Vanguardias e Historia

Pública

Tanto el texto La cultura (1) de Modris Ekteins como el de Sociedad y cultura en la década de 1930 (2) de Carlos Taibo podían confirmar la sentencia de Octavio Paz en la cual calificaba al s. XX como las utopías convertidas en campos de concentración. Tal y como subraya Ekteins, las utopías vanguardistas que pretendían renovar el lenguaje artístico acorde a los tiempos modernos acabaron en el laberinto incomunicable e inexpresable del horror provocado por los campos de exterminio nazis como Auschwitz o de concentración soviéticos del Archipiélago Gulag. Asimismo, Carlos Taibo saca a relucir la distancia cada vez mayor que se dio entre la teoría y la praxis respecto a la utopía inicial bolchevique que desembocaría en el totalitarismo estalinista que condicionará tanto la sociedad como el arte soviético a lo largo de la década de los 30 del s. XX.

De la modernidad acelerada con sus infinitos senderos que se bifurcan a través de un progreso que no se detiene y que conduce al abismo arrastrando al Ángel de la Historia de Walter Benjamin (3), Ekteins destaca la cualidad de creación y destrucción al unísono de las Vanguardias como si fuesen un reflejo de una sociedad humana capaz de alcanzar enormes logros tecnológicos pero, a la vez, caer en el abismo de dos Guerras Mundiales cuya mayor crudeza se reflejará en los campos de exterminio nazis y cuyo colofón destructivo fueron las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki que supusieron el punto final de la 2ª Guerra Mundial y, al mismo tiempo, puntos suspensivos para un futuro dominado por la amenaza de un posible apocalipsis atómico que caracterizó al periodo de la Guerra Fría y que continúa hasta la actualidad.

La Gran Guerra, tal y como señala Ekteins, supuso el derrumbe del “mundo de ayer” (4) tanto respecto a los valores sobre los que se asentaban la sociedad burguesa como del conocimiento derivado de la ciencia moderna que a través de la teoría de la relatividad de Albert Einstein y el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg pondrían en evidencia la descripción newtoniana del mundo en la cual se creía que el espacio y el tiempo eran absolutos al igual que la distancia y la masa (5).

Dentro de las utopías de la vanguardia artística y científica sobresale el horizonte que avistaba la liberación de la humanidad. Así lo entendería el movimiento surrealista cuyo verdadero fin era lograr una revolución espiritual de la humanidad que transcendiese la mentalidad y visión cotidiana dominada por todo tipo de convenciones, percibiendo así una sobrerrealidad en la que tuvieran cabida lo irracional y lo inconsciente los cuales habían sido mutilados por la moral burguesa siempre encadenando las pulsiones del deseo del individuo que se veían impedidas de manifestarse con absoluta libertad. Dicho anhelo de libertad se verá totalmente amputado en el totalitarismo estalinista, produciéndose un desgarro irreparable entre los albores de la revolución y su evolución posterior en el Estado Soviético.

En los inicios de la revolución soviética se produjo una momentánea victoria de las vanguardias, ya que se creía que el comunismo liberaría la creatividad (6). En su arranque en el poder, Lenin apostó por la vanguardia tanto en el ámbito político como en el estético. Se veía como una correlación lógica el hecho de que la revolución política condujese a un arte revolucionario en el cual fondo y forma fuesen de la mano a la hora de reflejar los nuevos tiempos. Un destello de dicha apuesta por la vanguardia estuvo constituido por el cine soviético de los años 20 con el montaje de atracciones de Sergei Eisenstein, el Cine-ojo de Dziga Vertov y las películas de Vsévolod Pudovkin y Alesandr Dovzhenko que entendieron que los tiempos revolucionarios reclamaban un arte revolucionario.

Tanto Lenin como el Partido Comunista se vieron en la diatriba entre dar prioridad a la revolución formal con la apuesta por la desautomatización artística que habían atisbado los formalistas rusos o el hecho de primar una creación más asequible a las masas y, con ello, emplear el arte como instrumento ideológico (7(. Ya a finales de los años 20 del s. XX, comenzaron a imponerse en los organismos de poder los patrocinadores culturales proletarios, lo que conllevaría a que el realismo socialista fuese arrinconando cada vez más al arte vanguardista (8). De este modo, la mayor regulación estatal cortó las alas a la creación artística la cual pasó a ser subsidiaria del culto de la personalidad de Stalin y, a la vez, se destinase a ejercer una función propagandística de los dictámenes estalinistas. Autores como Isaac Babel, que en su Caballería roja denunciaba la distancia abismal entre los ideales revolucionarios y la realidad inherente a la guerra civil rusa, fue ejecutado durante la Gran Purga de Stalin, o como Mijaíl Bulgákov condenado al ostracismo por su narrativa satírica.

A partir de 1934, el realismo socialista sería impuesto a través del Estado de la URSS como el método principal y casi exclusivo de la literatura y crítica literaria soviéticas. Dicho movimiento literario exigía la descripción verdadera e históricamente concreta de la realidad en su desarrollo revolucionario siendo su principal objetivo la transformación ideológica y la educación de los trabajadores en el espíritu del socialismo. Los dos conceptos básicos del realismo socialista fueron el Partínost (9) (espíritu del partido) y Naródnost (10) (espíritu del pueblo). Los artistas que siguieron las premisas marcadas por el realismo socialista se convirtieron en el star system soviético del cual formaron parte escritores como Aleksandr Mijail Serefinóvich, Aleksandr Fadérev y Mijaíl Shólojov que recibieron el reconocimiento de las autoridades soviéticas; sin embargo, se condenó a otros autores que se negaron a seguir los parámetros de dicho movimiento artístico-institucional, constituyendo una extensa nómina en la cual destacan autores como Anna Ajmátova, Boris Pasternak, Vsévolov Ivanov o Vássili Grossman (11).

El distanciamiento entre teoría y praxis en la URSS no sólo repercutió en el ámbito artístico sino también en el político y social. Carlos Taibo enumera las contradicciones crecientes entre las promesas iniciales del bolchevismo y la deriva totalitaria del Estado estalinista. Frente a la prometida eliminación de las clases sociales; sin embargo, se mantuvieron los privilegios para los altos cargos del Partido Comunista (apparátchik) los cuales iban poseyendo un salario cada vez más elevado respecto al resto del proletariado. A la vez, se produjo un retroceso en las leyes que garantizaban los derechos de mujeres, trabajadores o minorías. Carlos Taibo hace hincapié en la cara oculta de los logros que pregonaba el Estado Soviético en los años 30 como eran la aceleración de la industrialización, el desarrollo tecnológico, la urbanización creciente y la colectivización del campo que se consiguieron a través del aumento de la represión con el endurecimiento del sistema legal, las purgas estalinistas y la proliferación de los gulags (12).

Ekteins hace referencia al doble filo del arte de vanguardia (13) ya que si, por un lado, se propuso liberar a la humanidad multiplicando las visiones de libertad, por contrapartida también lo llevó a cabo respecto a las imágenes de destrucción. Es el caso del Futurismo italiano, liderado por el futuro fascista Filippo T. Marinetti el cual ya en 1909 en su primer Manifiesto aplaudiría la guerra, llegándola a considerar la “única higiene del mundo”. Desde dicho punto de vista, la belleza es agresiva e imprime velocidad a la nueva moral (14), lo que condujo a percibir la guerra como un placer estético que tanto vanagloriarían los distintos movimientos fascistas que convertirían sus mítines probélicos en auténticos espectáculos de masas.

En el primer tercio del s. XX se producirá una tensión entre el elitismo vanguardista y la proliferación de la cultura de masas que comenzaba a extenderse a través de la sociedad de consumo y el carácter populista de los movimientos comunistas y fascistas que, a pesar de su talante antagónico, ambos se basaban en el control de las masas para alcanzar y perpetuarse en el poder. En 1924, Benedetto Croce situaba el origen intelectual del fascismo en el futurismo italiano que se caracterizaba por el anhelo de la revolución a la hora de lanzarse a la plaza pública. A pesar del enfrentamiento a muerte entre los fascismos y el comunismo bolchevique, resulta curioso que sea justamente el futurismo la vanguardia que conecte a ambos movimientos políticos, ya que del futurismo ruso surgirá el poeta Vladímir Mayakovski considerado el poeta por excelencia de la revolución bolchevique, siendo también sintomático del distanciamiento progresivo entre teoría y praxis en la Revolución Soviética el hecho de que se suicidara en 1930 justo en el inicio de la década en la cual Stalin consolidará su régimen totalitario. Dicha coincidencia a través del movimiento futurista no será una única excepción entre las ideologías comunista y fascista, sino que encontrarán otros puntos de unión como el rechazo de ambas a la vanguardia más avanzada que pretendía renovar el lenguaje artístico en su integridad, lo que provocaba la imposibilidad de acceso a las masas. Tanto los nazis como el realismo soviético apostaron por un arte accesible a la mayoría con el objeto de adoctrinar recurriendo para ello al cliché y a la configuración de mitos propios con la intención de legitimar sus ideologías respectivas. Según Ekteins, las estéticas de Hitler y del estalinismo coincidieron en su banal conformismo y en el hecho de que ambas eran encarnaciones del impulso que animaba a la modernidad (15), en este caso, enfocadas a la destrucción del liberalismo parlamentario burgués.

Tras la Gran Guerra, Paul Valery afirmó que ya no era posible la historia melódica debido al horror y la destrucción que causó en Europa el primer gran conflicto mundial del s. XX. Con la caída de los grandes imperios se vino abajo el “mundo de ayer”, tal y como lo reflejó Stefan Zweig. De este modo, Europa se vio proyectada a un presente marcado por la total incertidumbre de verse lanzada a la carrera del progreso sin poder aferrarse a las raíces de un pasado demolido. De dicha incertidumbre surgieron el comunismo bolchevique y los fascismos en sus distintas variantes como nuevos proyectos de la modernidad; pero la violencia inherente a ambos movimientos condujo a un desenlace atroz que cuajaría en la 2ª Guerra Mundial, haciéndose palpable el horror más absoluto en situaciones como la Venichtungskrieg (guerra de exterminio) en el frente oriental, la solución final aplicada al exterminio de la comunidad judía europea, el bombardeo exhaustivo a la población civil y las bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki (16) que abrirían una posible caja de Pandora para la humanidad y cuya nueva amenaza vuelve a resurgir con el actual conflicto internacional que involucra a Ucrania y a Rusia.

Durante la 1ª mitad del s. XX se produjo un auténtico descenso a los infiernos de la sociedad europea cuyas pesadillas reales manifestadas en dos cruentas guerras mundiales y en el fracaso de la utopía bolchevique demostraron que el sueño de la razón de la modernidad también produce monstruos, poniendo de nuevo de manifiesto la distancia existente entre los ideales proyectados y sus dificultades a la hora de llevarlos a cabo, ya sea en la Vanguardia artística como en las distintas “Arcadias” políticas de los tiempos modernos, tal y como ponen de manifiesto los textos de Modris Ekteins y Carlos Taibo. Los senderos de la búsqueda del nuevo lenguaje de la modernidad acabaron desembocando en la incapacidad de expresar el horror del exterminio masivo producido por un acelerado progreso cuyos utópicos horizontes únicamente se concretaron en la devastación de Europa.

Notas a pie: 

(1) Ekteins, Modris. “La cultura”. En: Jackson, Julian. Historia de Europa Oxford: Europa, 1900-1945. Barcelona: Editorial Crítica. 2003. p. 197-223. ISBN 8484324338.

(2) Taibo, Carlos. “Sociedad y Cultura en la década de 1930”. En: Carlos Taibo. Historia de la Unión Soviética: De la revolución bolchevique a Gorbachov. Madrid: Alianza Editorial, 2017. p. 183-194. ISBN 9788491046691.

(3) Benjamin, Walter. Tesis sobre el concepto de historia y otros ensayos sobre historia y política. Madrid: Alianza Editorial, 2021. ISBN 9788413623061.

(4) El mundo de ayer del Stefan Zweig constituye uno de los mejores testimonios sobre la desmembración de la Europa Central y la entrada en la decadencia europea tras sufrir la 1ª Guerra Mundial y su posterior trayecto hacia la 2ª Guerra Mundial con la ascensión de los nazis al poder.
Zweig, Stefan. El mundo de ayer. Barcelona: El Acantilado, 2001. ISBN 9788495359490.

(5) Ekteins, Modris. p. 198.

(6) Ekstein, Modris. p 217.

(7) Ekstein, Modris. p. 217.

(8) Taibo, Carlos. p. 190.

(9) Partínost (espíritu del partido) ya anunciado en el artículo de Vladímir I. Lenin La organización del partido y la literatura del partido (1905) en el que abogaba por una literatura de partido en oposición a las costumbres burguesas, a la prensa burguesa patronal y mercantil, al arribismo literario y al individualismo burgués.
Lenin, Vladímir. Lenin, sobre Arte y Literatura. Prólogo, traducción y edición de Miguel Lendinez. Ediciones Júcar. Madrid, 1975. p. 70-77. Texto original de 1905.

(10) Naródnost (espíritu del pueblo): la obra literaria debe describir únicamente los acontecimientos y hechos importantes para la masa y a la vez enfocarlos desde el punto de vista de las ideas progresistas del partido bolchevique siendo retrato fiel de las ideas comunistas, fidedigno reflejo de los procesos de industrialización y al mismo tiempo cumplir una función pedagógica.

(11) Taibo, Carlos. p. 191.

(12) Taibo, Carlos, p. 187.

(13) Ekteins, Modris. p.203.

(14) Ekteins, Modris. p. 206.

(15) Ekteins, Modris. p. 219.

(16) Eksteins, Modris. p. 222.

Bibliografía:
Ekteins, Modris. “La cultura”. En: Jackson, Julian. Historia de Europa Oxford: Europa, 1900-1945. Barcelona: Editorial Crítica, 2003. p. 197-223. ISBN 8484324338.
Taibo, Carlos. “Sociedad y Cultura en la década de 1930”. En: Carlos Taibo. Historia de la Unión Soviética: De la revolución bolchevique a Gorbachov. Madrid: Alianza Editorial, 2017. p. 183-194. ISBN 9788491046691.
Veiga Rodríguez, Francesc. El mundo de entreguerras [en línea]. Barcelona. Editorial UOC. 2009. P09/74529/00362. Disponible en:https://materials.campus.uoc.edu/cdocent/P09_74529_00362.pdf

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