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Comunismo bolchevique y fascismos: ¿cara y cruz de una misma moneda?

Pública

A la hora de enfrentarse a movimientos políticos como el comunismo bolchevique y los fascismos europeos del primer tercio del s. XX es vital la contextualización, ya que en la actualidad son términos tan manidos y manoseados que conducen tanto a la confusión como al vacío de su significado originario. En este caso, se ha de tener en cuenta que las abusivas y humillantes cláusulas de los Tratados de Paz de París como el de Versalles, así como la crisis económica de los años 30 del s. XX derivada del crack del 29, conducirán a numerosos europeos a desear la aplicación de otros sistemas alternativos a la democracia liberal a la que creían culpable de la situación paupérrima y caótica del periodo de entreguerras. Frente a un liberalismo capitalista señalado por su corrupción y su inutilidad para superar las crisis diplomáticas y económicas, apuntaban en el horizonte las utopías fascistas y comunista que pretendían la construcción de un paraíso político, social y económico que sustituyesen a la corriente liberal parlamentaria (Mazower, 2001), aun cuando dicho paso supusiese la pérdida de libertades individuales en favor de una política de masas donde el individuo se disolvía en los intereses del Estado.

A pesar del terrible acecho que sufrió el liberalismo democrático ¿por qué ha sobrevivido hasta nuestros días? ¿Cuál fue el principal rasgo propio que le permitió salir airoso del acoso del comunismo y de los fascismos? Ortega y Gasset en La rebelión de las masas destaca la capacidad de adaptación del liberalismo, debido a su talante imperfectivo, es decir, reconoce siempre su capacidad de mejora como sistema político el cual nunca se encuentra cerrado del todo, sino abierto a todas aquellas correcciones que permitiesen una sociedad cada vez más democrática. Sin embargo, tanto el comunismo bolchevique como los fascismos son sistemas cerrados a cualquier tipo de cambio, ya que pretenden tener controlado todos los aspectos de la sociedad, de ahí, que sus utopías vislumbren un Reich de 1000 años o un paraíso en la tierra para el proletariado que constituiría el final de la Historia (Mazower, 2001, 8).

El presidente de los EEUU W. Wilson ofreció un mundo “seguro para la democracia” al presentar sus 14 puntos que darían pie a la configuración de la Sociedad de Naciones. A la vez que la Paz de París representaba la entronización de la democracia parlamentaria en toda Europa ¿Qué ocurrió para que a mediados de los años 30 del s. XX la mayoría de los europeos no deseasen luchar por mantener la democracia? Entre las causas se han de incluir desde los vengativos Tratados de Paz de París hasta la inoperancia de la Sociedad de Naciones, pasando por la ineficacia del sistema interno del liberalismo parlamentario que hacia imposible una gobernabilidad estable que salía a la luz con la existencia de un gran número de partidos, en el enfrentamiento entre ellos y en la parálisis legislativa ante la dificultad de lograr pactos de estabilidad entre los distintos partidos.

A la vez que se iba fraguando la sociedad de masas, surgían el comunismo bolchevique en Rusia y el fascismo italiano que se caracterizaron por su espíritu antiliberal y antidemocrático ¿En qué coincidieron ambas ideologías que se declararon entre ellas enemigas acérrimas? En el periodo de entreguerras, tanto el comunismo como los fascismos pretendían derrocar el parlamentarismo liberal abordando los problemas de la política de masas, la industrialización y el orden social (Mazower, 2001). Dentro de su política de masas, en ambos sistemas la propaganda ocupó un lugar privilegiado sacando el máximo rendimiento a nuevos medios de comunicación como la radio y el cine. Frente al liberalismo democrático que cada vez apostaba por una mayor libertad privada dentro del ámbito económico disminuyendo cada vez más las intervenciones del Estado; en cambio tanto el comunismo como los fascismos pretendían un control total de los recursos con la salvedad que mientras la URSS se presentaba como un Estado transitorio que se disolvería una vez que se eliminase la lucha de clases; sin embargo, en los fascismos se aspiraba a un Estado eterno e inamovible. Tanto en la URSS como en el fascismo italiano y en el nacionalsocialismo alemán se produjo la eliminación de cualquier tipo de oposición, constituyéndose un único gobierno que poseía todo el control. En su idea de eliminar los derechos individuales por el bien de la comunidad a través de las imposiciones del Estado, ambas vías políticas acabaron derivando en sistemas totalitarios.

A pesar de sus coincidencias en el periodo de entreguerras, no se ha de olvidar que tanto el comunismo como los fascismos constituyeron ideologías opuestas marcadas por orígenes distintos, utopías antagónicas así como por visiones contrarias en la configuración social y política.

El fascismo es un fenómeno político moderno cuyos principales rasgos fueron el nacionalismo, el antimarxismo, el antiliberalismo y su carácter revolucionario (Gentile, 2004). En las décadas de 1920 y 1930 constituyó la 3ª vía frente al liberalismo y el comunismo aspirando a la consecución de un nuevo orden y civilización basados en una militarización y sacralización de la política, en la organización y movilización de las masas integradas a través del Estado totalitario (Mazower, 2001, 65) ¿En qué difirió el fascismo del liberalismo? En su defensa del Estado autoritario frente al parlamentarismo del liberalismo democrático, en la reducción de los derechos individuales los cuales constituían la premisa principal del liberalismo y en una concepción totalitaria de la política frente a la aceptación democrática del organismo liberal. Al mismo tiempo, la aparición del fascismo también responde a una reacción antisocialista de las clases medias que se manifestó con el repudio de los principios fundamentales del marxismo (Gentile, 2004, 289) en su ataque a la concepción de la lucha de clases como motor de la Historia, al concepto del internacionalismo al cual opuso un nacionalismo exacerbado y con su talante irracionalista reprobando el carácter racionalista de los principios del socialismo.

En las naciones agravadas por los Tratados de Paz de París fueron en las cuales con más facilidad se eyaculó el germen del fascismo, ya fuesen países del bando victorioso como Italia, o ya fuesen naciones derrotadas como Alemania. A pesar de que el fascismo italiano fue producto de las derivaciones de la Gran Guerra, dicha ideología se alimentó de movimientos culturales y políticos anteriores como fue el caso del nacionalismo, el sindicalismo revolucionario y el futurismo (Gentile, 2004) que pretendían reaccionar ante las problemáticas de la modernidad constituidas por los procesos de industrialización y modernización, los fenómenos de movilización constituidos por el proletariado y las clases medias, así como la politización de las masas en los años precedentes a la Gran Guerra. Aun cuando condenaron a la sociedad burguesa por materialista e individualistas, los fascistas italianos abogaron por la defensa de la propiedad privada, exaltaron el papel dirigente de la burguesía productiva y sostuvieron la función histórica del capitalismo y la necesidad de la colaboración de clases (corporativismo) con la intención de intensificar la producción (Gentile, 2004).

Será en los años 30 del s. XX cuando el fascismo se convierta en un fenómeno internacional en cuya vanguardia se situará el nacionalsocialismo de Hitler. A pesar de los múltiples partidos fascistas marcados por particularidades nacionalistas propias, todos ellos se caracterizarán por compartir una serie de características como el mito de la voluntad de poder, la aversión hacia el igualitarismo y el humanitarismo, el desprecio por el parlamentarismo, el uso de la política de masas, un predominio de lo irracional y una apología de la guerra y de la revolución.

Frente a la cruz del fascismo nos encontramos la cara opuesta constituida por el comunismo dentro de la misma moneda que pretendía aniquilar el sistema liberal. Ya en el s. XIX, la corriente socialista pretendió ser una alternativa al sistema capitalista al que aspiró a sustituir con una nueva organización social basada en la limitación del derecho de la propiedad, la búsqueda de una mayor igualdad y la consecución de la dirección de los procesos económicos por parte de los trabajadores (Taibo, 1997, 82)

¿Cuál es el origen del pensamiento socialista? Para ello se ha de bosquejar en la visión política de la Revolución Francesa, en las repercusiones sociales de la Revolución Industrial y en la irrupción de la idea de progreso. Dentro de las variantes del socialismo, fue el comunismo bolchevique el protagonista de la oposición al liberalismo capitalista una vez que triunfó en la Revolución de Octubre de 1917 en la que Lenin prometió una sociedad comunal emancipada de la necesidad y libre de las jerarquías explotadoras del pasado (Mazower, 2001). Si seguimos la estela del socialismo vemos su origen en la 1ª mitad del s. XIX, constituyéndose el marxismo en el tronco central del cual brotarán el revisionismo socialdemócrata y el leninismo que conducirá a la experiencia soviética.

¿Cuál es la utopía que propone el comunismo frente al liberalismo? A través de la concepción marxista de la Historia marcada por un determinismo finalista la última fase comunista supondría el triunfo definitivo sobre la burguesía y el fin de la sociedad de clases al acabarse con las desigualdades y construir un mundo capaz de proveer a todos los individuos siendo capaz de cubrir todas sus necesidades. Para lograr el cambio de fase del capitalismo al socialismo, tanto el leninismo como el estalinismo apostarán por la necesidad de mantener un Estado que controlase todos los aspectos de la vida a partir del Partido Comunista Soviético en vez de disolverlo definitivamente.

Frente al nacionalismo exacerbado de los fascismos, el leninismo se caracterizó por un espíritu internacionalista; en cambio, con la consolidación de Stalin en el poder se irá apostando por el triunfo de la Revolución en un único país (Taibo, 1997). Dentro del comunismo soviético encontraremos dos pilares conceptuales constituidos por la dictadura del proletario (Lenin) y la revolución permanente (Trotsky) (McClelland, 1996, 574). Lenin rechazó frente a la socialdemocracia cualquier inclinación reformista apostando por la dictadura del proletariado que se consolidaría con una repetición del Terror jacobino. Al mismo tiempo, Trotsky en la revolución permanente apoyará el hecho de pasar casi sin transición de una revolución burguesa a una revolución del proletariado. En la pugna entre Trotsky y Stalin tras la muerte de Lenin, se producirá la victoria del estalinismo que supuso la centralización extrema en las tomas de decisiones, el culto a la personalidad y un retroceso en la vida cultural. Visto los resultados, la praxis soviética poco tuvo que ver con la teoría marxista.

Las dos revoluciones antagonistas constituidas por el comunismo bolchevique y los fascismos acabaron sucumbiendo frente al liberalismo democrático, ya fuese en la 2ª GM con la derrota del nacionalsocialismo alemán, ya fuese en 1991 con el colapso y desaparición de la URSS. Ambas revoluciones coincidieron en su intento de derrocar al liberalismo triunfante después de la 1ª GM.

En definitiva, tanto el comunismo bolchevique como los fascismos fueron las dos caras de una misma moneda de sistemas totalitarios que pretendieron acabar con la democracia parlamentaria que se mostraba ineficaz para solucionar las problemáticas de entreguerras; pero ¿han desaparecido del todo? Ahora mismo, cabría preguntarse ¿Cuáles son su herencia y reflejos en la Europa del 2º decenio del s. XXI que ha tenido que afrontar la crisis del 2008 y la causada por la pandemia del Covid-19? ¿Podrá el liberalismo de la UE detener los futuros movimientos políticos que pretendan ser una nueva vía como en su día lo fueron el fascismo y el comunismo? ¿El carácter imperfectivo del liberalismo democrático le seguirá permitiendo adaptarse a las nuevas circunstancias?

Bibliografía:

Gentile, [Emilio]. (2004). La modernidad totalitaria. En [Emilio] Gentile: Fascismo, Historia e interpretación. Madrid: Alianza, 275 – 314. ISBN 842064594X.

Mazower, [Mark]. (2001). El templo abandonado: auge y caída de la democracia. En [Mark] Mazower: La Europa negra: desde la Gran Guerra hasta la caída del comunismo. Barcelona: Ediciones B, Grupo Z, 17 – 56. ISBN 846660104X.

McClelland, [J. S.]. (1996). A History of Western Political Thought. Londres: Routledge, 809 p. ISBN 0415119618.

Ortega y Gasset, [José]. (2000). La rebelión de las masas. Madrid: Alianza, 294 p. ISBN 8420641014.

Taibo, [Carlos]. (1997). Rupturas y críticas al Estado liberal: socialismo, comunismo y fascismos.

En [Rafael] del Águila (ed.): Manual de Ciencia Política. Madrid: Trotta, 81 – 106. ISBN 8481641898.

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