Sobre la escritura y la lectura
Pública Siempre el amante de la lectura se preguntará continuamente: ¿Qué es la literatura? ¿Cuáles son los rasgos específicos que diferencian un texto literario del que no lo es? En primera instancia, no sé si existe o cuál es la respuesta concreta, pero si se hallase un día seguramente que no se podría encerrar en un axioma irrevocable e unívoco.
Sin duda, nos encontramos en una situación paradójica, ya que somos incapaces de encerrar en conceptos todo un arte cuyo fundamento es el lenguaje. Tanto la idea de literatura como las obras literarias son textos abiertos que escapan a cualquier interpretación a pie de la letra. De ahí su magia y su riqueza, su continua renovación debido a la imposibilidad de cerrar absolutamente su círculo hermenéutico.
Al igual que la palabra mitológica las grandes obras literarias esconden una verdad eterna cuyo rostro se renueva constantemente. En ellas, se amalgaman la repetición y la renovación al unísono. El enigma se mantiene en potencia en el texto literario, convirtiéndose en acto cuando la conciencia del lector es capaz de vislumbrar la verdad que se esconde, que se mantiene latente hasta que surge de nuevo a la superficie, vislumbrando el gran misterio que está vinculado con todo lo humano.
Tanto la escritura como la lectura bien podrían vincularse con la inscripción del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. A través de ellas, no sólo tomamos mayor conciencia de la realidad circundante, sino que sobretodo es una puerta abierta a la verdad interior que se mantenía latente en nosotros mismos.
¿Qué nos aporta la lectura? La lectura posee la capacidad de adentrarnos en nuestro espíritu a partir de la mirada del otro. La sensibilidad del otro consigue impregnar a la nuestra que comienza a establecer una nueva relación con un mundo que anteriormente nos había parecido totalmente ajeno y extraño.
Dicho camino de autoconocimiento también se lleva a cabo en el proceso de la escritura entendida como una exploración hacia el mundo interior a través del lenguaje con el cual plasmar nuestra percepción y sensibilidad frente a una realidad que se escabulle entre nuestras manos. Es únicamente a través de la escritura mediante la cual reconquistamos un lenguaje que nos había venido dado sin haberlo podido elegir previamente. En este caso, dicha reconquista del lenguaje supone la revelación de una realidad más profunda y de nuestro mundo interior. Una recuperación y liberación que sólo pueden ser llevados a cabo con la distancia que nos otorga la soledad de la escritura, la cual nos permite zafarnos de las urgencias comunicativas vinculadas con el habla, donde somos más bien hablados por el lenguaje, y no al revés.
La comunicación oral se encuentra marcada por el yugo de lo instantáneo, por las necesidades asociadas con la respuesta apremiante, lo que subordina tanto al sujeto como al lenguaje en la situación comunicativa. Una inmediatez condenada al olvido una vez que ha cumplido su mera función comunicativa. No ocurre esto con la escritura, ya que gracias a ella se convierte en palabra en el tiempo pulverizando el talante efímero de los vocablos que se pierden irremediablemente en sonidos inaprensibles condenados irremediablemente a vagar por el silencio más absoluto. En este caso, la palabra se vuelve libre cuando se ve desvinculada de las cadenas del tiempo y, con ella, se recupera toda una época ya pasada. Así lo entendió Marcel Proust cuando tomó conciencia de que su destino estaba enfocado a ser escritor con el objeto de atrapar todo un mundo condenado a lo fugaz, a lo instantáneo como era la comunicación verbal. Si el escritor francés era capaz de hacer suyo el lenguaje, lograría dar rienda suelta a su espíritu regalando su concepción de una realidad condenada a la desaparición. El instante se eternizaría, lo fugaz alcanzaría una forma fija que mantendría todo su germen vital, toda su verdad originaria.
En su búsqueda a través de las vivencias pasadas el narrador Marcel habla de la memoria involuntaria cuya aparición rompe la barrera espacio-temporal que separa al presente del pasado. En este instante se pulveriza la sensación del paso del tiempo, transitando a una dimensión atemporal en la cual se nos revela una verdad interior que se encontraba latente en nuestro espíritu, pero que en dicho instante hace acto de aparición en nuestra conciencia. La memoria involuntaria bien se podría asociar con las Epifanías de James Joyce o con las revelaciones de Virginia Woolf en las cuales se vislumbran la relación existente entre nuestro mundo interior y el mundo exterior. Dichas experiencias únicamente son abastadas plenamente a partir de la palabra literaria. Como en el caso de Mallarmé en el cual toda su obra se enfoca en intentar atrapar a través de la poesía esos momentos fugaces de revelación. No obstante, en el poeta francés, el lenguaje se muestra insuficiente para expresar con plenitud el ideal. Es decir, no sólo somos incapaces de conseguirlo, sino también de expresarlo. El silencio significativo de Mallarmé viene dado por una búsqueda que, finalmente, ha resultado ser totalmente infructuosa conectando con la literatura del No tan característica de la literatura moderna.
Jorge Luis Borges entendía la literatura como un gran libro que recoge no sólo todas las obras literarias escritas independientemente de su época y de su autor, sino también aquellas que quedaron relegadas a la sin forma de la imaginación pura. Al mismo tiempo, dicha concepción de la literatura considera que no existe ninguna obra literaria que haya surgido de la nada, es decir, que sea totalmente original, ya que todas ellas establecen conexiones tanto con la tradición como con los textos por venir. Por lo tanto, no sólo es inútil hacer una historia de la literatura basada en autores, sino que se debe tener en cuenta que la historia de la literatura variará según haya sido el bagaje del lector, eliminando cualquier sentido de la clasificación cronológica.
En el ámbito del lector influyen otros factores como los prejuicios, su nivel cultural o el orden cronológico de sus lecturas. En este caso, la aspiración de Mallarmé cristaliza en la metáfora borgeana de la literatura, alcanzando su aplicación en la formulación de “la muerte del autor” gracias a la cual las obras literarias adquieren, por un lado, su autonomía y, por otro lado, su dependencia respecto a los otros textos con los cuales constituyen el gran libro imaginado por las conjeturas de Borges.
Todo ello nos lleva a plantearnos cuestiones como ¿El aspecto creativo únicamente está vinculado con el escritor? ¿Cuál es el auténtico rol del lector en la comunicación literaria? ¿Hasta qué punto la lectura se puede considerar como recreación? Sin duda, las fronteras no están del todo delimitadas, ya que es el lector quien en última instancia da sentido al texto literario cuya interpretación variará dependiendo de la época y de los prejuicios del lector. Por lo tanto, el texto literario no alcanza un sentido definitivo hasta que es proyectado en la conciencia del lector la cual será capaz de desvelar la verdad escondida. De este modo, el lector aparece como el aedo que vuelve a recrear y dar vida en un aquí y en un ahora a la palabra mitológica.
Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.