¿Qué función posee la tecnología en los relatos de Philip K. Dick?
Pública Philip K. Dick (1928-1982) debe ser considerado uno de los grandes escritores de la ciencia ficción del s. XX, sobretodo, en el ámbito de los universos distópicos donde se pueden incluir novelas como El hombre en el castillo (1962), ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), Ubik (1969), Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974) o Una mirada a la oscuridad (1977). En dichos relatos la tecnología no es simplemente un decorado futurista ni un conjunto de inventos espectaculares, sino que los elementos tecnológicos funcionan sobretodo como un instrumento filosófico y político, ya que sirven para preguntarse qué es lo real, qué significa ser humano, quién controla la percepción y hasta qué punto la identidad puede ser fabricada.
En la narrativa de Philip K. Dick, la tecnología suele desestabilizar la “realidad”. Por ejemplo, en cuentos como Recuerdo total (1966), la tecnología altera recuerdos, percepciones y experiencias hasta hacer imposible distinguir entre lo auténtico y lo artificial. Para Dick, el gran peligro tecnológico no consiste solo en que las máquinas dominen al ser humano, sino en que nos veamos en la imposibilidad de reconocer qué parte de nuestra experiencia ha sido producido por ellas.
La tecnología en el universo de Dick se suele emplear para el control social. En El informe de la minoría (1956), la tecnología permite detener a las personas antes de que cometan un delito o en Una mirada a la oscuridad (1977) los dispositivos de vigilancia convierten al protagonista simultáneamente en vigilante y vigilado. Con frecuencia, la tecnología amplía el poder del Estado porque hace posible observar, clasificar y anticipar conductas. En este caso, Dick anticipa una forma de poder muy cercana a la que después analizaría Michel Foucault a través de la biopoder la cual no se limita a castigar, sino que produce sujetos legibles, clasificables y controlables. El individuo existe debido a que el sistema puede identificarlo, registrarlo y situarlo dentro de una categoría.
Un terreno explorado por Dick es la manipulación de la memoria a través de instrumentos tecnológicos. En Paycheck (1952) el protagonista acepta que se borren años de su vida y en We can remember if for You Wholesale (1966) los recuerdos pueden comprarse e implantarse. A través de ello, el escritor estadounidense plantea una cuestión radical: si nuestros recuerdos pueden fabricarse, ¿Sobre qué fundamento podemos construir nuestra identidad? En El hombre en el castillo presenta una historia alternativa en la que Alemania y Japón han ganado la 2ª GM y se han repartido EEUU. La novela plantea que el poder no solo controla los territorios, sino también la interpretación del pasado.
Al mismo tiempo, la tecnología sirve para cuestionar la frontera entre el ser humano y la máquina. Tanto en los relatos Impostor (1953) como La segunda variedad (1953) y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Se presentan seres artificiales que pueden resultar indistinguibles de los humanos. La cuestión a plantearse deja de ser ¿Puede una máquina parecer humana? y pasa a ser ¿Qué nos permite afirmar que nosotros somos verdaderamente humanos? En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? La empatía parece funcionar como criterio diferenciador. Sin embargo, Dick complica inmediatamente dicha respuesta, ya que algunos humanos muestran menos empatía que ciertos androides. De este modo, la tecnología funciona como un espejo que revela la deshumanización de la propia sociedad. A la vez, alerta sobre la autonomía de la tecnología como lleva a cabo en su relato La segunda variedad (1953) donde las armas creadas por los humanos evolucionan, se reproducen y diseñan nuevas versiones sin que sus creadores puedan controlarlas. De este modo, la tecnología deja de ser una herramienta para convertirse en un sistema con una lógica propia. Sin duda, es una intuición relevante si se tiene en cuenta los debates contemporáneos sobre la automatización e inteligencia artificial.
A pesar de que Dick pertenece al género distópico del s. XX, en sus relatos la tecnología no solo pertenece exclusivamente al poder estatal, sino que con frecuencia aparece ligada a corporaciones y mercados. Ubik (1969) lleva dicha asociación casi al absurdo, ya que los objetos cotidianos cobran por prestar sus servicios y la existencia se encuentra totalmente mercantilizada. La distopía surge de la privatización absoluta de la vida, el dominio empresarial, la comercialización de la muerte, la dependencia de productos que prometen estabilidad y, por último, la imposibilidad de distinguir realidad, alucinación y simulación. En Los tres enigmas de Palmer Eldritch (1964), incluso la experiencia mental y la evasión de la realidad, pueden convertirse en productos comerciales. A partir de ello, la tecnología permite así colonizar ámbitos que antes parecían privados como son el caso de la memoria, la imaginación, los afectos y la conciencia. Por ello, la tecnología se transforma en productora de simulacros. Las máquinas no se limitan a copiar la realidad, sino que producen realidades alternativas capaces de sustituirlas. Por eso Dick puede relacionarse con Jean Baudrillard en la idea de que ya no está claro si existe una realidad original detrás de las representaciones. Esto resulta especialmente evidente en su relato Los simulacros (1964) donde los EEUU se ha convertido en una sociedad gobernada aparentemente por una. primera dama permanente y los presidentes funcionan como figuras intercambiables No obstante, dicha idea de Baudrillard atraviesa buena parte de su obra en la cual gobiernos, medios de comunicación, androides, recuerdos artificiales y mundos virtuales generan representaciones cuya autenticidad resulta imposible comprobar. En Los simulacros anticipa la política entendida como representación televisiva.
La tecnología desempeña un papel en la producción y regulación de emociones. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Aparece el órgano de ánimos Penfield con el que los individuos pueden programar estados emocionales. Dick anticipa un rasgo de las sociedades contemporáneas consistente a considerar emociones, estados de ánimo y vínculos afectivos como elementos técnicamente gestionables. Dicho aspecto permite vincularlo con cuestiones posteriores sobre psicofármacos, algoritmos de recomendación, redes sociales o tecnologías destinadas a optimizar el bienestar. Ante dicha situación, Dick nos lanza la siguiente cuestión: si programamos nuestros sentimientos, ¿Siguen siendo plenamente nuestros?
Dick recela sobre la idea de que cuando más tecnología derivará necesariamente en más emancipación. Puede ocurrir exactamente lo contrario ya que una tecnología más avanzada puede producir una sociedad más vulnerable, dependiente y manipulable. No obstante, para Dick, el problema no está tanto en la máquina, sino en las estructuras políticas, económicas y sociales que las utilizan. Paradójicamente, un androide puede comportarse de manera más moral que un ser humano, una máquina puede revelar una verdad que las instituciones pretenden ocultar. Por eso, su crítica tecnológica tiene una dimensión profundamente humanista. En este caso, la tecnología obliga a redefinir qué entendemos por libertad, conciencia, memoria y humanidad. Si Orwell se pregunta quién controla la información y Huxley cómo el placer puede producir conformidad, en este caso, Dick añade la siguiente cuestión ¿Qué ocurre cuando la tecnología puede controlar la propia realidad que creemos estar viviendo? En La penúltima verdad (1964) la población vive en refugios subterráneos al creer que en la superficie continúa una guerra devastadora. En realidad, la guerra ha terminado, y es una élite la que mantiene el engaño para conservar sus privilegios. Se configura un mundo totalmente paralelo a la situación histórica real a través de la manipulación informativa, la fabricación de noticias, el miedo como mecanismo de obediencia, la separación radical entre élites y trabajadores y, por último, la construcción mediática de enemigos ficticios.
En definitiva en los relatos de Philip K. Dick, la tecnología no funciona simplemente como signo del progreso futuro, sino como un instrumento para interrogar la condición humana y revelar la fragilidad de aquello que consideramos real. Los avances tecnológicos muestran como la tecnología puede ampliar el poder político y económico, erosionar la libertad individual y desdibujar las fronteras entre lo humano y lo artificial, lo verdadero y lo simulado. No obstante, según Dick, el mal no se presenta en la tecnología misma, sino que el verdadero peligro reside en las estructuras de poder que la emplean y en la dependencia que los individuos desarrollan respecto a ella. De este modo, sus relatos desplazan la distopía desde el control exterior hacia un territorio más inquietante, ya que no se trata únicamente de que el poder controle lo que hacemos, sino de que la tecnología pueda determinar lo que recordamos, percibimos, deseamos e incluso aquello que creemos ser.
Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.