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Bajo la senda del Divino Marqués en la filmografía buñuelesca

Pública

Del Marqués De Sade procede el mayor impulso moral que recibió la obra del cineasta Luis Buñuel, hasta el punto de ser clave al proporcionarle unos valores de recambios frente a los inculcados por los jesuitas. En este caso, lo peculiar de Buñuel no se encuentra tanto en la elección del modelo, sino en su forma de asimilarlo, consiguiendo dar un carácter propio a las ideas que procedían de la obra sadiana.

La evolución de Fabre a Sade es una de las claves del tránsito de Buñuel entre Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930). Frente a su convicción roussoniana inicial que consideraba de que el hombre era bueno por naturaleza hasta que la injusta sociedad lo malograba; en cambio, Sade era de la perspectiva de que no había bien ni mal y que la sociedad humana a partir de las religiones y de la moralidad se había alejado de la Naturaleza. En lugar de un Dios a quien no podía respetar, Sade entronizó a la Naturaleza como primera fuerza motriz del universo. Una Naturaleza que es inmoral, indiferente y sin propósito que no tiene en cuenta la virtud para nada.

El ateísmo humanista de Sade intentará destruir las ilusiones dañosas para el ser humano con el fin de permitirle ver la Naturaleza y la realidad sin intermediarios. En dicho esquema, Dios es una barrera que se interpone y debe ser abolida. A diferencia de otros ateos que se limitan a negar la existencia de Dios y respetar el orden social, político y moral; en cambio, el Marqués intenta sacar las consecuencias de dicha negación de Dios. Después de la abolición de Dios, se abren nuevos y vertiginosos horizontes morales.

La reivindicación del libre albedrío es el primero de los duelos dialécticos que se entablan en el Diálogo entre un sacerdote y un moribundo (1782). Tanto para el moribundo del relato como para Sade, Dios es un espectro, un fantasma como el de la libertad humana. El hombre no debe renunciar a los placeres que le concede la Naturaleza. Con ello se dinamitaba toda la educación jesuítica que había recibido el cineasta calandino.

Detrás de los relatos sadianos se encuentra una crítica feroz contra una sociedad, la occidental, que ha creado un sistema esclavista apoyándose en la doctrina cristiana. El lenguaje sin eufemismos de Sade constituye a un desenmascaramiento de todos los mecanismos empleados por el poder para reducir al individuo a un simple objeto. Su discurso procedente del periodo de la Revolución Francesa no sólo no ha caducado, sino que adquiere relevante actualidad en la sociedad de nuestros días que pretende reducir al individuo a mero objeto de consumo y estadístico, teniendo como referencia los intereses del sistema neocapitalista. A ello, respondía Saló (1975) de Pier Paolo Pasolini en una versión de Las 120 jornadas de Sodoma (1785).

Sin duda, Las 120 jornadas de Sodoma constituye uno de los más duros alegatos que se hayan escrito nunca sobre la condición y sociedad humanas. Los protagonistas son el Duque de Blangis, su hermano el obispo, el financiero Durcet y el juez Curval, es decir, representantes de los cuatro grupos que habitualmente encarnan la ley y el orden. En este caso, El Marqués de Sade en lugar de detenerse en los síntomas externos, intenta profundizar hasta la raíz y penetrar en los mecanismos internos que hacen posible que unos obtengan provecho y placer a costa de otros, y encima sean legitimados por todo un aparato institucional y con pretensiones de espiritualidad.

Cabe destacar que además del apartado ideológico, Sade jugaría un importantísimo papel en la forma de trabajo de Buñuel, como jogging de la imaginación para vencer el bloqueo de la censura que impide aflorar lo instintivo e irracional. En este caso, el Marqués de Sade pensaba que el principal instrumento de liberación del hombre era su imaginación, cuyo proceder distinguía perfectamente de la realidad, en la que no se permitía grandes excesos.

La oposición de Sade a Cristo será una de las constantes de Buñuel, que se inaugura en La Edad de Oro y que se sintetiza con la premisa “virtuosos en el crimen y criminales en la virtud”. A través de ella, se considera que ejerciendo la caridad cristiana se puede cometer el mal y fomentar la injusticia, y tan ambiguos pueden resultar los virtuosos en el crimen (Jaibo en Los olvidados, Francisco en Él) como los criminales en la virtud (Viridiana, Nazarín o Simón del desierto). Dicho pensamiento formaría parte de la lógica sadiana para la cual la religión ha causado más muertes que las guerras políticas.

Lo que más interesaba a Buñuel del Marqués de Sade era su integridad moral, que le permitía separar con toda claridad la imaginación y la realidad. Tanto La Mettrie como Sade permitían al cineasta aragonés una conexión muy directa con Fabre, dado el papel que otorgaban a los impulsos naturales que salen a florecer en Abismos de pasión (1953), una versión muy personal de la novela Cumbres borrascosas (1847) de Emily Brontë.

La primera alusión a Sade en la obra buñuelesca se produce en La edad de oro con un final en cual se cita casi literalmente Las 120 jornadas de Sodoma a la vez que muestra en un mismo personaje a Cristo y al Duque de Banglis. A partir de entonces, el pensamiento de Sade se convertirá en la columna vertebral ética de su filmografía. Si se bosqueja en ella, se encontrarán huellas en Diálogo de un sacerdote y un moribundo (El discreto encanto de la burguesía, 1972), La filosofía del tocador (La vía láctea, 1969) o en el esqueleto moral que sustenta a personajes como D. Jaime en Viridiana (1961) o el duque necrofilo en Belle de jour (1967).

El diálogo entre un sacerdote y un moribundo (1782) será un referente en la filmografía buñuelesca en la cual aparecerá expuesto de diversas maneras o bien recurriendo a sus componentes doctrinales con independencia de la situación sacerdote-moribundo de la que surgen tratando cuestiones como la reivindicación del libre albedrío o la religión como quimera que aleja al hombre de la Naturaleza, o bien reproduciendo dicho situación, en ocasiones con independencia de los elementos doctrinales que lo acompañan como ocurre en Robison Crusoe (1954) o Nazarín (1959).

En otras ocasiones, Buñuel utiliza no tanto la letra como el espíritu de Sade e incluso aparece su figura en la Vía Láctea citando palabras de la novela Justine o los infortunios de la virtud (1787).

Buñuel asumirá con claridad la distancia entre la libertad de la imaginación y la responsabilidades de la vida práctica a través de la premisa: «La imaginación es libre; el hombre, no». A pesar de todo, la obra de Buñuel no admite una separación tan tajante entre imaginación y narración. Antes bien, sus mejores esfuerzos se encaminan en fundir ambas dimensiones en un mismo plano que se pretende homologar bajo el enunciado de Surrealidad o Superrealidad.

En síntesis se puede afirmar que las dos principales influencias del Marqués de Sade en el pensamiento de Luis Buñuel fueron, por un lado, servir de contrapeso a su originaria educación católica y, por otro lado, acotar un terreno posibilisita: el de la imaginación. Por la senda del Divino Marqués, Buñuel asumió la distancia entre la libertad de la imaginación y las responsabilidades de la vida práctica. El imaginario y lo real intercambia elementos, pero no hay una relación necesariamente directa.

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