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La Región más transparente y La muerte de Artemio Cruz: la encrucijada de la revolución en un laberinto de soledad (Carlos Fuentes)

Pública

Carlos Fuentes integra en su creación novelística la historia de México con la mitología ancestral. De esta forma, no realiza una separación entre el pensamiento histórico y el mitológico que se dan la mano con la intención de profundizar en el alma mexicana. Esta idea será compartida por el Octavio Paz del Laberinto de la soledad que guarda cierta relación con la narrativa mexicana de los años 50 entre cuyos escritores destacarán Juan Rulfo, Rosario Castellanos y el propio Carlos Fuentes. Incluso en este último, toda cultura y concepciones ancestrales cobrarán una importancia vital en la estructura de sus novelas. Este es el caso de La muerte de Artemio Cruz en la cual reflejará la mentalidad del nuevo caudillo –nuevo Pedro Páramo- resultante del fracaso de los proyectos e ideales que movieron a la Revolución Mexicana.

La novela se inserta en diferentes episodios de la Revolución que se toma como eje del acontecimiento crucial que marcó la historia de México durante la 1ª mitad del s. XX; sin embargo, a diferencia de la tradición de las novelas pertenecientes al ciclo de la Revolución, Carlos Fuentes no proyecta una visión maniquea ni unívoca. Su discurso se enfoca desde diferentes puntos de vista con la intención de exponer detalladamente el proceso experimentado por el joven y revolucionario Artemio Cruz que se convertirá con el paso de los años en el grupo de los nuevos ricos, en la nueva tiranía integrada al sistema capitalista de los EUA. De este modo, Carlos Fuentes rehuye la crítica unidireccional: el fracaso de la Revolución Mexicana ha sido causa de toda la sociedad mexicana, como ya había afirmado en La región más transparente.

El novelista mexicano sabe que la vida de un ser humano no se puede etiquetar con unos cuantos calificativos inamovibles, sino que todos los seres humanos sufren cambios en su personalidad, debido a las experiencias sufridas. Por eso, se detiene a describirnos aquel Artemio Cruz que un día amó apasionadamente, participó con ahínco en la Revolución y que, finalmente, quedó desengañado ante los mazazos propinados por la vida. Un Artemio Cruz que parece no tener ningún tipo de relación con el Artemio Cruz que postrado en una cama de hospital, prácticamente agonizante, realizará una retrospectiva que el novelista enfocará desde diferentes puntos de vista. Para ello, empleará las diferentes personas verbales como si fuesen diferentes objetivos que nos reflejan una misma realidad: la historia del México de finales del s: XIX y la 1ª mitad del s. XX.

Dentro de dicha alternancia pasamos de la 1ª persona de singular, de ese yo agónico que aparece expresado con un monólogo interior entrecortado al en el que predomina la dimensión mítica o virtual que escapa a los condicionamientos del tiempo histórico. En este caso, la 3º persona está reservada para narrar los episodios fundamentales de la vida de Artemio los cuales están delimitados con fechas precisas. Sin embargo, no deben ser vistas como piezas independientes, sino que se encuentran englobadas en una estructura poliédrica donde cada pieza del mosaico genera contactos múltiples con la unidad constituida por la obra hasta llegar a la revelación final donde el destino de Artemio Cruz (la muerte) se convierte en el destino de todos los hombres. De esta forma, sale a relucir el pensamiento precolombino que entrevió las relaciones existentes entre todos los fenómenos y seres de la naturaleza cuyo ciclo vital se renovaba constantemente con un proceso de creación y destrucción continuado.

Otros son los aspectos y temas vinculados con la cultura indígena que constituyen una de las raíces del ser mexicano: la omnipresencia de la muerte, la necesidad del sacrificio directamente ligada con la renovación vital, el sentimiento de orfandad al ser producto de una violación cultural (la Malinche), el mito del doble producto de ser un conglomerado de culturas que dificulta reconocer la verdadera identidad de la nación mexicana. Quizá sea el concepto temporal de las culturas precolombinas la huella más profunda que haya dejado el pensamiento precolombino en la novela de Fuentes. La ruptura con la linealidad narrativa no es un recurso gratuito y de experimentación que tanto se aplicó en la novela del s. XX, sino que corresponde más a un intento de plasmar la concepción temporal de los aztecas que tanto difería del pensamiento europeo moderno. Esta idea queda reflejada en las últimas palabras de la obra: “TÚ… MUERES…HAS MUERTO…MORIRÉ”. En ellas reúne el presente, el pasado y el futuro rompiendo la lógica de la visión cronométrica del tiempo que es sustituida por una concepción cíclica. De este modo, el tiempo deja de ser una medida abstracta y vacía de contenido para convertirse en una sustancia o fluido que se gesta, se consume y vuelve a renovarse. Ya no hablamos de la imagen barroca del reloj de arena, sino del Ciclo del Fuego Nuevo, de la continua renovación cuyo mejor reflejo son las estaciones o el nacimiento y muerte diarios del astro por excelencia.

Debido a que el mexicano es incapaz de reconocer su rostro, por eso necesita esas máscaras anunciadas por Octavio Paz, al ser incapaz de buscar su destino en los astros como hicieron sus antepasados más lejanos (“Ya no era aquél, ni los astros eran los mismos que su mirada juvenil contempló”). Su integración en el mundo capitalista ha llevado a la nación mexicana a separarse de la Naturaleza que, anteriormente, era la pieza clave a través de la cual giraba toda su existencia: La Región más transparente se ha transformado en la ciudad más contaminada del mundo, los dioses han abandonado a su comunidad y la comunidad ya ha olvidado a sus dioses. De ello dejará constancia Carlos Fuentes tanto en La muerte de Artemio Cruz como en La región más transparente. Artemio Cruz no es el único culpable, sino el representante en la novela de una culpabilidad que debe ser compartida por todos los estratos sociales tal como aparece en La región más transparente: “Por cada mexicano que murió en vano sacrificado, hay un mexicano responsable”.

Si nos fijásemos en la composición de La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz hallaríamos diferencias evidentes: la primera es una novela coral que plasma la capital de México, una auténtica riada humana condenada a vivir en un paisaje apocalíptico; la segunda se centra en el personaje principal que es tomado como el pilar a través del cual el novelista realiza una reflexión sobre la historia de México. Sin embargo, una misma herida ha sido la causante de este grito de desesperación y de denuncia: la Revolución traicionada y sus catastróficas consecuencias.

Una misma búsqueda se congrega en estas dos exploraciones novelísticas: sacar a la luz la verdadera identidad de México y de los mexicanos. Un trayecto histórico que sea capaz de vislumbrar la situación actual y configurar el rostro mexicano que se ha ido moldeando con las vicisitudes y conflictos de sus acontecimientos históricos. Es en este punto, donde el pensamiento de Carlos Fuentes encuentra numerosos paralelismos con El laberinto de la soledad: la soledad del mexicano causada por la excentricidad padecida por toda América respecto a la cultura europea considerada el paradigma de la civilización, ser producto de una violación cultural, la ausencia del padre que conduce inexorablemente a la soledad de la madre, sentimiento de orfandad tan presente en la narrativa de Rulfo, el desconocimiento de sus verdaderas raíces, la fatalidad y la resignación que ya quedan remarcadas en la primera intervención de Ixca Cienfuegos: (“Aquí nos tocó vivir. Qué le vamos hacer. En la región más transparente del aire”).

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