant. En este caso, es importante subrayar que el liberalismo originario se sintetiza en los dos primeros artículos de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano redactada por Lafayette y Jefferson (Rosenblatt, 2020, 47). En el primero se remarcaba que los hombres nacían y permanecían libres e iguales en derechos y en el segundo insistía en que el Gobierno debería de preservar dichos derechos, lo que unido a otros artículos como el queincidía en que la Soberanía residía en la Nación colocaron las bases para la demolición del Antiguo Régimen.
Si se quiere llevar a cabo un balance sobre el valor histórico del liberalismo es fundamental bosquejar cuáles fueron sus principios y objetivos iniciales. Antes que nada, se ha de subrayar que el liberalismo se levantó contra el absolutismo del A.R. que se encontraba regido por una monarquía cuya autoridad dominaba todas las manifestaciones del poder del Estado, sin límites, frente a ninguna institución parlamentaria y regida a su vez únicamente por la ley divina. Los principios fundamentales del liberalismo primigenio se enfocarán en acabar con la monarquía absoluta, los títulos nobiliarios y el derecho divino de los reyes. Y a partir de ello, afianzar un nuevo sistema político basado en la democracia representativa y la configuración, en posteriores etapas, de un Estado de derecho.
¿Cuáles fueron los logros del liberalismo en la 1ª mitad del s. XIX? Las revoluciones liberales de 1820, 1830 y 1848 permitieron acabar con el absolutismo y el A.R. e instauraron sistemas parlamentarios con igualdad ante la ley y sin privilegios estamentales, como así ocurrió en la II República Francesa (1848-1852) (Hobsbawm, 2003). En la Revolución de 1830, se instaló en el poder el gobierno de la burguesía francesa que, a la hora de dirigir, adquiriría un talante conservador, tal y como lo denunciaron Constant y Lafayette (Rosenblatt, 2020, 81). En este caso, los radicales solicitaban el derrocamiento de la monarquía y la instauración de una república liberal basada en el sufragio universal.
Con ello, llegamos a un punto clave en las divergencias dentro del liberalismo que se centraba en la polémica de que hasta qué punto tenían que llegar las reformas revolucionarias. Ya ante el nuevo rumbo de la R. F. en 1791 se produjo la 1ª gran polémica que cobró forma en los dos divergentes puntos de vista constituidos E. Burke y Th. Paine a la hora de responder si las reformas iniciales de la R.F. eran liberales o pretendían ir más allá (Rosenblatt, 2020, 47). Burke atacó a la R.F. debido al talante radical que estaba tomando las reformas con la monarquía constitucional francesa en el que se afirmaba la soberanía nacional, mientras que la autoridad real quedaba supeditada a la ley (Fernández, 1998). Dicha postura de oposición a las reformas hizo de Burke un pionero del liberalismo conservador. En cambio, Paine defendió las reformas de la R.F. en su Rights of Man (1791) donde abogaba por una democracia social que tuviese en cuenta los derechos de todos los ciudadanos. En este caso, a Paine se le considera un precursor del laborismo y del Estado del bienestar, siendo un faro para el liberalismo radical y las tendencias hacia la izquierda política de la corriente liberal. Los giros que sufrirá la R.F. desde 1789 hasta la subida de Napoleón al poder sintetizan la diversificación que sufrirá el liberalismo durante todo el s. XIX.
Teniendo como referencia el grado de profundidad frente a los cambios y su postura alrededor de las medidas sociales, se expandirán diferentes ramificaciones partiendo del liberalismo clásico como fueron el liberalismo conservador, el socioliberalismo o el radical, entre otros, diversificándose en múltiples senderos que, a veces, se cruzarán al coincidir en determinados temas y, otras veces, desembocarán un auténtico callejón sin salida entre ellos por una divergencia absoluta, produciéndose una cruenta batalla interna en el propio sector liberal. En este caso, las revoluciones posnapoleónicas serán un reflejo de las ramificaciones que irá sufriendo el liberalismo (Hobsbawm, 2003, 119). En primer lugar, la moderada liberal abanderada por la aristocracia liberal y la alta clase media, a continuación, la radical-democrática formada por la clase media baja, nuevos fabricantes e intelectuales y, por último, la socialista producto del activismo político cada vez mayor del proletariado que pasará a ocupar un lugar destacado como enemigo del liberalismo al considerar que la revolución liberal sólo había derruido el A.R. para que la burguesía alcanzase el poder y una vez en él no luchaba por lograr más objetivos sociales (Hobsbawm, 2003, 120).
Frente al enfrentamiento que el liberalismo libró con otras ideologías ya fuesen tradicionalistas (absolutismo) como progresistas o socialistas, el principal conflicto fue el interno entre los distintos liberalismos que fueron floreciendo a lo largo del s. XIX los cuales iban incorporando nuevos matices al liberalismo clásico.
¿Cuáles son las diferencias entre las principales ramas del liberalismo decimonónico? Si tomamos como punto de referencia el liberalismo clásico cuyas raíces ideológicas se encuentran en John Locke y Montesquieu, en el s. XIX a través de Benjamin Constant y Madame de Staël, este tipo de liberalismo puso énfasis en garantizar la libertad del individuo, en limitar el poder del Estado impidiendo otra experiencia napoleónica, en creer en el laissez-faire aunque sin extremismos y en abogar por las libertades civiles con un gobierno limitado bajo el imperio de la ley (Rosenblatt, 2020, 52).
Del liberalismo clásico, se desprendió el liberalismo conservador que combinaba posiciones liberales en asuntos políticos y conservadores en aspectos sociales, económicos y éticos. Entre sus principales directrices estaba la creencia acérrima en el laissez-faire, en considerar que la desigual social era inevitable, en rechazar la justicia social y en ser consciente de la importancia utilitaria de la religión. El enfrentamiento entre conservadores y las posturas liberales más progresistas como el socioliberalismo o los radicales irá marcando la senda de dicho movimiento político, económico y filosófico el cual irá presentando cada vez más aristas según avanzase el s. XIX. En este caso, el socioliberalismo el cual introducirá el concepto de justicia social y democracia liberal dando tanta importancia a la libertad como a la solidaridad y empatía, poniendo límites al egoísmo hacia el que tendía el liberalismo conservador, como es el caso de John Stuart Mill quien entre sus premisas políticas destacaban que el Estado debe regular y proteger libertades civiles sin que pueda usurpar la autonomía de los individuos, la soberanía debe residir en la ciudadanía y el carácter de sus tesis son universales y cosmopolitas debido a su concepción de solidaridad internacional. En el ámbito económico, el socioliberalismo aparece como una 3ª vía situada entre el laissez-faire y la economía socialista, es decir, apuesta por una regulación social y una intervención moderada del Estado en la economía. Esta vertiente del liberalismo tuvo su culminación con las socialdemocracias que se asentaron y expandieron en la Europa Occidental y países nórdicos después de la 2ª GM, comenzando sus primeras grietas con la crisis del petróleo de 1973 las cuales fueron agrandadas con el surgimiento del neoliberalismo que apoyaba, en su teoría, la libertad económica y el libre mercado cuyos pilares básicos incluyeron la privatización y la desregulación que condujo al desmantelamiento del Estado del bienestar.
En la actualidad, la forma más moderna de la tendencia liberal es el liberalismo progresista que en su teoría defiende los valores cosmopolitas que deberían regir sociedades plurales e inclusivas que se encuentran a favor de la globalización, apoyando economías abiertas y de sociedades que aceptan el cambio, la diversidad y la incertidumbre. Al mismo tiempo, muestra su confianza en el progreso humano siguiendo la huella de Jeremy Bentham, a la vez, que pretende combatir todo tipo de populismos. En la vertiente económica, el Estado y el mercado son vistos como complementarios y no se excluyen entre sí, tal y como anuncia el economista Jean Tirole.
Quizás el liberalismo progresista sea la rama más reciente de un árbol liberal que debido a su ideología marcada por la concepción de libertad no se ha podido encerrar en una definición definitiva mostrando en su seno corrientes distintas y, a veces, antagónicas. Dicha resistencia a ser aprisionada en ideas fijas, tal vez, sea la causa por la que el liberalismo haya sobrevivido hasta nuestros días, resistiendo a los ataques que van desde la oposición absolutista a la que se enfrentó y derrumbó en sus orígenes, a las propias guerras internas dentro de la variedad ideológica que reúne el propio liberalismo y al duro enfrentamiento que tuvo que lidiar a partir de los años 20 del s. XX contra el totalitarismo fascista y la alternativa comunista surgida después del triunfo de la Revolución bolchevique en Rusia. De todas las amenazas anteriores, el liberalismo no sólo sobrevivió, sino que se consolidó adoptando nuevas formas según las circunstancias históricas.
A pesar de que la valoración de sus logros dependerá desde la ideología liberal que se proyecte, no se puede negar que el liberalismo originario fue el motor de la caída del A.R. y durante el s. XIX consolidó la democracia representativa, el respeto a los derechos y libertades fundamentales del individuo, la consolidación del Estado de Derecho y la igualdad ante la ley, entre sus principales logros aunque, con frecuencia, se ha de tener en cuenta de que ha existido un gran trecho entre la teoría y la praxis, a la vez, que se ha ocultado bajo sus premisas gobiernos marcados por la corrupción una de las grandes lacras del liberalismo actual en la UE.
Bibliografía:
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Hobsbawm, [Eric]. (2003). «Cap. 16. Conclusión»: Hacia 1848. En [Eric] Hobsbawm: La era de la revolución, 1789-1848. Crítica, Barcelona, 116-137. ISBN 9788498921885.
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Rosenblatt, [Helena]. (2020). «3- Liberalismo, la democracia y el surgimiento de la cuestión social, 1830-1848» . En [Helena] Rosenblatt: La historia olvidada del liberalismo: Desde la antigua Roma hasta el siglo XXI. Crítica, Barcelona, 45-78. ISBN 9788491992073.
Vallespín, [Fernando]. (1997). «El Estado liberal». En [Rafael] Del Águila: Manual de Ciencia Política. Trotta cop., Madrid, 53-80. ISBN 8481641898.
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